Cultura

¡Déjate seducir!

Acabo de leer la nueva publicación de José Mª Rodríguez Olaizola: «Me sedujiste. Historia de una búsqueda». Un libro que, de primeras, he de decir no me ha enganchado. Y no es porque esté mal escrito o no sirva para nada su contenido. No, no. El libro es muy interesante y el «estilo Olaizola» tan cercano, fresco y ameno lo convierte en una gran publicación. Lo que ocurre es que las 111 páginas que componen la obra trasmiten todas ellas «Espiritualidad Ignaciana»; algo que, viniendo de un jesuita, es de lo más comprensible a la par que lógico. Pero para un servidor ese lenguaje es un poco desconocido. No lo rechazo, en absoluto, pero he de reconocer un desconocimiento total. Por ello he recurrido a San Pablo para poder leerlo con atención. Me explico. He intentado examinarlo todo, para retener lo bueno (Cfr. 1 Tes 5,21).

Olaizola, con un estilo literario de alta divulgación, habla de la vocación religiosa. Lo más atrayente del libro es que no vende florecillas ni historias idílicas para conseguir terminar de enamorar a quien pueda estar «picado de vocación dentro de la Iglesia». No. Él lo cuenta todo… todo, todo. Y es aquí donde he intentado retener lo bueno del libro. Porque el autor muestra una realidad que muy pocas veces -por no decir nunca- aparece en publicaciones de temática vocacional-religiosa. Aunque en honor a la verdad, y barriendo para casa, Fr. Timothy Radcliffe, op, nos tiene acostumbrados a la trasparencia en su lenguaje. «Me sedujiste» está escrito con los pies bien firmes en la tierra. «Transformación profunda»; «crisis»; «replantear estructuras»… son expresiones, entre otras, que encontramos apenas llevamos leídas poco más de diez páginas. Todo ello en un detallado análisis de la realidad que recorre desde los años gloriosos eclesiales del pasado siglo -se centra en España-, hasta nuestro secularizado hoy. Un hoy en el que Olaizola habla de «refundar» (p.21). Pero también reconoce que San Ignacio, en este hoy, echaría la bronca y de qué manera (pp. 54-56). Y yo me pregunto: ¿Y Santo Domingo? ¿Y San Francisco? ¿Y tantos otros fundadores? Todos, absolutamente todos nos abroncarían por dejarnos seducir por cuestiones epidérmicas, e instalarnos en seguridades efímeras que poco o nada tienen que ver con amar y servir.

De todo el libro hay una parte que he leído dos veces. Y a decir verdad creo que alguna más va a caer. En el libro aparece como «resistencias» (pp. 89-95). A mi juicio aquí es donde mete el dedo en la llaga, donde más real es, donde más hace pensar. Sí, Olaizola tiene el don de hacer que levantes la mirada del libro y se pierda, porque la sacudida que te ha dado bien merece un momento sereno de contemplar (te), de reflexionar (te), de examinar (te). Y es que como si de un diálogo se tratara -te hace pensar en alguien que se le acerca y pregunta por la vida religiosa- te va exponiendo las resistencias a entrar o, si ya estás dentro, a seguir en la opción religiosa. Cómo los miedos, inseguridades, desprecios, traiciones, decepciones, frustraciones y demás realidades te pueden llevar a abortar la decisión de lanzarte a la piscina o de renunciar al compromiso hecho en su día y, en principio, para siempre. Y se nota que lo hace desde la experiencia. Porque es cierto que te encuentras con gente fascinante con la que te lías la manta a la cabeza y apuestas por conquistar juntos un horizonte preñado de esperanza. Pero también están -y son los que más ruido hacen y no son solo religiosos- quienes no se alegran de tus logros; los que traicionan y son desleales; los que quieren que seas una fotocopia; los que por delante pronuncian tu nombre en tono cariñoso y en diminutivo, pero al darse la vuelta te llaman imbécil. Y qué decir de las engañosas dobles vidas, de los que se esconden cual avestruz, de los que te piden cercanía y solo ofrecen chismes, revanchas y desprecios… y esto no es mostrar miserias. No. Es hablar de la realidad. El trabajo evangélico es no hacer de esto una realidad miserable. Por ello, estoy de acuerdo con Olaizola en que «ningún para siempre se sustenta solo en el deseo. A veces deseas lo contrario de lo que un día prometiste. Pero somos mucho más fuertes que nuestros deseos. Somos también capaces de luchar por aquello en lo que creemos. Somos nuestras convicciones, nuestras promesas, nuestras alianzas (…). Y ninguna consagración religiosa puede durar exigiendo a Dios la convicción de los días buenos. Hay momentos en los que olvidas los motivos. En que pierdes la firmeza. En que te muerde la nostalgia. En que piensas en los caminos no elegidos. Eso no es ser débil. Es ser humano» (p.92).

Recomiendo leer a Olaizola y acercase a esta publicación. Aunque también digo que no es para todos los públicos. Creo que los destinatarios son quienes quieren optar o han optado por la vida religiosa. Porque es un libro que habla de experiencia de Dios desde esa opción de vida. Una experiencia que comienza con un «sígueme» peculiar y concreto pronunciado por Aquel, para todo aquel que, aunque con miedos e inseguridades, se quiera dejar seducir (p. 109).

Fr. Ángel Fariña, OP