Religión

Esperando al amor

En el centenario de la muerte de Pier Giorgio Frassati

1925 – 2025

“For every tyrant, a tear for the vulnerable

In every lost soul, the bones of a miracle

For every dreamer, a dream, we’re unstoppable

With something, to believe in”

Waiting for Love

Tim Bergling, Martijn Garritsen & Simon Aldred

El día que iba a morir, Pier Giorgio Frassati se alistó como soldado que marcha al frente de batalla. Aguantó estoico los reclamos de su madre que atendía a su abuela moribunda (“Parece increíble que cuando uno más te necesita, tú faltes siempre!” (1)) y usó la poca fuerza que le quedaba para llamar a un sacerdote que bendijése a su abuela agonizante (2). Sufría tanto que ni siquiera se enteró de cuándo transcurrió la extremaunción de su nonna. Pálido, solo “se apoyaba en el marco de la puerta sin poder encontrar descanso” (3). El dolor de la polio es profundo. Viene de dentro y se filtra gota a gota hacia el exterior.

En vida, Frassati no hizo ningún milagro. No era un devoto ostentoso, con éxtasis voladores o bilocaciones legendarias. Parecía más bien ordinario, muy amigos de sus amigos. Su hermana recuerda cómo sus padres, en ocasiones, lo consideraron poco menos que un burro en los estudios, con “una deficiencia” (4) para el aprendizaje y una sabiduría secreta de la que “la familia ignoraba casi por completo” (5).

Para intentar explicar su grandeza, me viene a la mente una canción memorable de Avicii sobre el amor: Waiting for love (Esperando al amor). El que ama no se queda quieto, ni espera pasivamente a ver si el amor desaparece o se acrecienta por sí solo. El que ama se revuelve contra la vida, se niega a vivirla como un mero espectador. Diría Pier Giorgio: Vivir, y no vivaquear. O dicho de otra forma: Vivir una vida que valga la pena ser vivida.

Pier Giorgio decidió no solo que iba a amar, sino que él sería ese amor, de forma concreta, allí donde estuviera y con quienes compartiera los veinticuatro años que estuvo con nosotros. Esa es la clave secreta de su santidad. Lo que ni su prestigioso papá ni su distraída mamá entendieron nunca, sino hasta el día en que, muerto su hijo, empezaron a desfilar por su casa todos aquellos para los que él no era un bobo ingenuo enamorado de la vida, sino la encarnación misma del amor que es ternura y misericordia, del amor que consuela y abraza, del que nunca se da por vencido y es incondicional (6). Para todos ellos, Pier Giorgio no se quedó esperando al amor, él era el amor en acción.

Por cada tirano, llorar con los que sufren

Su amor en acción se dirigía inmediatamente hacia los demás. No hay mejor forma de ser dominico que ser capaz de predicar la verdad de frente ante el poder, como Jesús en el templo (Mateo 23, 2-33). Así lo hizo Domingo frente a los cistercienses y en medio de la violenta cruzada, Catalina frente al Papa en Aviñón o Antón de Montesinos frente al gobernador de La Española. Pier Giorgio, hijo de Domingo, se involucró de llenó con los dolores de su tiempo. 

La radicalidad evangélica de Jesús se agitaba en su corazón. Su Evangelio favorito era el de Mateo, porque tiene el “Discurso de la Montaña”. Es decir, las bienaventuranzas. De la doctrina papal, su favorita era la Rerum Novarum de León XIII, la encíclica que “funda” la doctrina social de la Iglesia y restaura la dignidad de los trabajadores desde una perspectiva compasiva y cristiana (7).

Igualmente, era un aventajado de lo que el Papa Francisco llamaría “hacer lío” del bueno (tanto que, incluso, llegó a ser expulsado junto a Marco Beltramo de la Acción Católica en 1924 por exceso de lío (8)). Su corazón sabía dónde estaban sus prioridades. Cuando profesó como laico dominico, eligió con plena consciencia el nombre de Fra Girolamo, el carismático Jerónimo Savonarola, valiente fraile dominico dispuesto a morir antes que vender sus principios. El luchador incansable contra la corrupción que muere condenado a la hoguera por el indigno Papa Borgia, en la Florencia del Renacimiento que gobernaba Lorenzo de Medici el Magnífico.

