La libertad: la mejor medicina
Hace unos días un buen hermano -de esos que te quieren de verdad- me dijo: «Pero si ya no predicamos; la mayor parte de las veces solo nos dedicamos a repetir doctrinas aprendidas». Esto que me dijo mi hermano de Orden me hizo pensar con detenimiento y reconozco que no le falta razón. No somos libres ni en la predicación. Por esos días que mantuve esta conversación estaba leyendo el libro que acaba de publicar Sor Gemma Morató: «Curar (y cambiar) la vida consagrada» (Editorial Perpetuo Socorro). Un libro que, según la autora, tiene su origen en las intuiciones que le surgían a raíz de experiencias concretas y en la formación recibida en un curso de experto en teología de la vida religiosa (p.10). He de reconocer que el libro me ha sorprendido y enganchado. Y lo ha hecho por la claridad a la hora de argumentar ciertas «patologías» que sufre la Iglesia en general y la Vida Consagrada en particular. Y es que el análisis de la realidad que nos ofrece Gemma, junto a las aportaciones para el cambio -que podemos encontrar en el cuarto apartado del libro- bien pudieran ser tema de riguroso estudio para ver cómo va nuestra salud en cuestiones de espiritualidad, fe y, por supuesto, vocación. Más de uno quizá descubra que se encuentra en cuidados paliativos.
Pero a mí esta publicación me ha hecho descubrir otra cosa. Algo sobre lo que se discute y debate mucho. Hago referencia a lo que se denomina «el papel de la mujer en la Iglesia». No es mi intención generar polémica ni defender este o aquél movimiento; o reclamar este o aquél servicio. No. Me limito tan solo a poner por escrito un pensamiento en alto que me ha surgido a raíz de leer este libro. Porque sor Gemma me ha enseñado con su publicación que el papel de la mujer en la Iglesia es el de la libertad. ¿Por qué digo esto o por qué llego a esta conclusión? Pues porque ya quisiera yo poder expresarme con tanta libertad sobre temas eclesiales; ya quisiera yo poder decir que en no pocos ámbitos de Iglesia estamos llenos de «envidia enfermiza que paraliza y encierra el Espíritu y que hace sufrir; envidiosos que quedan recluidos en su mundo, que se carcomen y no dejan fluir la vida ni abrir horizontes; el que padece la envidia sufre por dentro y pierde la capacidad creadora otorgada a cada ser humano, imagen de Dios» (p. 107). Ya quisiera yo poder expresarme así y que no reciba una lluvia de críticas, amenazas e infinitas llamadas de atención.
La lectura de este libro ha hecho que me reafirme en algo que pienso y siento desde hace tiempo. Sí, pienso y siento que los que hemos recibido el sacramento del Orden no somos libres. Somos presos y esclavos de cuestiones dogmáticas que lastran la vitalidad de la vocación. Vivimos temerosos midiendo cada sílaba que pronunciamos, porque donde menos te lo esperas puede saltar un «hermano» -jamás, al menos esa es mi experiencia, lo hará una hermana- que, lejos de quererte, solo proyecta sobre ti sospechas y juicios; murmuraciones y calumnias por lo que piensas y dices. Y es que pobre de ti si se te ocurre insinuar siquiera la palabra «empoderada» en un café conversado; pobre de ti si ante una verdad absolutizada se te ocurre plantear la posibilidad de dialogar. Con toda seguridad estaré equivocado. Es más, se puede pensar que estoy exagerando pero a mí todo esto me remite a un diagnóstico que muestra una patología considerable: perfeccionismo en acción, neurosis en ebullición. ¿Cómo se ha llegado a esto? Pues yo creo que por no seguir la pauta de libertad que estabiliza todo nuestro ser y sostiene toda vocación. (Cfr. Rom 8,18-21).
Así pues, reconozco que siento algo de envida -siempre sana- hacia quienes se pueden expresar con tanta libertad como lo ha hecho sor Gemma en este libro. Sí, siento envidia porque pueden disfrutar de poder dar su testimonio sin sentirse espiadas. Por ello, me voy a arriesgar y a lanzar un ruego. Mujeres, por favor, sigan ocupando ese privilegiado puesto que les otorga la libertad; sigan ahí en esa zona vip, porque es desde donde único se pueden buscar los remedios necesarios para los males que nos acechan.
Fr. Ángel Fariña, OP
