Nuestra guerra
«Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios»
Pues ya estaría. El cristiano tiene que buscar la paz. Punto. Pero, ay, si fuera tan fácil.
Cuántos cristianos están (o estamos ,si somos realmente sinceros) por ahí promoviendo diferencias entre las personas… Hablo de políticos, de parroquias separatistas y hasta de catequistas que hablan mal de otras catequistas porque no hacen las cosas igual.
En términos de CS. Lewis, si viniera el demonio y te diese una pistola es muy posible que tú dijeras que no la quieres. Que trabajas por la paz. Precisamente por eso es más eficaz una tentación más sibilina adaptada a cada persona. La guerra no es todo fuerza bruta en el campo de batalla. Los espías, por ejemplo, pueden marcar la diferencia en el resultado del conflicto.
A un israelí que ha vivido toda la vida escuchando cómo todo el mundo ataca y mata a su pueblo, no costará mucho convencerle de coger esa pistola. Nosotros pensamos que es una barbaridad… Pero qué poco cuesta convencernos de que tal o cual simpatía política es fruto de ser mala persona. Realmente ¿sería tan difícil convencernos de dejar de lado a alguien porque nos creemos superiores? ¿Por intereses económicos? ¿Porque estoy haciendo una mala gestión de mis emociones y termina pagándolo alguien inocente? No, no es tan difícil caer en eso. No cogeremos un arma pero ningunearemos, insultaremos (vía Twitter o en vivo) y/o seremos pasivo agresivos; y todo eso no es buscar la paz. Como tampoco lo es la indiferencia. Esa es la forma más eficaz de tentación que existe porque parece que no haces nada malo. Ha sido perfeccionada mediante la tolerancia. Has sido expuesto a tantas desgracias a través de las noticias y las redes sociales que ya no eres capaz de reaccionar. Pasas y ves el siguiente vídeo corto de tu red social de preferencia. No te genera intensos sentimientos y sin darte cuenta estás dando la espalda a un hermano… Y es así como poco a poco va ganando el odio. Porque los que luchamos en el lado de la paz pensamos que estamos desarmados.
En estos tiempos, parece que hablar de paz implica resolver el conflicto de Oriente Medio. Pero hay muchos más frentes abiertos que sí tenemos al alcance. Podemos acabar con las semillas de odio antes de que hagan daño. Cortar una crítica no constructiva, trabajarnos nuestras envidias o no morder figuradamente al teleoperador que te llama a la hora de la siesta es ganar una batalla. También lo es practicar la escucha activa con quien piensa diferente y buscar los puntos en común. E incluso cuando una persona es culpable o «mala», medir nuestra reacción porque nada ganamos haciendo justicia a nuestra manera. Las guerras que nos tientan de verdad son aquellas que se disfrazan de necesarias.
Pero ojo, cuando Jesús dice que no ha venido a traer paz a la tierra pienso que se puede interpretar como que realmente no todo vale. Tenemos que mostrar desacuerdo en ocasiones con las personas que tenemos alrededor. La paz también precisa de que nos plantemos y digamos al otro que está equivocado, que está siendo injusto. Estar siempre de acuerdo denota desinterés o ceguera. Y ahí está otra vez la indiferencia ganando terreno.
Sé que puede parecer que he dicho una cosa y la contraria, así que depende de cuán sincero quiera ser cada uno consigo mismo. Hagamos este examen de conciencia sabiendo que nadie se va a enterar de la verdad, de corazón. El único que ya lo sabe es Dios y, cuando te des cuenta de tus fallos, estará ahí para ayudarte. Confiemos en que la paz es posible porque Él nos ha hecho capaces de ello. Ganemos la guerra contra el odio. Espadas al centro. Uno para todos y todos para uno.
Miriam Simón
