Religión

El Ejército del Papa

Ninguno de mis compañeros quería ir de vacaciones a Río de Janeiro. La idea de la playa, las palmeras y el Cristo blanco sobre la montaña no resultaba tan atractiva si era para ir a encontrar a un anciano alemán al que habían apodado “Darth Vader”, porque les parecía que Benedicto XVI era demasiado ceñudo, todo él seriedad sin sonrisas.

Yo todavía quería ir. A las niñas en Colombia, cuando cumplen sus 15 años, les hacen una gran celebración, pero a los niños nada. Tenía una oportunidad de abogar por la idea en mi casa. No me importaba tanto el tema del señor alemán como poder viajar con mis compañeros y conocer Río. Mi mamá, que entonces tenía dos trabajos para sostener a esta familia de 6, pero que era tan católica como cualquier matriarca latina tradicional, se “dejó” convencer. Con un esfuerzo significativo y mucho ahorro, me inscribió a la JMJ un año antes, para poder pagarlo a cuotas en el plan que ofrecían los escolapios del colegio. 

Pero en febrero de 2013, el profesor de educación física llegó corriendo al salón de pastoral donde estábamos reunidos los que iríamos, gritando: “Benedicto renunció, el Papa se va!”. Y todo se precipitó. El 13 de marzo salía a la logia del Palacio Apostólico un argentino bonachón de apellido Bergoglio. Pero no, no podía ser. A los latinos no nos eligen Papas. Teníamos buenos escritores como García Márquez, buenas cantantes como Shakira, incluso grandes chefs. Pero Papas? No, eso no estaba en nuestra checklist de domingo. Y menos en Europa. Allí eramos los traficantes de droga, las señoras que cuidan niños y ancianos con sueldos en negro, o los albañiles y meseros. ¿Cómo es que el Papa era latino?

¡Y de qué manera! Su alegría y su calor humano derritieron al mundo. Su sonrisa amplia y su mirada tierna se sentían como una primavera susurrada después del largo invierno del pobre Ratzinger, que nunca pudo sacudirse su imagen de intelectual frío y ensimismado. Recuerdo a Francisco surcando el mar en helicóptero, en un frío crepúsculo de invierno en Copacabana, el 27 de julio de 2013. Y entonces el Papa habló: “Queridos jóvenes, el Señor los necesita. ¡Hagan lío! No balconeen la vida!”. La euforia que se apoderó de los jóvenes, emocionados y en lágrimas, es algo indescriptible, que nunca he vuelto a ver en un evento de este tipo en mi vida. Un coro empezó a responder: “ Es-ta es, la juventud del Papa”. 

El Papa creía en nosotros y eso era emocionante. Nos bancaba, como se diría en argentino castizo. Nos pedía hacer lío, poner patas arriba la Iglesia. Él sabía bien que la mejor forma de ganarse la confianza de un joven es escucharlo sinceramente y confiar en él. Entendió nuestro profundo asco por los abusos y las contradicciones de la Iglesia en el tema. Entendió nuestro escéptico cinismo frente a una Iglesia jerárquica que era capaz de bendecir armas y vivía en opulencia, mientras nosotros nos consumíamos en un mundo sin futuro, entre el desastre climático y la imposibilidad de tener una casa o un trabajo digno. Parecía que lo entendía de verdad. Era el primer cristiano en la vida pública, en mucho tiempo, que realmente se parecía a Jesús. Era creíble porque era coherente. 

Y allí hemos estado los últimos 12 años, a su lado. El ejército de élite del Papa no eran los jesuitas, ni sus teólogos los dominicos. Cuánto daría yo por ver las caras de los boomers del Colegio Cardenalicio si tuvieran Tiktok y se dieran cuenta del terremoto que la muerte del Papa generó en los jóvenes del mundo. Está inundado de discursos de Francisco, de reacciones grabadas a su muerte, de gente llorando mientras lo recuerda. Sus edits invitándonos a soñar incluso si no se cumplen esos sueños, mirándonos a los ojos y pidiéndonos que no tengamos miedo. Qué pensarían si vieran eso los cardenales que, con el cadáver aún tibio de Francisco, han salido ya a pedir una Iglesia más convencional y queman en la hoguera de su ceguera autorreferencial todo lo que les da miedo por ser diferente.

Aquí está la juventud del Papa, tantos años después. Con el corazón roto al verlo yacer sin vida en su ataúd rojo en San Pedro. Me recuerda al Ejército de Dumbledore en Harry Potter, en su funeral. Esos rebeldes que no nos resignamos, que seguíamos ilusionados haciendo lío, que seguíamos luchando codo a codo con él, enfrentando el cansancio y la apatía de las viejas estructuras. Entre los sin techo de Bogotá, en un comedor social de Lisboa, en un asilo de ancianos en Filipinas, en una cooperativa social en República Centroafricana o un centro para niños en Mozambique. El ejército de Francisco lo ha visto caer de la torre, pálido e inerte.

Aquí estamos, mi viejito, este ejército en su ronda nocturna que viene por última vez a presentarte sus respetos. La tristeza es como una gota fría cuando recordamos tu rostro encendido, la última vez que nos vimos, la primavera pasada. La última audiencia concedida a los jóvenes. Llevamos ese abrazo en el alma y tus palabras grabadas a fuego en el corazón: “No dejen de soñar”. Porque con los sueños, claro, muere la esperanza. Un eco de Martini.

Ahora te has ido. Pero hasta que nos volvamos a encontrar en la Patria Celeste, seguiremos contando y manteniendo viva la leyenda del Papa del fin del mundo. De esta juventud del Papa: la generación que sacudió los cimientos de la Iglesia. En 2013 tenía 14 y ahora tengo 26 años. Se ha ido el Papa que nos formó y logró que volviéramos a sentir que la iglesia era un lugar al que podíamos pertenecer. Intercede por nosotros mientras seguimos el trabajo, viejo querido. Por un mundo con más ternura, con más empatía, con más corazón. Aún nos falta mucho, and we are not going anywhere.

Carlos Beltrán