El tecnopapa
El día en que eligieron al papa pegué un grito de alegría, casi casi como cuando España ganó el mundial. Bueno, un poco menos, pero aun así, bastante. Recuerdo el momento exacto: cuando escuché Leonem de boca del protodiácono. Sabía que hacía referencia a León XIII, que había sido el gran impulsor de la doctrina social de la Iglesia.
Días después, conforme fui conociendo más detalles de quién era Robert Prevost, más me gustaba la elección. Un papa misionero, alguien que, pudiendo haber tenido una vida de clase media acomodada en Estados Unidos, prefirió pasar décadas en las montañas de Perú como misionero.
Finalmente, cuando escuché al propio León explicar por qué había elegido su nombre, haciendo referencia a su voluntad de dar respuesta a la revolución de la IA, pensé: “El Espíritu ha soplado fuerte”. Aunque me daba un poco de vértigo porque Rerum Novarum salió en 1891 y hablaba de dinámicas sociales que llevaban más de cincuenta años produciéndose (el movimiento obrero y la industrialización masiva), mientras que la IA lleva siendo un tema popular de conversación menos de diez años.
¿Ha ido la Iglesia demasiado rápida? Me preguntaba… y parece ser que esta prudencia también está en la mente de León XIV, porque en la primera ojeada a la encíclica presentada ayer, Magnifica Humanitas, se menciona el peligro de que cualquier cosa que se diga al respecto de la IA corre el riesgo de quedar obsoleta.
También me sorprendía, en esta primera vista, que el papa, sin saberlo, me daba la razón en un debate que tuve en clase de la asignatura de Moral Social, mientras estudiaba Teología. Nos venía a explicar el profesor que, en aquel entonces, desde la Doctrina Social de la Iglesia se consideraba la tecnología como algo neutro. Yo, en cambio, insistía en que no lo entendía y en que me parecía una postura ingenua. Era algo que llevaba tiempo viendo, por ejemplo, en el mundo de Internet y cómo, si este ha llegado a ser lo que es, es por ciertas decisiones éticas que han traslucido en la tecnología, como la neutralidad de la red. Y en otras decisiones también perniciosas, como la opacidad de los algoritmos de búsqueda.
En esa vista rápida también me ha sorprendido una crítica sin paliativos a las propuestas transhumanistas más o menos fuertes, precisamente desde la vulnerabilidad humana y su dignidad. Una maravilla.
Sin haber leído el documento más que en un primer vistazo ‘cotilla’, confío en que da reflexiones muy valiosas y aporta pensamientos sólidos para construir una moral social sobre la tecnología en general y sobre la IA en particular. Todo ello, a pesar de que esta vez la Iglesia se ha dado una cierta prisa en atrapar el momentum.
Así que todos a leerlo, y que no os lo cuenten.
Asier Solana
