Especial Semana Santa: Viernes Santo. La intimidad de las palabras
Por toda nuestra geografía abundan hoy los famosos «sermones de las siete palabras». Unas palabras que ayudan a meditar el misterio que encierra este día. El impresionante relato de la pasión según San Juan -que forma parte de la liturgia de este día- nos deja tres de esas siete palabras. Otras tres las podemos encontrar en Lucas: «Perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34); «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43); «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Mientras que Mateo (Mt 27,46) y Marcos (Mc 15,33-34) nos dejan la palabra del abandono: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Vamos a detenernos en las expresiones de la pasión de Juan. Nos pueden traer tres pinceladas que nos van a mostrar, en este Viernes Santo, lo más íntimo y personal de Jesús en la cruz.
Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu Madre (Jn 19,26-27)
Contemplar a Jesucristo en la cruz y a María, su madre, cerca, nos habla de ternura. Se trata de una escena de tan honda ternura que no sería arriesgado decir que al pie de la cruz nace la ternura cristiana y se modela según sus dimensiones. Y es que Jesús en la cruz hizo mucho más que preocuparse por el futuro material de su madre dejando en manos del discípulo su cuidado. La importancia del momento y el juego de las frases bastarían para descubrir que estamos ante una realidad mucho más profunda. En el discípulo está representada la humanidad, toda la humanidad. Una humanidad que recibe una madre espiritual. Aquí está el gran legado que Jesús concede desde la cruz al mundo entero. Y esa es la gran tarea, la gran misión que, a la hora de la verdad, se encomienda a María: aceptar igual que lo había hecho hacía más o menos treinta años cuando su «fiat», lleno de generosidad y de confianza, una entrega total en las manos de la voluntad de Dios. Y es que María recibe como hijos de su alma a aquellos que le arrebataron a su primogénito. La escena del crucificado en el calvario puede que nos muestre que todos los esfuerzos de Jesús por formar una pequeña comunidad son un absoluto fracaso. Pero es entonces, en ese momento de mayor oscuridad, cuando vemos a esta comunidad naciendo a los pies de la cruz. No es una comunidad cualquiera, es nuestra comunidad. Jesús en este momento no llama a María «madre», le dice «mujer». Pero a esta mujer la entrega como madre de todos aquellos que viven por la fe, para que permanezcan en el amor.
Tengo sed (Jn 19,28)
Quizá esta palabra de Jesús en la cruz es la más radicalmente humana. Y es que nos muestra la prueba definitiva de que está muriendo, de que Jesús está ante una muerte verdadera, de que en la cruz hay un hombre y no un robot programado. Pero si clavamos nuestros ojos en el crucificado y profundizamos en esta «sed», ¿no estamos ante la sed de justicia que él mismo aludió en el Sermón del Monte? Dios viene a nosotros bajo la forma de una persona sedienta que desea algo que nosotros tenemos para dar. Jesucristo en la cruz «tuvo sed» de hacer amistad con nosotros. La relación de Dios con la creación es la relación de un don. Dios desea hacer amistad con todos y cada uno de nosotros; y la amistad implica siempre igualdad. Aquél que nos lo da todo nos invita a la amistad pidiéndonos un don a cambio, algo que podamos tener para darle. Porque por encima de todo nos quiere a nosotros.
Todo está cumplido (Jn 19,30)
¿Qué pasaría por la mente de Jesucristo en ese momento? Quizá las pocas fuerzas que le quedaban bastaron para hacer un repaso por las profecías que sobre él se hicieron, y se percató de que no quedaba ninguna por realizar. Estamos ante el momento en que puede volver serenamente a su Padre, cuyo «abandono» parece superado. En la Eucaristía de ayer, en el relato evangélico, San Juan nos dice que: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Las palabras de Jesús nos invitan a seguir buscando el amor de una forma perfecta. Alcanzaremos esta plenitud del amor por fin y al fin. De hecho, cada una de estas palabras de Jesús muestra los sucesivos pasos en la profundización de la manifestación de su amor por nosotros. El amor perfecto es posible y lo vemos en ese «evangelio» proclamado desde la cruz. Porque la cruz proclama que la última palabra de Dios no es una palabra de condena, sino de compasión, de amor gratuito que salva. Por ello si comenzamos a amar, el amor perfecto de Dios puede habitar en nuestros amores frágiles, limitados…vulnerables. El «todo está cumplido» de Jesucristo en la cruz nos muestra a cada uno de nosotros la ruta que debemos seguir: no juzgar ni condenar; el perdón y la compasión como herramientas para ayudar, a quien lo necesite, a confiar y mantenerse en pie. Porque el crucificado, en este día de Viernes Santo, nos indica que solo confiarán en nosotros, si nos mantenemos en pie junto a los crucificados de nuestro tiempo.
La última palabra no la tiene la muerte
El Viernes Santo es el día propicio para meditar las últimas palabras que acertó a decir Jesús. Pero meditarlas como Palabra de Dios proferida ante la perspectiva del silencio. Los cristianos creemos firmemente que todas las cosas existen y están sustentadas por esta Palabra que el evangelista Juan nos dice que existía desde el principio (cfr. Jn 1,1). Cuando Jesucristo fue silenciado, cuando lo pusieron en el sepulcro, no quedaron todas las palabras sepultadas con él. Porque nuestra fe en la resurrección significa que el silencio del sepulcro quedó roto para siempre y que estas palabras no fueron las últimas. Porque «la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,5).
Fr. Ángel Fariña, OP
