Cultura

Lo importante es participar

Esta semana he dado la bienvenida a mi sobrino número 19. La noticia del embarazo de mi hermana llegó en un momento especialmente convulso para mí. Acababa de recibir el diagnóstico de una enfermedad que, en aquel entonces, no sabía si me permitiría llegar a conocerlo en persona o verlo crecer. Me impresionó el contraste entre la vida que se estrenaba –con todas sus potencialidades por descubrir– y la muerte, que ponía punto y final a todas las posibilidades de lo que pude ser para dejarme en la cruda realidad de lo que fui.

A lo largo de estos meses mis sobrinos han aliviado mi convalecencia con multitud de gestos que guardaré con inmenso cariño. Cuando venían a verme, traían bajo sus brazos algunos de sus juegos de mesa para entretenernos juntos. La mayoría de las veces se trataba de juegos desconocidos para mí –que soy de otra época– y tenían la bondad de explicarme las reglas para incluirme en la partida. Como si nos encontráramos a punto de empezar una partida, esta vez seré yo quien les explique la dinámica de este juego que es la vida en la que ellos se estrenan. No es que sea una experta en la materia, pero me gustaría que pillaran algunos trucos que a mí me ha costado treinta años aprender.

¡Bienvenido!

  1. A cada jugador se le han repartido una serie de fichas. Advierto de antemano que su número, forma y color varía de unos a otros. No sabemos por qué. Pero es un hecho. No nacemos ni con las mismas capacidades, ni con las mismas oportunidades que el de al lado. Hay quienes se pasan la partida quejándose de esta injusticia y puede que tengan razón. Sin embargo, he observado algo: es cierto que siempre hay alguien que tiene más fichas que yo. Pero también es cierto que siempre hay alguien que tiene menos fichas que yo. Así que no parece cuestión de fichas, si no de actitud. Siempre habrá motivos para quejarse. Siempre habrá motivos para reconocer, agradecer y emplear los dones que se tienen para que redunden en provecho de todos.
  2. La mayor parte de estas fichas son invisibles a nuestros ojos. Cuando nacemos, ni siquiera sabemos que las tenemos. Así que, muchas veces, el problema no es tanto la escasez de fichas como el uso o el desaprovechamiento que hacemos de ellas. A medida que se desarrolla la partida, algunas se van haciendo más visibles y, aquí hay un truco: cuanto más se cree en ellas, más sólido se hace su color, más evidentes son y más se pueden aprovechar y emplear para seguir crecer.
  3. Nadie puede ganar la partida por su cuenta. Los jugadores se necesitan unos a otros. Y, a diferencia de otros juegos, comer, matar o bloquear a otros jugadores no nos beneficia, al contrario, nos destruye.
  4. Hay una mala noticia: es prácticamente seguro que nos harán daño a lo largo de la partida. Es parte de nuestra condición: somos vulnerables. Pero también advierto que habrá quien nos diga que las heridas nos han determinado irremediablemente y que no queda más opción que repetir las jugadas. Ni caso. No es cierto. Es un tipo de lástima que aumenta el daño y paraliza. A veces no podemos evitar que nos hagan daño, pero podemos elegir qué hacer con ello: arrojar los escombros a la cabeza de otros o darles una segunda vida y construir a partir de ellos –como la Catedral de Justo, en Madrid–.
  5. También forma parte de esta partida la desilusión. En algún momento de ella, alguien o algo nos decepcionará. Y muy posiblemente, sin mala intención. O no nos querrán lo suficiente o no será del modo que esperábamos. No es cuestión de tragárselo todo, pero hay que tener cuidado porque esto nos puede jugar una mala pasada. Hay quienes han perdido la jugada de su vida esperando unas condiciones ideales que no existían.
  6. Hay otra cosa importante que debo mencionar. Tarde o temprano, todo jugador se equivoca, mete la pata, comete errores. A veces gordos. Y las consecuencias son ineludibles. Pero no hay error que no tenga perdón. En esto también quiero dar un consejo de alguien que ya lleva un tiempo en esta partida: Suele pasar que, al cometer el error, buscamos solucionarlo por nuestra cuenta. O no lo reconocemos; o lo disimulamos o salimos corriendo… Lo digo por experiencia: nuestros modos de arreglar los estropicios con frecuencia solo consiguen el efecto contrario. Lo empeoran todo mucho más y cada vez es más difícil salir del hoyo que nos vamos cavando. Hay un truco que es usar el Comodín. Eso, claro está, supone reconocer el error. Pero el Comodín siempre salva. El único error que no se perdona es dejar de creer que el Comodín puede perdonarnos.
  7. Y finalmente… el objetivo del juego. Quizá lo tenía que haber enumerado en primer lugar, pero temía que dejarais de leerme. Porque el ser humano es competitivo por naturaleza. Y el objetivo de cada jugador, en este caso, no es ganar la partida. La partida la han ganado ya por nosotros. No hemos sido llamado a esta partida para conquistar nada. El Creador no necesitaba nada de ti, ni de mí. Sencillamente te pensó porque te amó. El objetivo es disfrutar, ser feliz, ser fiel a lo más auténtico de ti: “La gloria de Dios es que el hombre viva”.
  8. Esto significa que la partida estaba activa antes de que nosotros llegáramos –no somos el ombligo del mundo– pero, una vez que nos hemos incorporado a ella, ya no discurre igual. Nadie es imprescindible. Pero cada jugador es único, preciso y precioso.
  9. “La suerte es el nombre humilde de la Providencia”. No lo olvides. Mira más allá de las apariencias. Es tu turno. Tira los dados y ¡suerte!

Lo importante es participar –todos odiamos esa frase, pero os aseguro que aquí es verdad.

Os quiere, vuestra “tía monja”.

Sor Teresa Cadarso, OP