Cultura

Acariciando la vida, despertando el Espíritu: elogio de fray Alfonso Salas O.P.

Por delante la luz, y envolviendo la materia que irrumpe y vincula a ésta con nuestra mirada, el silencio.  Desde el pequeño taller apartado allá en Caleruega, santuario donde las manos de Salas rezan de otro modo, acariciando el barro, cincelando la piedra, añadiendo pátinas de oro a la pátina del tiempo, nos llega esta obra magnífica. Desde Caleruega, lo agreste y desnudo del paisaje ayuda a dar forma y cuerpo a unas esculturas que trascienden por su elegancia y sobriedad aquello que se presenta a nuestros ojos.  Como le gusta subrayar a su autor son esculturas para tocar, tocar la vida, la muerte, el amor, el tiempo.

Viva la vida:   en carne y vientre de mujer, que concibe, festeja y da a luz una preñez donde vertebrar madera o piedra. Vida que se va urdiendo poco a poco en el entramado familiar, el abrazo, el peso niño de los dias que le van creciendo al amor entrañable que funda nuestro ser: Paz en familia, y nos enseña a caminar y a jugar.

La vida que empieza siendo canto fulgurante y juvenil en cuerpo de muchacha desperezándose hacia espacios de luz todavía desconocidos, todavía por explorar en la carne y en la piedra:  Ensoñaciones juveniles, se deja marcar luego por el tiempo y El peso de los años, fraguando el ser y el destino, configurando como un arte, lo que fue oficio – Arando-, simplemente el oficio de existir.

Oficio agradecido, homenaje a los que nos precedieron (Mi Padre y Mi Madre), que más que retratos son raíces de un comienzo en el tiempo para apuntalar los años eternos.

Los ritmos y sonidos del verano, El vuelo de la noche, El cortejo de los palomos, Huracán sobre el albero, toros y pájaros, otras tantas experiencias de naturaleza en la remota infancia que nos ayudan a palpar esa urdimbre biográfica y vital de Salas, que se culmina en su vocación sacerdotal.

Ya en su trayectoria espiritual, que no es ajena, sino intrínseca al quehacer artístico -ora et labora- nos encontramos, ¿cómo no?, con las distintas versiones de Santo Domingo: Andariego europeo, siempre en camino, Timonel de Dios conducido por la estrella, Compasión del mundo abrazado junto a su corazón palpitante. 

Finalmente, como trasposición eclesial de esa humanidad venida a la materia de la escultura, el altar que es a la vez demanda y ofrenda:  ese hermoso despliegue de Manos alrededor de la mesa, manos cuenco, manos suplicantes, manos alas plegadas y entreabiertas hacia el pan sublime que se les rompe y ofrece en alimento.  

Así, acariciando la vida, despertando el Espíritu, se ha forjado esta hermosa obra del Padre Alfonso Salas,  testimonio de la vocación por la belleza de su querida orden de predicadores, que nos recuerda efectivamente que el ser de Dios se dice de muchas maneras, y se toca en el cuerpo del mundo.

Sagrario Rollán