Re-significar lo cotidiano
Re-significar lo cotidiano puede ser una buena actitud para comenzar el año nuevo, para retomar las actividades de cada día y remontar la cuesta de enero sin que nos pese demasiado el tiempo, ni los excesos de la mesa o los ajetreos del consumo. Retomar las rutinas de modo que estas tengan un sentido, también de celebración, más allá del aburrimiento y el cansancio.
Os traigo estas líneas con este deseo para el año que comienza, después de leer una carta que Chesterton escribiera a su prometida, soñando con la casa, imaginando el hogar que compartirían. Podemos tomar nota de la chispa y la fantasía que animan sus sueños. De modo que los objetos domésticos, las paredes de la casa, el espacio en que vivimos, en el que entramos y salimos, sobre el que se van construyendo nuestros mundos interiores, con sus significados, a veces inconscientes, en los que se van anudando nuestros afectos y entretejiendo nuestros desengaños, etc. , aparecen en esa carta transformados por una visión absolutamente poética evocando el misterio del habitar cuando dice, por ejemplo:
“Mi idea es hacer que una casa sea realmente alegórica, explicar su propio significado existencial. En todos los objetos deben inscribirse dichos místicos o antiguos, cuanto más prosaico sea el objeto mejor, y cuánto más tosca y rudamente se haya trazado la inscripción mejor. Has enviado la lluvia sobre la tierra (Job) debería estar inscrito en el paragüero …, las palabras sobre el agua viva de Juan revelarían la música y santidad del fregadero, mientras que nuestro Dios es un fuego consumidor (Pablo a los Hebreos) podría escribirse sobre la rejilla de la cocina, para ayudar a las cavilaciones de la cocinera”.
Luego continúa haciendo el elogio de su amada y de los buenos momentos que se prometen juntos. No falta el humor cuando apunta la posibilidad de que “tengamos cosas malas en nuestra vivienda y las hagamos buenas. No pondré ninguna objeción a la idea de que traigas de vez en cuando un dragón a cenar, o un grifo penitente a dormir en la cama de invitados”
Curiosamente así todo el espacio doméstico se anima y vivifica con la magia que, en estas fechas, parecen entender solo los niños. La casa, hogar desde el que realizamos nuestras actividades, proyectamos nuestros sueños o descansamos, se va transformando, tornándose reposo también espiritual, reencuentro para quien vive con nosotros, para nuestros familiares o los amigos que recibimos.
El espacio doméstico alcanza un significado existencial y espiritual, no es indiferente a nuestro sentir, pues no se trata solo de un espacio físico, sino que, como hemos venido reflexionando en artículos anteriores, es un espacio transfigurado constantemente o deformado por nuestros sentires y nuestros resentimientos, como una extensión de nuestro cuerpo, siendo también memoria viva, intercambio con las cosas de recuerdo y reflexión sobre los que fabrican las cosas, los útiles que manejamos, los objetos decorativos. A veces reflexión y acogida de aquellos que antes que nosotros, padres o abuelos, hermanos y tíos habitaron estos ámbitos, o utilizaros tales objetos, más o menos arrinconados hoy en el fondo de un armario, rescatados del olvido cuando hacemos una mudanza.
Así las telas, las pequeñas ropitas que han quedado en los cajones de nuestros bebés, algún juguete ya roto, etc. O esos libros deshojados en los que el padre nos enseñó a leer los primeros poemas. Fotos viejas y dobladas en las que reconocemos aquellos lugares de infancia, el primer viaje, la primera bicicleta.
Manteles, vestidos antiguos de celebración, nos hablan de los que se fueron, los que estuvieron, con los que convivimos y de alguna manera siguen estando en nuestra casa y desde luego en nuestro corazón.
Hoy está de moda relegar enseguida a lo obsoleto cualquier vestido o dispositivo, triunfa lo nuevo, lo nunca visto, lo de “última generación”, pronto nos cansamos del ayer. Sin embargo creo que no estaría de más y podría reafirmar y serenar nuestra esperanza, una mirada de compasión, de sana fantasía y agradecimiento por todo esto cotidiano que nos acompaña y sostiene en el vivir de cada día.
Estoy desde hace casi cuatro meses ya en la misión de Malabo. No dejo de aprender aquí de lo de aquí y lo de allá, la ropa usada, los zapatos viajados por tantos lugares, las abacerías con productos de consumo inmediato, la ausencia de centros comerciales en el entorno en el que me muevo… Las callejas sin asfaltar, los mercados ruidosos y desordenados. Las casitas de tablones tan precarias, la falta de agua en muchas de ellas, los apagones la tarde de nochebuena, y un sinfín de situaciones difíciles o graciosas, que me invitan de verdad a re-significar, con Chesterton, lo cotidiano.
Inventemos el año que comienza. Feliz año 2025, y ojalá fantástico y despojado de lo superfluo que nos impide ver lo esencial.
Sagrario Rollán