Fra Girolamo Frassati, como llegó a firmar, explica la elección de su nombre a su amigo Antonio Villani: “Este nombre me recuerda una figura a la que quiero mucho y que seguramente también aprecias, porque tienes los mismos sentimientos contra las costumbres corruptas: la figura de fray Gerolamo Savonarola, de quien muy indignamente llevo el nombre. Siendo admirador ferviente de este fraile, que murió como un santo en el patíbulo, he querido al hacerme terciario tomar su nombre como modelo, aunque lamentablemente estoy bien lejos de imitarlo» (9).

Quiso, con toda la gravedad y la seriedad que la decisión traía, ser Girolamo Frassati. Porque en la época oscura del fascismo en que vivió, estaba listo para morir por sus principios. Cuando el 28 de octubre de 1922 se dio la infame “Marcha sobre Roma”, a Pier Giorgio le hierve la sangre. Sus amigos lo recuerdan “fuera de sí” (10) en un tren hacia Santhiá: “Apenas se sentó en el vagón, comenzó a discutir de viva voz criticando la situación y diciendo que el cristianismo, una religión de amor, no podía absolutamente de ninguna manera estar de acuerdo con el fascismo, la realización de una doctrina que exaltaba la fuerza y la violencia” (11).

Perseguida su familia por el gobierno del Duce, se exilian en Berlín y desde allí escribía el 19 de noviembre de 1922: “He dado un vistazo al discurso de Mussolini y toda la sangre me hervía en las venas (…) Lamentablemente cuando se trata de los honores del mundo, los hombres pisotean su propia consciencia” (12). Para nosotros, que vivimos tiempos sombríos, es reconfortante saber que la santidad de Pier Giorgio brilló también en contraste con la tragedia de su tiempo, cuando la democracia parecía moribunda y la esperanza desfallecía. 

En 1924 el régimen asesina al joven parlamentario Giacomo Matteotti, líder socialista que era férreo opositor de los fascistas. Pier Giorgio escribe devastado: “En estos momentos, todo el mal se revela en su aspecto más nauseabundo (…) recuerdo con alegría que no hemos sido nunca, ni un solo instante de nuestra vida, partidarios del fascismo. Todo lo contrario, hemos combatido este flagelo de Italia y mientras vamos hacia la ruina, doy gracias a Dios que se ha servido del pobre honorable Matteotti, para desenmascarar y poner al descubierto ante el mundo entero la infamia y la inmundicia que se ocultaban debajo de su máscara fascista” (13).

Su voz heróica es una conciencia moral para su tiempo. En esto, es un heredero luminoso de la tradición de la Orden. Y él lo sabía. El día que murió, tenía abierto sobre las sábanas el último libro que intentó leer: la vida de Santa Catalina de Siena (14). Pero Pier Giorgio no fue solo un santo antifascista, sino y por encima de todo, un hombre con un corazón de oro.

Un soñador con algo en qué creer

Pier Giorgio creía verdaderamente que en todos los pobres, los débiles y los que sufrían, estaba realmente Jesús. No por aparentar, pues de hecho murió sin que nadie supiera de su “vida secreta”.  Sino porque creía lo que predicaba, y no podía menos que vivirlo. Eso le motivó a unirse a la Conferencia de San Vicente (15), en el cual se organizaban estudiantes para visitar dos o tres familias un día a la semana, que Pier Giorgio solía hacer los viernes. 

En estas correrías por los barrios peligrosos de Turín, que escandalizaban a las señoras amigas de su familia (16), anotaba Pier Giorgio en su libreta como usaba todo el dinero que tenía en ayudar a los que lo necesitaban. Especialmente, comprando medicamentos para los que no podían permitírselo. Su forma de ver el mundo y de poner bondad en él contrastaba con la que tenía, incluso, su círculo cercano. 

Por ejemplo, un día de 1923, caminando con su amigo Marco Beltramo, se encontraron cerca al Teatro Rossini un borracho que había robado a Pier Giorgio. Marco lo derriba de dos puñetazos pero Pier Giorgio, en vez de indignarse con el ladrón, le grita enfurecido a su amigo y se lanza a levantar al borracho, al que lleva a una farmacia para darle un tónico, no sin antes tomar nota de los datos del pobre desgraciado (17). También este es un modo muy dominicano de ser cristiano. Ya decía fray Jordán de Sajonia, primer sucesor de Domingo: Es preferible perder la capa (lo material), que perder el corazón. Y como de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6, 45), solo un cristiano auténtico tiene autoridad moral para predicar, y que le crean.

