Tres tentaciones sufre todo ser humano…
La experiencia de enfrentarse con el propio pecado, de mirarse a los ojos del espejo y ver en ellos algo que no nos gusta es terrible. La de reconocer que no queríamos realmente eso. Que hasta donde hemos llegado jamás lo hubiéramos deseado. Que en el fondo ha sido una concatenación de distintas circunstancias que nos han conducido a donde no queríamos y a mirar a esos ojos del espejo como a los de alguien que no reconocemos y no nos gusta. Eso es el pecado.
Pero no se pueden echar balones fuera ni huir de las propias acciones. Nadie te puso una pistola en el pecho. Siempre podías haber actuado de otro modo. Te dices que te faltó valor, que te faltó raciocinio, que te dejaste llevar… te dices que si hubieras actuado de otro modo, que si hubieras dicho o hecho -o no dicho, o no hecho- algo de otra forma, ahora no estarías aquí. Pero ya no hay marcha atrás. Ya no hay remedio. Esa herida estará contigo siempre.
Quizás haya formas de sanarla, cierto, pero aquí y ahora, ante ese espejo, sólo cabe dolerte.
La experiencia del pecado es de cada ser humano. No hay quien no haya cometido jamás un pecado. No hay quien no se haya dejado llevar en algún momento por una tentación, por una falsa promesa de más vida, más plenitud, más sentido, más libertad, más bienestar, más alegría o más placer o más diversión. Que eso son las tentaciones. Engaños y mentiras que prometen llenarte y te engañan. No ha habido hombre ni mujer que en su vida no haya sucumbido alguna vez a la tentación.
Y toda tentación, todo pecado, viene de la misma clave: del engaño de que sin Dios seríamos más plenos. De no fiarnos de Él, de dudar de que sus planes para nuestra vida son los que realmente nos harían plenos, felices, llenos de vida. Por no fiarnos de Dios, por dudar de sus mandatos, lo perdemos todo. En pos de una quimera, caemos en el engaño. Perdiendo a Dios, perdemos lo que somos, para no ganar nada.
Bueno. Sí que hubo uno que no se dejó engañar por la tentación. Uno. Jesucristo. De Él afirma la fe que siendo verdadero Dios, fue verdadero hombre, en todo exactamente igual a los hombres… menos en el pecado.
Las tres tentaciones de Jesús, así, podemos decir que son como un compendio de todas las tentaciones humanas. Son las mismas tres que todo ser humano vive. Cada cual a su modo, pero las tres mismas: el tener, el parecer y el poder.
La primera de las tentaciones es la del Tener. Las falsas promesas de que teniendo cosas seremos más felices. Tener en todo su más amplio espectro y cosas con el mayor campo semántico que se nos ocurra. Bienes, experiencias, placeres, comodidad, dinero, carrera profesional… pensar que eso saciará nuestra hambre profunda de vida y de sentido, es el engaño. Olvidarnos de que el hombre vive de más cosas que sólo de cosas. Renunciar a Dios como fuente de plenitud, para caer en la tentación de que lo que realmente nos haría felices no es Dios, sino las cosas… como este nuestro mundo constantemente nos dice.
La segunda de las tentaciones es la del Parecer. Los falsos engaños de que siendo admirados, tenidos en cuenta, siendo queridos, reconocidos, valorados, seremos más quienes realmente somos. La mentira de que las apariencias valoradas por el mundo nos harán más felices. Ser reconocidos, ser importantes, que nos quieran y nos valoren, ponernos a nosotros mismos en el centro. Hacer lo que sea para parecer importantes, para que nos adulen, para que nos valoren, para que seamos considerados e importantes… Y olvidarnos de la humildad, de que lo pequeño es lo que llena el corazón del ser humano. Que no es en nosotros mismos donde hay que poner el foco, que cuanto más nos olvidemos de nosotros y más vivamos en don, en amor y en entrega, más realmente seremos quienes estamos llamados a ser. Olvidar la paradoja central del evangelio, que muriendo a nosotros mismos, es cuando más vivos estaremos. Quitar a Dios del centro para ponernos a nosotros…
Y la tercera de las tentaciones, la del Poder. Y las falsas mentiras de que con poder, con organizar, con que se hiciesen las cosas como uno piensa, cree y sabe que son los mejor, todo andaría mejor en la vida de uno y seguramente en el mundo. La tentación del dominio, de ejercer control para que el mundo, la vida, las cosas marchen y funcionen y se organicen como uno quiere y cree. La tentación de tener razón siempre y que los demás nos hagan caso en todo. La tentación de ser dioses que organicen la existencia a nuestra forma de entender, olvidando la legítima pluralidad de los otros. No aceptar que con otros, con sus propias ideas y criterios, se vive mejor. No aceptar ni la pluralidad, ni que hay una realidad creada por Dios de la mejor manera posible. Del individualismo salvaje de ser uno mismo lo más importante que existe y quien realmente sabe cómo todo iría mejor… la tentación de ser el pingüino ese viral de hace unas semanas…
Igual a todos los hombres fue Jesús en todo, menos en el pecado. No sucumbe al engaño, a la tentación, no olvida a Dios, y nos recuerda a quienes hoy escuchamos sus respuestas a cada tentación –No solo de pan vive el hombre; No tentarás al Señor, tu Dios; Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto– que la verdad frente al engaño y la mentira de la tentación, es que solo Dios puede dar la plenitud al ser humano.
Y aún una cosa más. Dios no abandona al ser humano a merced de su pecado. Toda la historia de la Salvación es un acercarse constante de Dios al ser humano para devolverle su identidad perdida, para traerle perdón. Para sanar el corazón. Ojalá le dejemos. Ojalá este camino de Cuaresma pueda ser también un camino de perdón. A uno mismo. Y a los demás.
Fr. Vicente Niño, OP
