Religión

10 años del Papa Francisco, ¿Un descafeinado de máquina?

El 13 de marzo de 2013 me encontraba en Valencia cursando los estudios en teología. Y aquella tarde-noche en la ciudad del Turia no llovía… «jarreaba». ¡Qué manera de llover! En el Convento todos estábamos pendientes del televisor para ver quién era el nuevo Papa. Cuando el Cardenal  Jean-Louis-Pierre Tauran dijo aquello de «Sanctae Romanae Eccleasiae… Cardinalem… Bergoglio», todos hicimos silencio. Jamás habíamos escuchado ese apellido –al menos era así para quien escribe estas letras-. Hasta que uno de los hermanos, pasados unos segundos, dijo: « ¡es el argentino!». Y Francisco salió a la loggia de San Pedro. Lo primero que pensé y dije cuando vi a Francisco fue: «qué tío más soso, inexpresivo, rígido, hierático, serio… y feo». Pero luego me di cuenta de que no llevaba puesta la muceta papal. Y ahí me pregunté a mi mismo: «El Papa… ¿Se despojó de su rango?» (Cfr. Flp 2,7).

Han pasado diez años. Y de este Papa quizá se pueda decir que ha tenido y tiene muchos gestos. Sí, pequeños signos que han hecho que todas las miradas estén fijas en lo que dice y hace. Quienes lo veneran, por un lado, y aquellos que lo detestan y desprecian, por otro, están pendientes del más mínimo e insignificante detalle para poder ponerlo -unos- a la misma altura que San Pedro y San Pablo en la plaza del Vaticano o, por el contrario -otros- junto a las ratas de alcantarilla que se pasean por el Tíber.

Pero dejando a un lado pedestales y alcantarillas; defensores y detractores, me parece a mí que han sido diez años «descafeinados». Los que somos amantes del café, del buen café, sabemos muy bien que existe un a priori y un a posteriori después de un café. Quienes, por salud, no pueden tomar café se han de conformar con un descafeinado. Es cierto que hay un antes y un después de ese momento, pero creo que no posee la misma intensidad ni aporta el mismo «subidón» que el café. Por ello digo que estos diez años dan la impresión de descafeinados. Por poner un ejemplo. Las Exhortaciones Apostólicas de Francisco son textos, a mi juicio, entretenidos. Comienzas a leerlas porque te engancha y porque da la impresión de que en algún momento va a lanzar un órdago. Pero cuando te vienes a dar cuenta ya estás leyendo eso de «Dado en Roma, junto a San Pedro…». No hay subidón. No hay café. Es cierto que la Encíclica Laudato si (2015) marca diferencia. Francisco nos da una sacudida e intenta que caigamos en la cuenta de que nos encontramos en medio de la peor crisis ecológica que jamás haya enfrentado la humanidad. Que el futuro ya no es la ilusión por el progreso, sino un gran interrogante ante los profundos cambios por venir: la salud humana y la salud del planeta. Este es quizá el Francisco menos descafeinado. Pero durante esta década no hemos tenido grandes decisiones ni cambios significativos. Bueno, miento, ya no tenemos los zapatitos rojos –motivo de rasgar vestiduras para algunos- y seguimos dando vueltas a la famosa nota a pie de página 351 de Amoris laetitia que parece ser ha hecho que se agriete la cúpula de San Pedro. Pero poco más, al menos ad extra… ¿y ad intra?

Diez años dan para poco en cuestiones eclesiales. La Iglesia, lo sabemos bien, se puede comparar con un gigante que se mueve muy despacio por culpa de tanto peso. Pero durante estos años hay algo que este Papa ha tenido que sufrir de manera escandalosa y hasta cruel: el desprecio. Cuál ha sido mi sorpresa que en algunos ámbitos diocesanos en los que me tengo que mover por obediencia, se ha proclamado la «sede vacante» desde el pasado 31 de diciembre. ¿Es este desprecio manifiesto y para nada disimulado el origen de un Papa descafeinado? ¿Francisco se siente asfixiado por no poder actuar con libertad en este servicio que le han pedido? ¿La finalidad de este Pontificado es que podamos descubrir a Dios en lo sencillo, en lo cotidiano y nos resistimos a que este sea nuestro «pedigrí religioso»? Y por si fuera poco, se hace burla hasta de la silla de ruedas que utiliza Francisco porque la fragilidad y la debilidad se han puesto de manifiesto en su rodilla. Y me parece a mí que lo de la rodilla es consecuencia de lo roto que ha de tener el corazón. Porque el desprecio -ese que han de padecer los que aceptan un servicio en la Iglesia sin quererlo ni buscarlo- mata y consume. Será el paso de los años y el transcurrir de la historia -como ocurre con las cosas de Iglesia desde tiempo inmemorial- quienes nos dirán si Francisco quedará como un Obispo de Roma descafeinado, o si ha sido algo peor. A saber: que el desprecio que sufre en silencio y soledad está siendo una nueva zancadilla al obrar del Espíritu.

Fr. Ángel Fariña, OP