Incluso, cuando Pier Giorgio se encontraba con alguien necesitado y ya no llevaba un solo peso encima (porque se los había gastado todos en su “directorio” de caridad o en personas que previamente se había encontrado por el camino), sacrificaba el propio desayuno. La hogaza de pan que le preparaban cada mañana en su casa terminaba en las manos de algún mendigo, al que siempre pedía sus datos y su necesidad más urgente, para ayudarlo en cuanto podía (18).

El legado de Pier Giorgio

Como “hijo de Domingo” que era y se sentía, todos los jóvenes de la Orden, pertenecientes o no al IDYM, somos sus herederos. El que encuentra en el carisma de Domingo una forma atractiva de seguir a Jesús, sabe que tiene un compañero seguro de camino en Pier Giorgio Frassati. Ya fuese haciendo lío con sus compañeros universitarios, fumando una pipa en la cima de una montaña o tomando un buen vino con sus tipos sospechosos, la predicación de Frassati sigue siendo actual justamente porque se dedicó a vivir mucho y apasionadamente.

Ahora que celebramos el centenario de su muerte, el mejor homenaje que podríamos hacerle es conocerlo, especialmente si también somos “hijos de Domingo”. No tenemos que ir hasta Turín para presentarnos. Él no está en los viejos sermones, ni en los libros eruditos. Está directamente en su vida que, graciosamente y como le pasó a Domingo de Guzmán, han terminado por contar sus contemporáneos. Especialmente su hermana, Luciana, que sabía que había vivido con un santo y nunca se cansó de empujar su causa de canonización. 

La vida de Pier Giorgio fue asombrosa porque su cristianismo se veía normal, vivirlo así era lo correcto para él, es como debía ser. Como dijo Karl Rahner: “vivía el cristianismo con una naturalidad que casi da miedo” (19). Porque para él, que llevaba el corazón en el bolsillo del frente, con honestidad y alegría, sus propias acciones lo justifican. Es un cristiano creíble. Con su canonización, han terminado los cien años de soledad para mi hermano. Por fin, el mundo conoce el evangelio según Pier Giorgio.


  1. Luciana Frassati (2019) Pier Giorgio Frassati. I giorni della sua vita. Edizioni Studium. Roma, Italia.  Pág. 150. Traducción propia del italiano por parte del autor.
  2. Ibídem. Pág. 149
  3. Ibídem
  4. Ibíd. Págs. 25 y 26. “No sabía, no podía escribir ni un renglón, puedes creerlo? Estoy que lloro…es demasiado, algunas veces me parece ver una deficiencia” Carta de Adelaide Ametis a su hermana, de agosto de 1915.
  5. Ibíd. Pág. 134
  6. cf. Luciana Frassati (2019) Pier Giorgio Frassati. I giorni della sua vita. Edizioni Studium. Roma, Italia. Pag 153.
  7. Se puede corroborar todo lo dicho en este párrafo en: Ibídem, pág. 134.
  8. Ibídem. Pág. 121
  9. Ibídem. Págs. 95-96
  10. Luciana Frassati (2019) Pier Giorgio Frassati. I giorni della sua vita. Edizioni Studium. Roma, Italia. Pág. 90
  11. Ibídem
  12. Ibidem
  13. Luciana Frassati (2019) Pier Giorgio Frassati. I giorni della sua vita. Edizioni Studium. Roma, Italia. Pág. 118
  14. Ibídem. Pág. 152
  15. Luciana Frassati (ed.) (2013) Mio fratello Pier Giorgio: La caritá. Effata Editrice. Torino, Italia. “Apuntes para un discurso sobre la caridad” de 1925. Págs. 17-20
  16. Como frau Frieda Villa según: Luciana Frassati (ed.) (2013) Mio fratello Pier Giorgio: La caritá. Effata Editrice. Torino, Italia. Pág. 25
  17. Luciana Frassati (ed.) (2013) Mio fratello Pier Giorgio: La caritá. Effata Editrice. Torino, Italia. Pág. 25
  18. Ibídem. Pág. 41
  19. Luciana Frassati (2019) Pier Giorgio Frassati. I giorni della sua vita. Edizioni Studium. Roma, Italia. De la introducción de Karl Rahner, pág 13.