¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!
Quienes me conozcan al menos un poco saben perfectamente que me atrae todo lo relacionado con la religiosidad popular, en el amplio sentido de lo que esta expresión significa. Al igual que tampoco es desvelar ningún secreto decir que me causa admiración y profundo respeto las manifestaciones religiosas que se llevan a cabo en la ciudad en la que recibí el sacramento del Orden Sacerdotal: Sevilla. Es cierto que no llego a ser «capillita», pero reconozco que en la religiosidad popular puedo descubrir algo de lo que el fraile y teólogo dominico Melchor Cano denominó en su día como «lugares teológicos». Quizá el origen de esta atracción hacia la religiosidad popular reside en las casi dos décadas en las que formé parte de bandas de música y, como es lógico, algunas procesiones llevo a mis espaldas. Y es que la belleza del noble arte, es decir, la música, junto a las magistrales obras hechas realidad gracias a la gubia de imagineros de renombre, desprenden una mística que no ha pasado desapercibida en mi historia particular. Cuánta espiritualidad me ha trasmitido Manuel Font de Anta a través del papel pautado. Cuánta teología me ha enseñado Pedro Roldán en unas manos atadas a una columna. Unas manos… salidas de las suyas.
Desde hace unas semanas se ha creado una considerable a la par que desagradable polémica a causa del cartel de la Semana Santa de Sevilla de este año. He de reconocer, siempre en honor a la verdad, que mi primer comentario al verlo fue el siguiente: «¡madre mía qué imprudencia!». Pero no lo dije porque no me gustara ni porque me pareciera inapropiado ni porque viera en esa pintura algo irreverente, escandaloso o sucio. No. Lo dije porque sabía perfectamente que los comentarios (modo irónico on) de los doctores en bellas artes y eruditos en semiótica (modo irónico off) descalificando la obra del sevillano Salustiano García -autor de la pintura- no iban a tardar en aparecer. Y es que a priori puede dar la impresión de que está hecho para crear polémica. Y es cierto. Reconozco que puede llegar a nuestra mente este pensamiento. Pero pensar así creo que roza lo pecaminoso, en tanto que la finalidad de la obra no es honrar al mal. Ha sido Juan Manuel de Prada en su artículo publicado en el periódico ABC del pasado día tres quien, a mi juicio, ha argumentado desde la seriedad y erudición algo digno de leer y comentar sobre el mencionado cartel. Comenzando por el libro del Génesis, pasando por la obra de Caravaggio -entre otros muchos- y culminando con la reflexión de Simone Weil recalando antes en la de C. S. Lewis, De Prada hace una magistral reflexión donde sentencia algo que bien merece la pena ponerlo de manera literal: «Muchos católicos han desarrollado una aversión lamentable al arte como consecuencia del sentimentalismo pío sulpiciano que arruinó la tradición artística católica (…). Sin darnos cuenta, los católicos empezamos a parecernos a aquellos herejes iconoclastas de la Antigüedad, que proclamaban orgullosos su odio a la expresión sensible de la divinidad, por considerarla irreverente, sacrílega, blasfema».
El autor del cartel no ha pintado a Jesucristo, al real -el cual sabemos perfectamente dónde se encuentra-. No seamos tan cortos de miras ni rasguemos las vestiduras ni lancemos alaridos cual espectáculo barato y populista. Lo que ha hecho es plasmar en un lienzo a «su Cristo». ¡El suyo! Pero de igual manera y forma que en otras épocas y en distintos estilos lo hicieran Montañés, Velázquez, Juan de Mesa y Murillo; el ya mencionado Pedro Roldán y cómo no, su hija, Luisa Roldán -«la Roldana»-; Alejo Fernández, Isidoro de Villoldo, Francisco Pacheco, Cristóbal Ramos y tantos otros que con su pintura o escultura reflejaron a «sus Cristos» fruto de una experiencia particular, única e irrepetible. ¿Quién se atreve a decir que Salustiano García no pueda ver en su hijo -inspiración para la pintura de «su Cristo»- la encarnación de la bondad, la ternura, la comprensión, el servicio, la acogida, el perdón e incluso la misericordia y tantas otras virtudes evangélicas, que lo hayan movido a realizar esta obra de arte religiosa? Un hijo, por cierto, que ha sufrido -y estará sufriendo imagino- vejaciones, burlas, desprecios, memes y demás flagelaciones verbales que dejan al descubierto que no queremos comprender aquello que nos dice el primer libro de Samuel: «Pero el Señor le dijo: « (…) Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia. El señor ve el corazón» (1 Sam 16,7). Qué poca atención le prestamos los creyentes a la Escritura y qué prestos estamos para disertar sobre lo que en realidad debemos callar.
Toda esta polémica se puede resumir en una frase de la pensadora malagueña, a la cual recurro una vez más, María Zambrano: «Nada atemoriza tanto a la vieja piedad como la piedad nueva». Y esto ha ocurrido con el Resucitado de Salustiano García. «Su Cristo» lleno de vida y con heridas totalmente cicatrizadas, las lenguas de no pocos lo han convertido en un verdadero varón de dolores cuyas llagas tardarán en dejar de sangrar. Y es que da la impresión de que da morbo ver y hacer sufrir. Es más, ha vuelto a ocurrir. El pueblo, a gritos, y por culpa de la vieja piedad ha condenado a muerte a un inocente (Cfr. Mt 27,22-23; Mc 15,13-14; Lc 23,21; Jn 19,15) porque rechaza un mensaje de alegría y esperanza; de luz y de vida nueva en abundancia. En definitiva, la vieja piedad rechaza la irrupción de lo diferente, de lo novedoso y de la Vida, así con mayúscula, porque no acepta lo que la nueva piedad trae: un lenguaje distinto sobre el único y verdadero Dios.
Fr. Ángel Fariña, OP
