Profesión o vocación: El desafío de la IA
Además de las salas que habitualmente visitan quienes entran en el claustro, habilitadas como museo con importantes piezas artísticas e históricas, dentro de clausura y ajeno a las miradas extrañas, tenemos lo que llamamos “el museo de la abuela”. Es un ancho pasillo en el que las hermanas tuvieron la genial idea de conservar los objetos más ordinarios que iban perdiendo su utilidad con el paso del tiempo: ruedas de hilar y todo tipo de accesorios para ganchillo o costura en general; los cazos de cobre y las planchas de carbón, las artesas de la matanza o las lecheras de la época en que ordeñaban sus propias vacas. En la pared cuelgan muchas llaves de todo tamaño e interesantes objetos cuya función desconocía totalmente. Entre ellos está el primer teléfono que llegó al pueblo de Caleruega y que, curiosamente, tuvieron las monjas al tiempo que se instaló otro en el convento de los frailes. ¡Unos adelantados! El teléfono en cuestión no tiene números, pues al girar la manivela era la telefonista de la centralita la que debía conectar las líneas.
En las comunidades de clausura –no solo, pero sí especialmente− se suelen celebrar los aniversarios o fiestas de las hermanas, y particularmente de la Priora, colaborando cada una en aquello que mejor se le da. Las que saben de labores obsequian con trabajos primorosos; las que se encargan de la liturgia, hacen algo especial ese día; y así cada hermana pone a disposición de todas los dones que Dios le ha dado. También suele haber hermanas con una habilidad especial para la composición de poesías o canciones. Es un don que viene fenomenal y contribuye enormemente al clima fraterno y festivo. Y un modo precioso de agasajar a la homenajeada.
A mí siempre se me dio fatal la lírica. No tengo paciencia y, desde luego, no tengo el don. Pero lo valoro mucho. Hace algún tiempo, cuando me hablaron de Chat GPT, fue lo primero que se me ocurrió. Probé a pedirle una canción de felicitación para una hermana, pero el resultado me decepcionó. Sin embargo, debo reconocer que en cinco minutos tuve un poema bastante mejor que cualquier cosa que yo hubiera intentado por mi cuenta durante más de un mes. Y eso me desmoralizó. Hacía unos días que había terminado de escribir mi segundo libro, en el que he empleado cuatro intensos años de mi vida. ¿Aquella cosa lo hubiera hecho en 5 minutos si se lo hubiera pedido? Y, sobre todo ¿sería mejor que el mío?
El equilibrio entre actualidad y fidelidad no es nada simple, y el contraste entre historia y evolución es uno de los desafíos más grandes a los que nos enfrentamos. Vivir en un edificio del siglo XIII en el siglo XXI. Respetar el patrimonio sin hipotecar tu vocación. Hacer uso de los bienes y dones con que Dios nos bendice sin convertirnos en esclavos de los mismos. La IA se impone y no deja de ser un reto. Creer que la clausura nos librará de discernir con madurez sus implicaciones es una insensatez. Sin duda llegará el día en que muchas de las situaciones y trabajos en los que ahora empleamos gran parte de nuestra vida podrán ser suplidos con la tecnología, incluso en un Monasterio. ¿Sera una traición a nuestra vocación? ¿Una infidelidad al carisma? ¿Qué sí y qué no?
Recuerdo mis primeros días en la facultad: ¿Qué se estudia en la carrera de matemáticas después de la invención de la calculadora? Se trataba de aprender a pensar, aprovechando el tiempo que la tecnología nos ahorraba, y se nos enseñaba a discurrir para seguir fabricando, inventando, diseñando herramientas –programas− que facilitaran la vida. «Cualquier profesor que pueda ser reemplazado por la tecnología, merece serlo» (David Thornburg). No tiene sentido acomplejarnos con los avances. Y es un indicativo de que nos comprendemos deficientemente. Es una señal de que nos hemos identificado con nuestro quehacer –soy lo que hago− y no sabemos hacer de nuestro obrar una expresión de lo que somos: hago lo que soy. Si consideramos a la tecnología como una amenaza es porque no reconocemos nuestra originalidad. Rivalizamos con los avances científicos porque nos medimos en una escala ridícula. Como mi estima y mi identidad se reduce a lo que hago –sea barrer los pasillos o escribir libros−, la IA es un peligro para mi mediocridad. No podré competir con el robot que se carga con la electricidad y no se cansa, ni con el programa que conserva todos los datos sin depender de una memoria neuronal. Incluso aunque pudiera hacerlo más eficazmente, –todos sabemos que las esquinas se escapan y las herramientas de predicción textual juegan muy malas pasadas− mi obrar estaría condenado a ser una competición agotadora.
Está claro que la IA hará desaparecer y cambiar muchas de las actuales profesiones. Como un día los tractores modificaron el ritmo de los agricultores. ¿Podrá la IA sustituir el coro de las monjas? Seguramente con más puntualidad y afinación que el nuestro, habrá máquinas que puedan programarse para que siete veces al día canten, sin fallos, la liturgia de las horas. Deberíamos temer nuestra extinción, si lo única razón de nuestra existencia fuera la belleza estética y musical, la perfección deshumanizada. Es lo que sucederá tarde o temprano con todo aquello que hagamos por el mero hecho de buscar un reconocimiento, sentirnos útiles, eficaces, productivos o rentables. No podremos competir con la inteligencia artificial.
Y entonces quedará al descubierto la diferencia entre profesión y vocación. Si solo somos profesionales de lo que hacemos y solo hacemos las cosas por profesionalidad, la tecnología nos sacudirá de arriba abajo. Pero la razón de nuestro obrar no está en el resultado que obtengamos; sino que en la realización de nuestra misión nos entendemos; nos descubrimos a nosotros mismos y el sentido de nuestras vidas. Por eso la vocación se realiza incluso cuando algún otro podría hacer lo que hacemos, mejor y más eficazmente. De la misma forma que no dejamos de respirar porque el de al lado ya lo haga, y quizá mejor que nosotros; o no dejamos de caminar porque se pueda ir en silla de ruedas. El hecho de que se amplíen las posibilidades no significa que uno deba utilizarlas todas. Estamos llamados a saber servirnos de la tecnología –y eso requiere un aprendizaje− para desarrollar mucho mejor y más eficazmente nuestra vocación. Chat GPT puede componer canciones mejor que yo, pero no sabe y no puede dar la vida por mis hermanas. Por eso, es incapaz de discurrir ni puede decidir libremente en qué y cómo invertir su genialidad. De mí depende amar más y mejor en el lugar y contexto en que Dios me haya puesto.
Sor Teresa Cadarso, OP
