Beato Inocencio V: el papa dominico de la unidad
El santo dominico que traemos hoy, el Beato Inocencio V, Pedro de Tarantasia, fue el primero de los cuatro papas que la Orden de Predicadores ha dado a la Iglesia en su historia. Y en su vida, como en la de tantos dominicos, hay muchas vidas en una sola: fraile, maestro, teólogo, provincial, arzobispo, cardenal, papa… Y, sin embargo, cuando uno se acerca a él, descubre que no es la acumulación de títulos lo que explica su santidad, sino la fidelidad con la que fue atravesando cada etapa de su vida. Quizás eso es la santidad a fin de cuentas. Vivir cada momento de la vida como ha de ser vivido.
Pedro de Tarantasia, nació hacia 1224 o 1225 en la región de Tarentaise, en la Saboya alpina. Tierra de montañas, de pasos difíciles, de caminos que unen y separan. Quizá no sea un mal símbolo para quien acabaría dedicando buena parte de su vida a tender puentes: entre la fe y la inteligencia, entre la Orden y la universidad, entre la Iglesia latina y la Iglesia griega.
Ingresó muy joven en la Orden de Predicadores, hacia 1240, en el convento de Lyon. Era todavía la primera gran generación dominicana, cuando el carisma de santo Domingo estaba tomando cuerpo en Europa con una fuerza nueva: estudio, pobreza, vida común, predicación, pasión por la verdad y servicio a la Iglesia.
Pedro estudió en París, en aquel siglo XIII en el que la universidad era uno de los grandes lugares donde se estaba jugando el futuro intelectual de la cristiandad. Allí coincidió con nombres enormes: san Alberto Magno, santo Tomás de Aquino, san Buenaventura. No era poca cosa respirar ese aire. Tampoco lo era estar a la altura de aquel tiempo.
Llegó a ser maestro en teología y profesor en la Universidad de París. Escribió obras de teología, filosofía y comentarios bíblicos. Pero, como ocurre con los grandes dominicos, su inteligencia no fue una habitación cerrada para especialistas. Su estudio estaba ordenado a la predicación, a la formación y al servicio de la Iglesia.
No se trataba de saber mucho para brillar más, sino de saber mejor para servir mejor. Contemplar, para dar lo contemplado.
Fue elegido prior provincial de Francia y, más tarde, arzobispo de Lyon. No parece que buscara los cargos, pero tampoco huyó de ellos cuando la Iglesia se los pidió. Ahí hay una forma de santidad poco llamativa, pero muy necesaria: la de quien acepta responsabilidades no por ambición, sino por obediencia; no por deseo de poder, sino por disponibilidad.
Como arzobispo de Lyon le tocó estar en un lugar decisivo. Allí se celebró en 1274 el II Concilio de Lyon, convocado por Gregorio X. Pedro, ya cardenal obispo de Ostia, tuvo un papel importante en aquel concilio, especialmente en el esfuerzo por la unión entre la Iglesia latina y la Iglesia griega.
En enero de 1276, tras la muerte de Gregorio X, los cardenales reunidos en Arezzo eligieron por unanimidad a Pedro de Tarantasia como papa. Tomó el nombre de Inocencio V. Era el primer dominico en sentarse en la sede de Pedro.
Podría parecer la culminación de una carrera, pero en la vida de los santos, las cumbres suelen tener otro sentido. No son un lugar de llegada, un premio o un reconocimiento, más bien son un lugar de salida, de salida aún más de sí mismo, para dedicarse más al servicio y a la entrega. Como Cristo en la Cruz.
Su pontificado fue brevísimo. Apenas cinco meses. Un suspiro en la historia de la Iglesia. Pero no fue un tiempo vacío. Inocencio V quiso continuar las grandes líneas de Gregorio X: buscar la unidad de las Iglesias, tratar de lograr la pacificación de los conflictos, fomentar la organización de la vida eclesial y sobre todo ejercer su autoridad papal en la búsqueda de la concordia en una Europa atravesada por rivalidades políticas.
Fue un papa de paz. Quizá porque antes había sido fraile predicador. Y un predicador, si lo es de verdad, sabe que la palabra cristiana no está para agitar vanidades, sino para reconciliar al ser humano con Dios, consigo mismo y con los demás.
Murió el 22 de junio de 1276, en Roma. La tradición dominicana lo recuerda como un hombre de piedad profunda, de conciencia recta, de mirada puesta en Dios. Su lema, tomado del salmo, resume bien el secreto de su vida: “Mis ojos están siempre fijos en el Señor”.
Quizá ahí está la clave.
Pedro de Tarantasia pudo haber quedado en la memoria como un gran profesor de París, un teólogo notable, un arzobispo eficaz, un cardenal influyente o el primer papa dominico. Pero lo que la Iglesia reconoce en él no es simplemente una biografía ascendente, sino una vida orientada. Una vida con los ojos puestos en el Señor.
El beato Inocencio V nos recuerda que la verdad no está reñida con la paz, que el estudio no está reñido con la santidad, que la autoridad no está reñida con la humildad, y que la misión de predicar sigue siendo, siempre, una tarea de comunión. Porque al final, también para un papa, también para un maestro, también para un fraile, lo decisivo sigue siendo lo mismo: tener los ojos fijos en el Señor.
Vicente Niño, OP
