El hechizo de Dios. Por Carlos Quintela
Las últimas semanas han sido de mucha alegría para el que os escribe, a pesar del trabajo y del calor asfixiante que ha golpeado Madrid estos últimos días. La resaca emocional y vivencial de la visita del papa León XIV se ha ido aliviando cuando ha convivido con la rutina, los rostros amigos de siempre y los cierres de un curso que acaba; pero estoy seguro de que ha plantado una semilla en el corazón de muchos de nosotros que os acompañará por mucho tiempo. He tenido, además, la inmensa suerte de compartir uno de los momentos grandes de una persona a la que quiero como un hermano, de la que la vida me va a separar con miles de kilómetros de tierra de por medio, pero a la que quedo unido en lo espiritual de forma irresoluble por tantos años de complicidad, amistad y hermandad compartidos. En una pequeña sala de ensayo, en nuestro barrio de toda la vida, el que nos ha visto dar el paso de ser niños a convertirnos en hombres, mi querido amigo se sienta delante de un piano para darnos a mi y un puñado de afortunados su último recital. A su lado, su maestra y mentora, que, con la mirada serena de la experiencia, llena de confianza el alma del pianista y le prepara para tocar “Where is Love?” pieza que es parte del musical de Oliver Twist de Lionel Bart, y en la que el huérfano se pregunta dónde está ese amor que no ha conocido en su vida. A un gesto firme de la que fuera primer violín de la orquesta sinfónica de Volvogrado, ambos, maestra y aprendiz, comienzan a tocar y suavemente y sin darnos cuenta, un hechizo comienza a embriagarnos a todos.
Puede que el mayor de los hechizos sea el amor, y sin duda, de todos los amores, no hay mayor amor que el que viene de Él, el Amor que sobrepasa y comprende a todos los demás. Durante la visita del Santo Padre, Antonio Banderas cerró su bellísimo discurso reconociéndose un hechizado por Dios, un enamorado de Él y de Cristo. Todo enamoramiento franco pasa por una primera atracción al ver la belleza y el bien del otro. Los hombres desde nuestros más humildes orígenes entendimos el arte como un medio para asomarnos a lo divino, y de esa forma poder enamorarnos de Él.
Todos los que acudimos a la visita del Papa nos encontramos de alguna forma enamorados de Dios, necesitados de Él. En la vida de todos nosotros, hubo un momento de gran belleza en el que el Señor nos tocó el corazón y nosotros no pudimos resistirnos a esa llamada, ya fuera con nuestras familias, un amigo, nuestra abuela o un sacerdote. Todos sabemos y sentimos que el Amor, la Verdad y la Belleza son la misma cosa y que tienen la última palabra sobre todo lo demás. Que Aquel que murió por nosotros y por todo el género humano nos ama, de una forma única y particular, llamándonos a cada uno por nuestro nombre. Este es el testimonio de la Iglesia al mundo, el mensaje que proclamamos a todo el que nos observe y que hemos llevado a los mismísimos confines de la tierra. Es un Amor capaz de hacer que medio millón de almas unidas en oración hiciesen que la Castellana quedase sepultada bajo un silencio más sobrecogedor que cualquier estadio rugiendo a pleno pulmón. Medio millón de jóvenes, en silencio ante quien es la Vida, el Rey de Reyes, aquel ante el que nada puede resistirse y por el que todo es heredad, su Christós, su Salvador. Esa Iglesia enamorada es la que le canta su amor al mundo y por ello vive unida a él. Como todo amor o enamoramiento, no puede pensarse, si no que necesariamente ha de vivirse, y vivirse con alegría, con la alegría de saberse amado y amante.
Y al timón de esa gran barcaza de amados y amantes que es la Iglesia peregrina que surca las aguas de la historia y el tiempo y en la que estamos embarcados, los que somos, los que fueron y los que serán, se encuentra él, León, nuestro Sumo Pontífice (del latín, el que construye puentes, ya sea de un hombre a otro como del hombre a Dios), quien nos invitaba durante la Vigilia, con su sonrisa afable y la serenidad del buen pastor, a cambiar el mundo con ese Amor que nos ha cambiado la vida a nosotros primero. Que tendamos puentes en este mundo incierto, difícil y herido, lleno de Oliver Twist que se siguen preguntando por dónde está ese amor que sin saberlo no paran de buscar. Pero el Espíritu sigue soplando, el que estaba perdido será encontrado y el hechizo de Dios seguirá tocando corazones, como una melodía que acompaña el transcurrir de la historia.
Mi amigo está terminando, la música pasa sus últimos compases. La historia de Oliver tendrá un final feliz. Maestra y alumno se miran y terminan su magna obra. La sala estalla en aplausos. Y así, la música se acaba, pero el hechizo continúa.
Carlos Quintela
