Especial Semana Santa: Jueves Santo. De los ritos a la experiencia
Tenía 11 años recién cumplidos la primera vez que pisé Tierra Santa. Del viaje me acuerdo bastante bien, de las anécdotas, de la emoción de montar en dromedario y hasta de rescatar a un desconocido en el Mar Muerto; de la gente con quienes viajábamos y de los franciscanos que tan bien organizaban aquellas peregrinaciones. Recuerdo que en cada sitio al que íbamos nos precedía una explicación en el autobús e, in situ, la lectura del Evangelio que se correspondiera con el lugar. Me acuerdo que me tocó leer la resurrección de Lázaro en Betania. Con toda mi ilusión infantil ahora comprendo que recorría aquellos lugares como quien visita unos decorados de cine o las ciudades donde se grabaron las escenas más icónicas de las películas. Como quien va la Fontana di Trevi y tira la moneda o posa para la cámara sujetando la torre de Pisa, allí estaba yo, leyendo aquel pasaje según san Juan en el mismo lugar en que aconteció. Pero todo era bastante ajeno a mí y nada me tocaba demasiado de cerca. Casi como si aquel Jesús fuera un protagonista más de otra película.
Nada que ver con la segunda vez que pisé Tierra Santa. El motivo que me llevó hasta allí fue acompañar a Benedicto XVI en su viaje a Jordania e Israel. Y sí, me impactaron las vistas de la tierra prometida desde el Monte Nebo y el encuentro con el sucesor de Pedro en el desierto de Jordania. Pero, por encima de todo, me marcó profundamente la visita al Santo Sepulcro. Tenía 15 años, casi 16. Había estado en ese mismo lugar apenas 4 años atrás y no notaba aquello cambiado, excepto a mí misma, lo que había vivido en esos años, mi experiencia de Dios y del Jesús cuyos pasos me habían conducido hasta ahí. Ya no era la escena de una película que me explicaban en el lugar en que había sido grabada, con el relato de las tomas falsas y las anécdotas del rodaje. Ya no era una visita turística ni un ritual de álbum fotográfico con el que cumplir para luego poder presumir. Recuerdo entrar, arrodillarme y sencillamente una pregunta: si el sepulcro está vacío ¿por qué vives como si la muerte venciera?
Cada Semana Santa me vuelve esta escena y esta pregunta. Pero también me hace pensar la enorme diferencia que se dio en mí a la hora de vivir una experiencia que, aparentemente, era repetida. Y me pregunto si no nos sucederá algo parecido con las celebraciones del Triduo Pascual. Todos nos sabemos lo que toca –aunque siempre hay alguien que consigue olvidarse o cambiar lo más elemental y otro alguien que intenta solucionarlo y lo pone peor-. Todos tenemos nuestros particulares ritos: dónde y con quién solemos pasar estos días, en qué parroquia, qué cantos, qué “menú” para el Viernes Santo, qué preparativos del Sábado Santo y qué plan para el domingo de Resurrección. El jueves revisamos con especial atención los pies y las medias; y el viernes ya nos sabemos que no hay canto de entrada; los dominicos –preciosa tradición- nos quitamos la capa en el Gloria de la Vigilia, y así un largo etcétera. Son ritos y son sagrados. Pero también nos sabemos lo que va a pasar. Están proclamando la Pasión el domingo de Ramos y podemos completar la frase en nuestra cabeza; y sabemos que falta poco para que podamos cantar con toda el alma el Aleluya que tan prohibido nos tenían.
Hasta que de repente nos damos cuenta que en eso que celebramos está en juego nuestra vida. Hasta que deja de ser un ritual y se convierte en un asunto de vida o muerte. Hasta que la muerte de Cristo en la cruz es lo único a lo que agarrarme y su Resurrección la Esperanza que me sostiene.
CS Lewis, en el libro en que relata lo que supuso la muerte de su esposa, afirma algo en lo que coincido plenamente y que también se puede aplicar a esto de lo que hablo. Él dice que hasta entonces, hasta que se encontró con la muerte cara a cara, no se había planteado demasiado y pensaba que creía en la resurrección de los muertos:
«Nunca sabe uno hasta qué punto cree en algo, mientras su verdad o su falsedad no se convierten en un asunto de vida o muerte. Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio. Lo primero que descubrirás es que confiabas demasiado en ella. (…) Solamente un riesgo real atestigua la realidad de una creencia. Seguramente la fe –creo que será fe- que me permite rezar por los otros muertos me ha parecido fuerte solo porque no me ha importado en realidad, o al menos no de una forma desesperada, que existieran o no» (CS Lewis, Una pena en observación, p. 36)
El Triduo Pascual y toda la Semana Santa deja de ser un ritual y una tradición con la que cumplir cada año cuando hemos experimentado que lo que celebramos es un Misterio de vida o muerte para nosotros. Que más que un rito es una celebración que nos toca profundamente y nos implica directa y personalmente. Que necesitamos desesperadamente esta Verdad. Que no seríamos los mismos sin esto que sucede estos días. Que no tendríamos razón para la Esperanza. Que nuestra vida estaría sumida en la muerte, en lo inmediato y caduco, en un horizonte mundano que no nos puede saciar.
«Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe; Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad. Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto» (1 Co 15, 13.14. 16-20).
No es teoría. No es un ritual. No es historia. Ni siquiera Tradición. Es la única Verdad que nos salva y no nos lo han contado. Hemos hecho experiencia.
Sor Teresa Cadarso, OP
