Morir de sólo pan
Los hombres y las mujeres vivimos de algo más que sólo pan, vivimos de luz, de agua, de ternura, de amistad, de palabras de esperanza, de promesas y proyectos compartidos, leemos en Mateo 4: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».
No vivimos de solo pan, pero podemos morir de solo pan… Muerte lenta, aburrida, nada dramática, asintomática, insidiosa. Muerte de quién produce, respira, trabaja, consume en rutinas repetidas, pero realmente no vive, no sueña, no desea. Y sólo aspira a que nadie le moleste, que le dejen en paz, que no perturben su indolora e insípida existencia. Es fácil: con un par de dispositivos, conexión, televisión, fútbol.
Dice la teóloga Dorothee Sölle en «Viaje de ida» que se puede morir de sólo pan, cuando se vive sólo para el pan… Muerte por decreto, bien estructurada y programada, no hay anclajes vitales. Es como estar enterrado en vida, sin dejarse rozar, molestar, desacomodar. Ocurre entonces que los muertos de sólo pan condenan y castigan a quien se atreva a desear otra cosa, a soñar mundos de apertura y aventura. Entonces los asilos, los hospitales, a veces las cárceles, o los centros de internamiento de extranjeros, o de acogida de «menas» se van llenando, sin saber hasta donde ni hasta cuando.
Entonces los muertos (en vida) de sólo pan matan con su indiferencia a los que aún tratan de vivir. Así continúa Sölle reflexionando sobre el gran supermercado global (antes de internet y del mercado digital) donde es fácil matar de miedo burocráticamente, a un extranjero o a una joven sin arraigo hasta que lleguen a quitarse la vida.
O sea, el mundo, nuestro mundo, lo compara con una gran fábrica de sólo pan y sólo para el pan, porque todo se subordina al lucro y al beneficio. Mientras releo, me hago eco de las alarmas que surgen hoy, con los apagones, el virus en un crucero de super lujo, la guerra que nos rasca el bolsillo. Porque, en efecto, hay en otros lugares apagones permanentes, virus y epidemias que matan niños cada día, pateras y cayucos que naufragan. Campos de refugiados bebiendo barro. Pero al parecer esto no nos inquieta, como si viviéramos mundos paralelos.
Entretanto morimos de sólo pan. Y Sölle nos invita a mirar al Dios de Jesús, no para llorar con el incensario delante de la cruz, sino para entrar en su apuesta de vida, desconcertante, arriesgada, entregada, vida que se deja tocar, arrimar, empujar por los que tienen hambre de verdad… Pero nosotros, religiosos de capilla y de catecismos, de rituales y dogmas, silogismos y moralinas de cáscara no nos atrevemos a ser consolados. Ni siquiera nos atrevemos a reconocer el miedo a la muerte que disfrazamos de mil maneras.
Dice Sölle que tenemos miedo de la religión que evidencia nuestra vulnerabilidad y denuncia nuestra indiferencia. A continuación, interpreta el miedo a la muerte como el sentimiento de aquellos que sienten que la vida les ha quedado algo a deber. Quien se ha entregado al tener, vivir y consumir sólo para el pan, se defiende contra la muerte, la oculta y la niega, la reprime.
Contra la muerte sin vida, cabe, sin embargo, la vida intensificada e iluminada por la fe en el Reino: lo que he querido, lo que he luchado, lo que he trabajado por algo más que el pan, permanece. «Yo ya no como, pero se sigue cociendo y comiendo pan, ya no bebo, pero se sigue bebiendo el vino de la fraternidad, ya no respiro, pero seguirá habiendo aire para todos…»
En este tiempo pascual podemos y debemos aunar nuestras fuerzas contra la muerte de solo pan que nos ahoga, y hace morir de hambre a tantos… Se hace urgente hambrear la justicia y no hartarse en la injusticia. Libres del miedo a la vida aprenderemos libremente a morir. El perdón, tal vez, como preparación para la muerte.
Sagrario Rollán
