Religión

Benedicto XVI y santa Catalina de Siena

¿Qué pueden tener en común Benedicto XVI y Santa Catalina de Siena? Aparentemente… no demasiado, además de su fe en Cristo, claro. Ella era una joven no muy culta y bastante endeble. Él, un reconocido teólogo y pensador que cumplió los 95 años. Ella… una mujer pasional e impulsiva; él, un hombre intelectual y prudente. Ella, una mujer italiana del siglo XIV. Él, un hombre alemán del XXI. Sin embargo, cuando vi el color rojo en las exequias del Papa Emérito he recordado que la Orden de Predicadores solicitó al entonces papa, Pío II, que canonizara a Catalina de Siena con el título de mártir.

En una de sus últimas cartas, la mística de Siena le cuenta a su confesor en qué consiste su día a día en Roma, a donde le había mandado llamar el Papa Urbano VI para interceder por la Iglesia en momentos de profunda crisis: «De esta y otras muchas maneras, que no puedo narrar, se consume y agota mi vida en esta dulce esposa: yo de esta manera y los gloriosos mártires con su sangre. Cuando es la hora tercia me marcho a la misa y veríais a una muerta caminar a San Pedro, y entro de nuevo a trabajar [orando] en la navecilla de la Santa Iglesia. Allí me estoy hasta la hora de vísperas y no quisiera salir de aquel lugar ni de día ni de noche hasta no ver al pueblo un poco afirmado y compenetrado con su Padre. En cuanto a lo corporal creo que este tiempo debo pasarlo como un nuevo martirio por la dulzura de un alma, es decir, por la Santa Iglesia. Después quizás me haga resucitar con Él» (Epistolario de Santa Catalina de Siena 373).

¿Y no han tenido mucho de esto los diez años de silencio e intercesión de Benedicto XVI en el Monasterio Mater Ecclesiae desde su renuncia? Después de una vida gastada y entregada activamente por la Iglesia, le llegó el momento de hacerse sencillamente ofrenda; sin más, en lo oculto.  Pasó del hacer al ser. Aquello que el quehacer y los discursos ya no lograban abarcar, lo ofreció, intercedió y, -creemos- Dios lo hará fructificar. Como dijo el Papa Francisco el día de su fallecimiento: “Solo Dios conoce sus sacrificios ofrecidos por el bien de la Iglesia”. Y como dice el himno del oficio de mártires:

Martirio es el dolor de cada día,

si en Cristo y con amor es aceptado,

fuego lento de amor que, en la alegría

de servir al Señor, es consumado.

Me viene a la mente una escena particularmente cruel de los Evangelios. Aquel terrible: Si eres Hijo de Dios… que Cristo tuvo que escuchar desde la Cruz. Es especialmente terrible porque era, de hecho, Hijo de Dios. El tentador usa siempre medias verdades. Y utiliza aquello que es precisamente el motor de nuestra existencia para tergiversar todo lo que hacemos. Si eres Hijo de Dios, bájate de la Cruz y creeremos en ti. Es una tentación retorcida y calculada. Le deja sin opciones: O permanece fiel a su identidad (de Hijo amado del Padre que tiene por alimento cumplir su voluntad), y acepta que su misión aparentemente fracase. O renuncia a su identidad por hacer humanamente eficaz tu misión (creeremos en ti, pero tienes que bajar de la cruz).

Benedicto XVI, el hombre que amaba profundamente a Cristo y a su Iglesia, por la que entregó su existencia, tuvo que sufrir la mala interpretación de su renuncia: dejas tirada a la Iglesia, esa que dices que tanto amas. Y el silencio fue su respuesta. Un silencio que fue permanencia. Que fue no bajarse de la cruz. No justificarse. Dejar que hablaran, que juzgaran, que mal interpretaran, y seguir ofreciéndose en lo escondido.

“Amar a la Iglesia significa también tener el valor de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no el de uno mismo. No abandono la cruz, sino que permanezco de manera nueva junto al Señor Crucificado. Ya no tengo la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración permanezco, por así decirlo, en el recinto de San Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como Papa, me será de gran ejemplo en esto. Él nos mostró el camino hacia una vida que, activa o pasiva, pertenece totalmente a la obra de Dios.” (Audiencia general, Miércoles 27 de febrero de 2013).

“Si todavía buscara agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gal 1, 10). Hay momentos en la vida en que las obediencias, las respuestas a las llamadas más íntimas que Dios nos hace, pasan inevitablemente por la incomprensión y la soledad. Humanamente, uno se resiste, sabe las consecuencias que tendrá y teme el sufrimiento. Pero no puede hacer oídos sordos a una llamada que toca la raíz de su identidad. Son momentos en que uno experimenta que su respuesta a lo que cree que Dios le está pidiendo le deja sin apoyos e, incluso, parece que desdice lo anterior. Pero, en realidad, es al revés. Decir no a Dios cuando toda tu vida se ha configurado entorno a él… es la mayor contradicción. Es como si tuvieras que elegir entre los demás (su comprensión, su apoyo, sus halagos, sus admiraciones) y tú mismo: la obediencia a la llamada más auténtica.

Son decisiones que uno solo puede tomar por Amor. Porque no hay amor más gratuito que aquel que es incomprendido. Es maravilloso dar la vida por aquel que tengo al lado y que me agradece y valora lo que hago, aunque sea cansado o aburrido. Pero es absolutamente heroico dar la vida por aquel que, no solo no agradece, sino que interpreta mi entrega como un acto de egoísmo. Ese es el amor de Jesús por Judas. Su mayor traición no fue venderle por 30 monedas, sino escandalizarse de su gratuidad. Quien se mueve por eficacia no entiende de amor y mucho menos de gratuidad. A los ojos de muchos, la renuncia de Benedicto XVI fue un absurdo e incluso una cobardía en un momento convulso de la Iglesia. Incluso quienes le querían y valoraban, lo consideraron un desperdicio de un hombre todavía lúcido y capaz. Pero él tenía otra perspectiva.

«El callado sufrimiento interior que lleva consigo la fidelidad al deber, con frecuencia incluso marcado por la soledad y la incomprensión de aquellos a los que uno se entrega, se convierte en vía de santificación personal, al tiempo que cauce de salvación para las personas a causa de las cuales se sufre» (El servicio de la autoridad y la obediencia, 2008, CIVCSVA).

Teresa Cadarso O.P.