¿Es posible ser amigos…?
Dentro del mundillo eclesial, creo que no exagero si digo que muchos estábamos con los ojos y oídos bien abiertos esperando el discurso del Papa a la Curia Vaticana, con motivo del saludo navideño. Y a estas alturas -una vez pasado el día del discurso- ya muchos medios de comunicación se han hecho eco de las palabras de León XIV: que si el discurso ha sido un toquecito suave de atención por un lado, que si continuidad total con su amado predecesor por el otro (hay quienes están empeñados -erróneamente- en que estamos ante un Francisco II), que si lo de ad intra y ad extra, que si guiño a los protestantes al citar a Bonhoeffer… Pero, honestamente, lo que he leído al respecto -que no ha sido todo, claro está- creo que se ha quedado en la superficie. ¿Por qué digo esto? Pues porque en el texto, a mi juicio, se esconde una pregunta que, aun cuando puede pasar desapercibida, va mucho más allá de titulares rápidos y de la rumorología vaticana, ya que muestra la enorme profundidad espiritual y el estilo tan personal de quien lo escribe.
Se nota que León XIV es religioso. Más aún: se nota que ha estado al frente del gobierno de su Orden religiosa, los Agustinos. Por eso sabe de primera mano qué son las deslealtades, traiciones, rencillas, enemistades, celos, envidias y revanchas entre hermanos de religión. Y se nota que ha vivido esas sombras que a veces empañan la vida de quienes, con total libertad, han elegido la vida religiosa. Por ello, no es casual que cite en su texto la pregunta que San Agustín formula en su carta a Proba: « ¿Quién puede hallarse que sea tan buen amigo, que podamos tener en esta vida seguridad cierta de su intención y de sus costumbres?». Da la sensación de que el Papa pide a los miembros de la Curia que sean espacios abiertos a la esperanza y no focos de resentimiento. Un mensaje que, en realidad, puede aplicarse a toda la vida religiosa cuando el rencor se enquista y se transforma en una herida que nunca termina de cerrarse. Porque alguien resentido tiene el corazón cerrado y el alma aplastada. Y la consecuencia de esto es que no puede elevar ni la mirada ni el corazón a Dios.
León XIV, desde mi modesta opinión, ha realizado con una finura admirable a la par que exquisita una lectura muy clara de la realidad que se ha encontrado intra muros Vaticanos. Tal vez ya tenía referencias previas -no olvidemos que llevaba tiempo residiendo allí- pero ahora parece haberla comprendido de manera mucho más directa y nítida. Sin embargo, siguiendo con mi modesta opinión, al releer el texto no percibo ningún tirón de orejas ni ninguna llamada de atención ni ningún reproche amargo como quizá esperaban algunos ideólogos posmodernos dentro del ámbito eclesial. Veo, más bien, una enorme preocupación que ha querido expresar en voz alta, en forma de un llamado a la templanza. Pero, sin embargo, y dicho lo anterior, la pregunta que formula « ¿es posible ser amigos en la Curia Romana, tener relaciones de amigable fraternidad?» se vuelve difícil de responder no solo en la Curia, sino en otros muchos ámbitos de la vida eclesial. Y es que cuando lo que prevalece son los intereses y los caprichos personales, la amistad queda asfixiada antes de nacer. Y cuando se anteponen el dogmatismo y la endogamia, el resultado suele ser el mismo: puertas que se cierran, muros que se alzan y toda posibilidad de renovación ad intra y ad extra que se apaga. Es ahí donde el mensaje de León XIV alcanza su mayor hondura, porque no se limita a señalar los errores, sino que interpela el corazón. Y es que nos invita a dejar atrás dinámicas estériles y a asumir, con valentía, una actitud auténticamente abierta, humilde y llena de esperanza, que vuelva a situar a la persona y al Evangelio en el centro, es decir, allí donde siempre debieron estar.
Fr. Ángel Fariña, OP
