Religión

La juventud del papa

Cuando hice la Primera Comunión, con 9 años, Francisco apenas llevaba un par de meses siendo pontífice. Ahora, con casi 22, escribo esto desde el agradecimiento más absoluto. Porque no tengo ninguna duda de que, de no ser por él, no estaría donde estoy a día de hoy. 

Ha sido el papa de mi generación, el que nos ha acompañado en el camino de la maduración de nuestra fe, en estos años de preguntas e incertidumbres, de aprender a caer y levantarse, de entendernos como jóvenes cristianos en una sociedad que no siempre nos tiende la mano. Nos ha mostrado una Iglesia con las puertas abiertas, donde poder reír y llorar, donde sabernos amados hasta el extremo. Ha construido, con sus palabras de ánimo, una generación que no le tiene miedo a hacer ruido ni lío, que no se conforma con lo que el mundo tiene que ofrecer, sino que pone la mirada más allá de lo meramente visible. 

Nos ha enseñado que en la Iglesia cabemos todos, todos, todos… incluso aquellos que a veces nos gustaría tener lejos (especialmente ellos). Que somos un hospital de campaña, un refugio de pecadores, un grupo de personas imperfectas que lo hacemos lo mejor que podemos aún cuando el viento sople en contra. Que el Evangelio no entiende de raza, de ideología, de economía, sino que el único lenguaje válido es el de la acogida y el amor que nos enseña el Padre. Que los pobres deben siempre ser la prioridad, porque verdaderamente los últimos serán los primeros. Que estamos, en definitiva, necesitados de una conversión constante. 

Nos ha animado a salir a la calle, a gritar a los cuatro vientos que somos amados, a mezclarnos con aquellos con los que nadie quiere mezclarse, a no “balconear» la vida. Ha hecho de nosotros hombres y mujeres que quieren oler a oveja, que se dejan “misericordiar” por Dios, que aspiran a ser verdadera Iglesia en salida. 

Y aunque pueda parecerlo, no es idolatría, porque en ese caso caeríamos en el error de deificarle, pero sí admiración. Por su entrega, por su valentía, por esa forma de hacer las cosas tan suya y a la vez tan de todos. Al fin y al cabo, no se ama a quien no se admira.

Su muerte nos recuerda que no somos imprescindibles, aún cuando seamos necesarios mientras estemos. Francisco ha sido necesario, por supuesto, pero su marcha demuestra que las cosas de este mundo no son eternas sino efímeras. Y eso está bien, porque estamos hechos para algo más que esto. 

Pero aún con todo, los sentimientos están encontrados. No es miedo a lo que pueda pasar, porque el cambio no hay que temerlo. El que venga será distinto, ciertamente. Puede que se aleje de las ideas de Francisco, puede que continúe en su misma línea, pero no hay duda de que su pontificado será único e irrepetible. Y hay que confiar en que el cónclave escuchará al Espíritu y sabrá tomar la mejor decisión en medio de la incertidumbre que trae siempre consigo la Sede Vacante. Es por eso que no es miedo, sino tristeza por la partida de un hombre que dedicó su vida por entero al servicio de los demás. Un hombre que jamás pensó que algún día ocuparía la silla de San Pedro y que, aún con todas, asumió la misión que se le encomendaba sabiéndose “un pobre desgraciado”. 

Y es, sobre todo, esperanza. Esperanza en que esta historia no ha acabado aquí, esperanza en que los ecos de su pontificado marcarán los años venideros, esperanza en una generación que le ha amado. Esperanza en que Jorge ya está mirando a los ojos a ese Padre del que tanto nos habló. Quiero pensar que no es coincidencia que haya ocurrido un lunes de Pascua, precisamente cuando la Iglesia celebra la victoria de la vida. Y de la Vida. 

Así pues, que el Señor lo tenga en su Gloria. Y muy feliz Pascua de Resurrección.

Elena Martín Tascón