¿Pisar el cielo?
Cada día paso, de camino a la escuela de artes, por la marquesina del bus. Las marquesinas son interesantes. Me gusta leerlas, son como poemas urbanos, guiños callejeros al transeúnte que espera. En los barrios los grafitis suelen ser rebeldes, desengañados, contestatarios o incluso obscenos, pero las marquesinas del bus en el centro de la ciudad apuntan con elegancia a objetos deseables. Sin embargo, lo que más me inquieta es cómo manejan el deseo mismo.
Siempre leo las marquesinas, contienen una información preciosa.
Esta vez me fijo en un salto vertiginoso de botas urbanas que pone en mi camino una historia feliz: bajo la lluvia intempestiva y contra el frío me invita a pisar el cielo. Por curiosidad averiguo la marca, que no tengo por qué anotar aquí. Y por asociaciones, en este caso estéticas, pienso en Emily Dickinson: “Puse el pie de una Tabla en otra Tabla/ Era un camino cauteloso y lento/ Sentía las Estrellas en torno a mi Cabeza/ Y el Mar junto a mis Pies. / Sólo sabía que el siguiente/ Sería mi último palmo – /De entonces tengo aquel Andar incierto /Que algunos llaman Experiencia”
Ahora que estamos en adviento el eslogan de pisar el cielo me ahoga con Isaías bajo el peso de “la bota que pisa con estrépito” y el dolor de “la túnica empapada en sangre”. Entonces me pregunto qué pueda significar para cualquier viandante pisar el cielo, y no me creo que a las muchachas que calzan la bota mágica les diga algo mi amiga Emily y mucho menos el viejo Isaías. Esa pisada triunfal de la marquesina se asemeja más bien a la bota que nos oprime bajo el estrés del consumo, es la bota de la noche de fiesta, desenfrenada y altiva. La bota joven de apariencia brillante que enluce el miedo, de la fuga hacia adelante con el adorno banal del sinsentido.
Y pienso que no me gustaría pisar este cielo, quizá es cosa de la edad. En cualquier caso, no parece un cielo sosegado donde se pueda respirar como en las cumbres de Gredos, ni escuchar los pájaros, como en los bosques de Batuecas. No es un locus amoenus, como el Cielo de Salamanca al que nos invita Fray Luis desde el Patio de Escuelas. Es más bien una propuesta de poder, dominación, ruido; estar por encima, prevalecer sobre la modorra de la masa o la indiferencia de la tribu. Incluso ese aspecto militar del calzado dice el éxito de una marca que pisa fuerte, realzando brillos y ensoñaciones absolutamente fantásticas (o fanáticas) porque detrás de las pisadas suena el eco de una canción.
A mí pisar el cielo me recuerda a Dante, pero este anuncio me hace pensar más bien en el batacazo de Ícaro, o en un descenso ad ínferos. Parece también lo contrario del vuelo enamorado del Cántico de San Juan de la Cruz. Evoca, a pesar de la superficie lisa, que pronto será salpicada por el barro de los charcos, un cielo sucio y ruidoso…, estridente y chillón como en sordina.
Mas alentemos la esperanza: no hemos de creer que los cielos medievales como los azules de Giotto o renacentistas como los grabados de Durero estén obsoletos. El arte sublime permanece, la publicidad de las marquesinas muere. Más cerca de nosotros en el tiempo que aquellos grandes artistas, podemos todavía encontrar promesas esforzadas y sinceras de cielos límpidos, despejados, de cielos y desiertos por recorrer en los márgenes de la ciudad dormida. Es el caso de Saint- Exupéry en Citadelle. Una obra escrita en tiempos de guerra, tan confusos o más que los nuestros. Desde el avión, en sus vuelos con tanta frecuencia nocturnos, avista la tierra fatigada de los hombres y se apiada de su extravío, proponiendo más allá un salto de trascendencia:
“Vosotros me decís: Respondemos a las necesidades de los hombres. Los cobijamos. Si, como se responde a las necesidades del ganado que se instala en los establos sobre el pajar. El hombre ciertamente tiene necesidad de muros para enterrarse y transformarse como la simiente. Pero tiene necesidad también de la gran vía láctea y de la vastedad del mar, a pesar de que ni el mar ni las constelaciones le sirvan de nada en el instante. Porque ¿qué es servir?
Son días de invierno que nos llaman a respirar en lo hondo, como las simientes, a explorar con paciencia las interioridades luminosas que hay dentro de nosotros, “estando ya mi casa sosegada” al margen del ruido, la prisa, las compras, que, bajo pretexto de encuentro familiar, engrosan las arcas de los grandes mercados, al tiempo que ensucian la tierra de los hombres.
Sagrario Rollán
Créditos de la fotografía: El Cielo de Salamanca, de Fernando Gallego. © Universidad de Salamanca. De Nodal Imagen
