Religión

Que no cunda el pánico

Hace algunas semanas me hicieron llegar un video en el que una conocida periodista pronunciaba un discurso con motivo del día mundial del cáncer. Y entre las cosas que afirmaba, la escuché decir: «cuando en 2019 me encontré con el diagnóstico del cáncer lógicamente me quedé en shock. Entonces me recomendaron ir a un psicólogo –que hacen una labor maravillosa− pero yo en ese momento lo que necesitaba era hablar con mujeres que hubieran pasado lo mismo que yo y que 10 años después, o 15 años después, estuvieran vivas, estuvieran fuertes, estuvieran trabajando. Y eso fue lo que hice. Aún recuerdo sus nombres. Me dieron el impulso que yo necesitaba».

No pude evitar estremecerme. Cuando llevaba tres días con el diagnóstico en la mano y todavía no sabía qué hacer ni cómo decírselo a mis padres, yo también llamé a quienes un año antes habían estado en la misma situación que yo. Seguramente fue la conversación más difícil de mi vida. Eran dos palabras que se me atragantaban: tengo cáncer. Los sollozos ahogaban cualquier intento por decir algo más. ¿Sigues ahí? No era mala cobertura, sino angustia ante lo que se venía. Ella también se dio cuenta: ¡Eh! ¡Que no cunda el pánico! ¡Estoy aquí! Será difícil, pero aquí tienes una prueba de que no es imposible.

El 1 de noviembre la Iglesia celebra la Solemnidad de Todos los Santos. Más que hacer memoria en grupo de todos ellos, festejamos la santidad y tomamos conciencia de nuestra vocación a la felicidad: que Dios ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos (Ef 1, 18).  

La variedad y riqueza de la obra de Dios en sus hijos es inabarcable y un grito de esperanza para quienes caminamos todavía por este mundo y ansiamos la Vida. Cuando nos asomamos a la multitud y detenemos los ojos en cada uno de ellos encontramos personas que pasaron lo mismo que nosotros y supieron convertir su cruz en escalera para el Cielo.

Si estamos a disgusto con las circunstancias de nuestras vidas que nos vinieron dada, entre los santos encontramos algunos que fueron los hijos más deseados, mientras que otros fueron abandonados o despreciados al nacer. Unos, herederos al trono de su reino, y otros, hijos ilegítimos. Unos crecieron en la abundancia, otros en la pobreza más absoluta. Entre muchos hermanos, o hijos únicos. Guapos, feos y normales. Escuálidos y fuertes. Unos eran lumbreras, inteligentes y adelantados a su tiempo. Otros creyeron sin necesidad de entender demasiado. Algunos tenían mucha cultura, estudios y títulos; otros solo se preocuparon por conocer a Cristo. Unos vivieron y murieron sin salir de su aldea; otros recorrieron medio mundo o fueron emigrantes. Hombres y mujeres, pero también niños. De los cinco continentes.

Cuando es nuestra propia debilidad la que nos abate y nuestro pecado el que nos escandaliza, también podemos fijarnos en los bienaventurados. Si la soberbia nos tienta y queremos adueñarnos de las obras de Dios, colgarnos medallas y elevarnos a la categoría de semi-dios, tenemos a san Pablo, Charles de Foucould, Ignacio de Loyola − Ad maiorem Dei gloriam, será su lema­, por si acaso se olvida− o Catalina de Siena exclamando al final de su vida: ¡Vanagloria no! ¡Jamás! Si es la avaricia lo que nos seduce y la insatisfacción despierta el deseo en nuestro corazón, encontramos entre ellos a san Camilo de Lelis, ¡jugador empedernido antes de convertirse! o el mismísimo Francisco de Asís antes de besar al leproso. Cuando la envidia nos carcome por dentro y, como Caín, buscamos dar muerte a nuestro hermano, a quien consideramos una amenaza, allí está san Jerónimo ¡padre de la Iglesia! escribiendo a san Agustín, de quien estaba algo celoso y molesto: «me han sugerido que tú no habías obrado con nobles intenciones, sino que buscabas el aura, las palmas y la gloriecilla popular, para crecer a costa mía». ¿Que nos puede la ira? Allá está san Francisco de Sales, que “apretaba la mesa” para no reaccionar mal ante quienes acudían a su despacho y lo exasperaban. Si es la lujuria lo que nos pervierte, está el rey David, asesino además de adúltero, san Agustín y tantos otros. Si nos puede la pereza, odiamos estudiar o trabajar, San José de Cupertino tenía dificultades en los estudios y fue expulsado del convento “por ineptitud”. Si hemos hecho un dios del vientre, por exceso o por defecto, dicen que san Juan XXIII poco después de su elección, escuchó a una mujer decir: ¡Dios mío, está tan gordo! A lo que el Papa respondió con calma: ¡Señora, el santo cónclave no es exactamente un concurso de belleza! Tampoco el Cielo lo es.

Entre ellos, hay algunos que padecieron la enfermedad durante toda su vida. Otros sufrieron guerras, epidemias o el exilio. Los hay que perdieron a sus padres o familiares. Algunos fueron mártires y otros padecieron persecución o injusticia por parte de los suyos, de sus familiares o hermanos en religión. Hay santos que soportaron terribles pruebas de fe. Unos se convirtieron de adultos, otros crecieron sin rupturas. Los hubo trabajadores con sus manos; otros dedicados a lo intelectual. Unos fueron religiosos, otros vivieron en santo matrimonio. Entre esto, hubo quienes perdonaron la infidelidad de sus cónyuges o criaron solos a sus hijos. Algunos vivían en comunidad, pero también los hubo solitarios. En sus casas o en los conventos. Porque no había, ni hay, situación ni realidad humana que sea –por sí misma− incompatible con la llamada a la santidad.

Celebrar a todos los Santos no es aplaudir los logros y admirar las conquistas de estos hombres y mujeres extraordinarios. Eso estaría muy bien, pero nos dejaría como estamos. Es más que eso. Es como si todos estos hombres y mujeres a los que festejamos en la Asamblea del Cielo, gozando de la Felicidad Eterna, nos gritaran en medio de nuestra desesperanza: ¡Eh! ¡Que no cunda el pánico! ¡Estamos aquí! Cuando nuestro propio llanto nos ahoga y lo que vivimos nos hace tambalear, ellos son la prueba de que: Es imposible para los hombres, pero no para Dios (Mt 19, 16).

Sor Teresa Cadarso, OP