Opinión

Rezo por ti

Con la llegada del nuevo año los monasterios –desconozco si solo los dominicos o también los de otras órdenes− nos preparamos para celebrar el tradicional “sorteo de compañeros de oraciones”.

En mi primer año en clausura minusvaloré esta tradición, considerándola un poco ingenua y reduccionista. El primer día del año, o el último –según se organice− la mano inocente de la casa va cogiendo papelitos de una cesta y adjudicando a cada hermana y para el año entrante un santo y una santa que intercederán por ella; así como un fraile y una monja por los que ella habrá de rezar. Según las costumbres del lugar, hay comunidades que añaden una intención más general “por los niños huérfanos”; “por los enfermos de cáncer” o el alma de algún difunto. Con los años fui haciéndome cada vez más defensora y promotora de esta noble y sana tradición. Aunque debo también confesar que esto se debe más al buen rato que nos hace pasar cada 1 de enero –con los piques sobre preferencias y las risas por devociones varias− que a mi escrupulosa fidelidad a la oración por la persona encomendada o al santo al que acogerme. 

La oración de intercesión es uno de las realidades de la vida cristiana en las que más he ido evolucionando a lo largo de los años –y supongo que seguiré−. En mi mentalidad, un poco “providencialista”, atreverse a pedir a Dios que cambie o conserve una situación de una forma concreta me parece, además de un atrevimiento −¿sabré yo más que Él?− un riesgo −¿y si sus planes son mejores que los míos?−. Además: en el hipotético caso de que aquello que pida se realice, ¿de verdad puedo creer que sea precisamente porque lo supliqué yo? Y si no, ¿qué culpa tiene el creyente por el que intercedo de que mi oración no sea eficaz? Definitivamente, no era una forofa de la intercesión. Escuchaba con atención a quienes me contaban su situación y me compartían sus intenciones, pero me costaba decir: Rezo por ti. Me sentía un poco hipócrita con una frase tranquilizadora que, a primera vista, no cambiaba nada y no costaba demasiado. 

Hay muchos santos y grandes cristianos que han escrito y reflexionado sobre este tema tan amplio. Hoy quiero compartir una vivencia personal desde mi vocación de monja, llamada a interceder por la humanidad. Y es que, con los años he ido descubriendo que la oración de intercesión es el regalo que Dios nos hace a nosotros, contemplativos, y no necesariamente lo que nosotros hacemos por los demás.

No es el regalo que Dios hace a la humanidad a través de los contemplativos, sino el regalo que Dios nos hace, a través de la humanidad, a todos los contemplativos, para que la rutina y el egoísmo no apaguen nuestro amor. Nos obsequia con la misión de la intercesión para que nuestra naturaleza pueda ser fuego, como la de Santa Catalina, y no se enfríe por la invariabilidad de nuestros horarios, costumbres, quehaceres e incluso oraciones y preocupaciones. Nos regala la capacidad de inyectar a la monotonía la mística profunda del Evangelio en lo concreto. Es el antídoto a nuestro tentador aburrimiento y mediocridad. ¿Qué, si no, hubiera sacado a santo Domingo de su cómoda y también santa vida en Osma? ¿¡Qué será de los pobres pecadores!? Aquella era una intercesión que quemaba las entrañas, que movía la vida y no sólo los labios. 

El lenguaje y la psicología son demasiado ambiguos y podemos pensar que compramos a Dios los frutos de nuestra oración si ella nos ha costado cierto sacrificio. Por supuesto que esto no es así. Dios no necesita de nuestra oración, pero, al mismo tiempo, ha querido necesitar de ella y con ella ha salvado a las dos partes. El que reza sale de sí mismo, y el rezado obtiene la gracia que Dios tiene pensado para él, de la manera que Él considere mejor.

Cuando comencé a experimentar la intercesión como un don que Dios concedía a mi vida de oración, como un regalo y no como un fruto de mi esfuerzo, quise hallar una explicación y durante meses reflexioné sobre ello. ¿Cómo puede considerarse el dolor, fruto de la “compasión” que mueve a la intercesión, como una dádiva hasta el punto de sentirse inmensamente agradecida? 

Creo que el ejemplo será suficientemente explícito: al someter una parte del cuerpo a temperaturas por debajo de los 0 ºC se inicia un proceso de entumecimiento que, aunque comienza con dolor, progresa hacia la pérdida absoluta de la sensibilidad. El sujeto que está experimentando tal situación sabe que el miembro en cuestión, sea mano, dedos, pies, piernas, terminará por morir si no se modifican sus condiciones, y eso lo sabe por la inexistencia del dolor o cualquier otra sensación. Cuando por fin consiga aumentar la temperatura comenzará a experimentar dolor, mucho dolor, pero −podemos estar seguros− se alegrará de ello, pues será sinónimo de que ¡no está muerto! Lo mismo sucede en la vida espiritual: poder sentir en nuestra propia carne que el sufrimiento, el mal, la pena del otro puede suponer volver a creer que ¡no estoy del todo muerta! 

Una intercesión que asume sobre sí la vida del otro, sin que el otro muchas veces lo reconozca. Una intercesión que busca, trabaja y vive por el Bien, el Sumo bien del otro, por encima del afecto que ello reporte. Una intercesión que consagre noches sin dormir, caprichos sin concederse, perezas vencidas, paciencia inagotable, amor sin límites, pero lleno de verdad.

Así, cuando el mundo esté gritando: ¡La gente se muere de hambre y vosotras encerradas! podremos responder con serenidad: El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 51). Porque para eso nos quiere Dios, para eso estamos aquí: Para que Él alegre en ti a todos los desterrados y ame en ti a todos los desgraciados (Tb 13,10).Sea quien sea. Toque quien toque: Rezo por ti.

Sor Teresa Cadarso, OP