Cultura

Blanco, negro y rojo

Como en La lista de Schindler, como en Sin city. El mundo pierde paulatinamente su paleta cromática para acabar en blanco, negro y rojo (y un poco de azul, diremos). El otro día me topé con la siguiente gráfica, que muestra los colores de los coches según el año.

No me sorprendió. Tampoco me sorprendería si viéramos lo mismo respecto a los colores de las casas, aunque de eso ya vi hace unos meses un video de Youtube.  Ahora, las casas son como las oreo: negro-blanco-negro. Con la diferencia de que no se comen.

El más llamativo de todos los damnificados por la pérdida de color es, paradójicamente, un superhéroe identificado con el negro y la noche: Batman.  El de Tim Burton (años 90), después el de Christopher Nolan (años 2010) y, por último, el de Robert Pattinson (2022). Cada uno más oscuro que el anterior, más en blanco y negro que el anterior… hasta el punto de que ver la última película se hace difícil en casa. Como ejemplo, un fotograma de cada versión del vigilante nocturno:

Estas realidades, que se dan en el arte, que es inútil por definición, y en lo utilitario, son un síntoma  de algo mucho más profundo. Antes, el negro era ‘elegante’ o ‘lujoso’, y ahora es, más bien, ‘simplicar’. Como síntoma, esta pérdida visual es, creo, una metáfora perfecta de algo que no sé explicar muy bien, pero qué más da, porque lo detalló Michael Ende en Momo.

En el mundo de este libro, un día llegaron a la ciudad los hombres grises, que decían que para qué dedicar tiempo a las cosas no productivas. Que mejor ahorrar tiempo y dedicar menos a la peluquería, o a comprar flores. Recortando diez minutos de aquí, media hora de allí, tiempo para vivir, en definitiva. Aquel tiempo era consumido por esos hombres grises, que no podían más que vivir de la existencia robada a la gente normal, en pos de ser productivo. al final, la niña Momo, una tortuga y un barrendero consiguen salvar la ciudad y hacer desaparecer a los hombres grises a base de humanidad. Porque el superpoder de Momo no era otro que… escuchar a la gente. Sí, eso que requiere tiempo y aparentemente no lleva a nada productivo. Aquella niña era, sin duda, la némesis de los hombres que querían robar el tiempo. Más aún juntándose con una tortuga y un barrendero que iba muy poco a poco quitando la suciedad de las calles.

Michael Ende no podía haber imaginado que su libro sería casi una premonición del mundo en el que vivimos, en el que el color pierde terreno poco a poco y el tiempo nos es robado por el algoritmo (así, en cursiva, no vaya a ser que algún matemático me propine una colleja).

La deriva ha sido prácticamente imperceptible, día tras día, y solo con una perspectiva más amplia la podemos ver. Pero ya está demasiado extendida. Ojalá, desde nuestro ser dominico, tuviéramos algún modelo de alguien que se dedicara a colorear los lienzos en blanco que nos muestra la existencia de nuestro tiempo. Sería angélico.

Asier Solana