¿De verdad es tiempo de esperanza?
Hemos entrado de lleno en el tiempo de Navidad. Las expresiones del Adviento preparad, allanad, velad y tantas otras propias de ese tiempo ya forman parte del ayer. Atrás quedan también el encendido de velitas de colores y esos cantos que no sabemos muy bien qué significan. Sin embargo, lo que no debemos dejar pasar y que apunta más allá de velas y canciones, es el mensaje profundo que estas cuatro semanas nos han dejado: hay que ejercitar la esperanza para transformar radicalmente nuestra forma de vivir. Y si de algo nos hablan estos días de celebración y fiesta es de eso, de esperanza. Porque gracias a ese parto que escuchábamos en la Nochebuena en la narración del evangelista Lucas, gracias a algo tan natural como es el dar a luz, lo inaudito nos deslumbra desde la sencillez y la inocencia para que quebremos los ídolos todopoderosos y vacíos que nos hemos ido creado a lo largo de nuestra existencia. Esa misma noche del pasado día 24, en Roma, el papa Francisco abrió una puerta. Y con ese gesto el anciano Pontífice quiere, y por ello nos lo propone, que reavivemos nuestra esperanza. Porque como nos ha dicho en el texto que ha escrito para este Jubileo, para este Año Santo que acaba de comenzar, «la esperanza no defrauda».
Podemos llegar a pensar que hablar de esperanza en estos tiempos de no poca incertidumbre es un contrasentido o una ingenuidad. Porque ante un mundo que parece haber enloquecido. Un mundo donde hay tal cantidad de mal, tanto pobre sufriendo al poderoso. Un mundo con tanta violencia y desprecio contra el hombre inocente y tantas víctimas de segunda porque se sigue encubriendo, protegiendo e incluso justificando a depredadores absolutamente psicópatas. Un mundo con tantas catástrofes climáticas, guerras, migraciones y convulsiones sociales y eclesiales de todo tipo… en definitiva, una realidad donde toda esta gran contradicción en lo hondo de la creación que la destruye, que la enfrenta consigo misma, que la deja en menos que ridículo ensayo de un hacedor de pacotilla, la esperanza parece no tener cabida. Sin embargo, y aunque parezca que es un despropósito llegar a pensar así, la única manera satisfactoria -humanamente hablando- de enfrentarse a estas realidades es vivirlas con esperanza. Por ello la propuesta, la petición de este octogenario -como es el papa Francisco- de abrir camino a la esperanza es lúcida, sagaz, inteligente en tanto que sabe que la esperanza es una pasión que se suscita ante la negatividad de la desesperación.
No pensemos que la esperanza niega el mal. Como tampoco debería pasarnos por la cabeza que se trata de optimismo ingenuo o hipócrita. Sí, de ese que veremos hasta el hartazgo estos días de Navidad. Mucho menos es pesimismo. Pues la esperanza no se agota en la realidad presente, en la limitación presente. Como una luz al final del túnel, como una estrella en mitad de la noche -como ocurrió en la noche de Belén- la esperanza sabe guiar nuestros pasos hacia algo mejor. Y es que gracias a la esperanza sabemos que la creación entera será un día transformada por completo para ser solamente buena, para que exista sólo el bien, la bondad, la belleza. La esperanza es la noticia que tenemos de lo que está por venir. Y es una noticia fascinante, porque anuncia que lo porvenir es bueno. La esperanza no se agota en la espera pasiva ni victimista, sino que urge al compromiso activo con ese destello de luz que se entrevé a tientas en las oscuridades que no dejan ni dejarán de acechar. Si vemos una luz al final de un túnel, ¿nos quedamos esperando a que nos alcance? ¿No será más bien todo lo contrario? ¿No será que nos movemos, caminamos, corremos cuanto podemos para lograr alcanzarla?
La esperanza en cristiano también es luz. Luz que vino al mundo como hombre para iluminar a toda la humanidad. La fiesta de Navidad nos recuerda el nacimiento de esa persona: Jesús de Nazaret. Él portaba el propósito divino para la realidad entera, como hemos escuchado estos días pasados en el relato de la Anunciación. La Buena Noticia según la cual el mundo en su totalidad sería un día transformado por completo, según la cual el mundo entero estaba ya siendo transformado por completo. Así pues, leer la realidad desde una perspectiva esperanzada nos hace trabajar para que un mundo en el que da la impresión el que no sea posible ningún comienzo, ningún mañana, ninguna huida de lo igual ni de lo antiguo, se transforme en un mundo, ya ahora, preñado de un futuro mejor. Laborar en este sentido es colaborar con los planes de Dios. Es seguir haciendo posible la Encarnación. Es hacer su voluntad y confiar en que un día tenga a bien llevar a plenitud lo que aquí sólo alcanzamos limitada y provisionalmente. ¿Sabremos renunciar a nuestras efímeras y a veces ridículas seguridades para encontrar nuestro apoyo en Dios? ¿Sabremos morir a nuestro deseo egoísta de poseer para poseer sólo la gracia y experimentarlo todo como don? ¿Podremos cambiar nuestra forma de vida, las más de las veces endogámicas, para que el mundo pueda ser más justo aun teniendo que renunciar a nuestras comodidades y caprichos? ¿Dejaremos de dañarnos y despreciarnos unos a otros para defender nuestras patrias, nuestras religiones o nuestras identidades? ¿Estaremos dispuestos a abrir la puerta de nuestros corazones a la esperanza?
La Puerta Santa de la Basílica de San Pedro en la Ciudad Eterna está abierta. Un anciano de ochenta y ocho años, absolutamente esperanzado, la ha abierto. Y si los símbolos tienen la posibilidad de hacernos pensar, este nos remite a la esperanza activa, como la del parto -narrado por Lucas- en la noche de Belén. Esa esperanza que busca hacer la voluntad de Dios-Padre y poner por obra su Palabra que es la que en estos días se acurruca en un pesebre. Así pues, activemos la esperanza -como se nos pide a toda la cristiandad- para que nos libere de un futuro agotado y podamos descubrir y sentir que Dios, en una noche hace más de dos milenios, abrazó nuestro origen para llevarnos a su destino. Y que todo lo demás, absolutamente todo, es tan solo adorno y celofán.
Fr. Ángel Fariña, OP
