La mística del instante
Hace unos meses, el sacerdote que oficiaba la misa dominical recomendó la lectura de la obra breve de Jose Tolentino Mendonça, «Hacia una espiritualidad de los sentidos», publicado en Fragmenta editorial, en 2016. El autor portugués es especialista en estudios bíblicos, fue profesor de la Universidad Católica Portuguesa, arzobispo-bibliotecario de la Santa Sede y fue nombrado cardenal por el Papa Francisco en el año 2019.
Es una obra breve pero densa de contenido. Está estructurada en veintiún epígrafes en los que el autor va desgranando con gran acierto y precisión, la relación entre los cinco sentidos y la espiritualidad. De su lectura pueden surgir otras muchas de autores a los que cita en el cuerpo del texto o que se pueden encontrar al final en la bibliografía.
Frente a una tradición que a veces ha desconfiado de los sentidos, el autor plantea que son precisamente éstos, los caminos privilegiados para el encuentro con lo sagrado.
La idea central es que la espiritualidad no debe separarse de la vida cotidiana, sino arraigarse en ella. Los sentidos —ver, oír, gustar, tocar y oler— no son obstáculos, sino puertas de acceso a una relación más profunda con la realidad y con Dios. A través de ellos, el ser humano puede aprender a habitar el presente con mayor intensidad y atención. Sinónimo de espiritualidad es interioridad, concepto cercano a la mística, ya que el camino que nos conduce a Dios es un ejercicio interior. Habla de la mística como una experiencia cotidiana y elevada al tiempo, citando autores como San Agustín, Thomas Merton, Santo Tomás de Aquino o Nietzche.
La experiencia espiritual no se encuentra fuera del mundo, sino en la manera en que lo habitamos con los sentidos despiertos y el corazón atento. El cuerpo y los sentidos son necesarios e imprescindibles para que Dios pueda llevar a cabo su obra; es lo que el autor define como «la gramática de Dios». Esta idea es sublime, a mi entender, ya que Dios escribe a través de nosotros y de nuestros sentidos de manera sutil, íntima e invisible, transformado toda nuestra realidad en algo sagrado. El cuerpo ha sido, tradicionalmente, negado, pero Mendonça supera esa dualidad y lo plasma como una experiencia divina.
Los cinco sentidos son presentados como vías de conocimiento, contemplación y apertura espiritual. A través de una mirada atenta y simbólica, actividades aparentemente simples como oír, escuchar, tocar y degustar, adquieren una gran profundidad con rasgos sagrados.
Uno de los ejes fundamentales del libro es la crítica a la sociedad acelerada contemporánea; dialoga con problemáticas modernas como la saturación digital y la pérdida de atención. El autor sostiene que vivimos en una cultura de la dispersión que nos impide experimentar plenamente la realidad y ser conscientes de la maravilla que nos transmiten los sentidos, que nos acercan la naturaleza, a las personas y a Dios. En contraposición, propone una espiritualidad basada en la lentitud y la atención consciente, donde el instante se convierte en lugar de plenitud.
Hay un punto en el tiempo que no puede atraparse, pero que lo contiene todo: el instante. No es pasado, no es futuro, es ahora, es un momento irrepetible que arde con intensidad.
La mística del instante radica precisamente en esa paradoja: su fugacidad es su profundidad, su brevedad es su eternidad. La mística del instante no es evasión del mundo, sino una forma más intensa de habitarlo. Es descubrir que lo infinito no está lejos, sino escondido en lo inmediato, en nuestro día a día, en lo que nos sucede en nuestra cotidianeidad y que no damos importancia; en la manera de ver, de oler, de tocar, de degustar y de sentir. Dios se hace presente en esos pequeños gestos que, a través de los sentidos, llevamos a cabo cada día.Como dice el autor, «solo nos queda el instante, solo el instante nos pertenece. El instante es el barro donde se moldea y descubre la vida». Así pues, no lo desperdiciemos cada vez que negamos un abrazo, un beso, un café, una mirada de cariño o unas palabras amables.
Clara M. Tascón Gárate
