Opinión

La «ofendiditis» no es cristiana

Hace unos días, mientras tomaba un café con hielo con unos amigos, uno de ellos me preguntó mi opinión sobre lo ocurrido en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos que se están celebrando en París. De primeras no sabía qué responder dado que no tenía muy ordenadas las ideas. Y es que yo sí vi en un primer momento una ¿performance? de la Última Cena. Sin embargo, a medida que pasaban los días y la polémica subía de tono en las redes sociales quedé algo confuso. ¿Por qué? Pues porque la aparición de la pintura «El festín de los dioses» -desconocida para mí por completo- como única y verdadera inspiración para el espectáculo he de reconocer que me dejó callado. No obstante, eso no significa que mi cabecita no le diera más vueltas al tema. ¿Por qué sale a la luz esa pintura? ¿Por qué no se explicó desde un primer momento? ¿La escena de la mesa ha sido utilizada como carnada para aves de rapiña? Hay imágenes en las que en la mesa hay trece personas, pero luego en otras hay bastantes más. ¿Qué se intenta con esto?, ¿qué hay de verdad? ¿Quizá es cierto que se pretendía -de manera velada- ofender y crear polémica como ocurriera en el siglo XVII al pintar «El festín de los dioses»? Sinceramente no lo sé. Expertos en semiótica -expertos no ideólogos- tienen un interesante trabajo aquí. Yo solo sé que Santo Tomás de Aquino nos dice que «en todo el mundo no hay nada que sea malo totalmente» (Cfr. ST I, q. 103, a.7, ad. 1). Así pues, quisiera ver en lo ocurrido una controversia que nos debe llevar a un aprendizaje.

Es cierto que muchos creyentes cristianos de todo el mundo se han sentido molestos por esa puesta en escena. Y tienen todo el derecho del mundo a sentirse así. ¡Faltaría más! Ahora bien, lo que no es de recibo de ninguna de las maneras es potenciar una cruzada como en los tiempos del Medievo ni decir a voz en grito que se ha ofendido a Dios. Bien es sabido que no ofende quien quiere sino quien puede. Y Dios no puede ser ofendido. Porque si esto fuera así habría algo con más poder que Él. Y quien le otorgue más poder a una ofensa que a Dios creo que debería revisar algunas cosas desde la perspectiva creyente. Como tampoco se debería caer en ese discurso fácil que roza la estupidez y en el que se dice -en un tono amenazante- «con el Islam no se atreven». Y no se debería caer en esto, a mi juicio, por dos motivos. El primero es porque indirectamente queremos y nos gustaría que hubiera ofensas y desprecios hacia personas por su credo. El segundo -y aquí intuyo que me van a caer tortas por todos lados- es porque no forma parte de su historia. Mientras que sí forma parte de la historia del Cristianismo. Intentaré explicarme mejor.

Nuestra tradición cristiana está preñada toda ella y en todas las épocas de situaciones de rechazo. Desde Jesucristo hasta nuestros días los desprecios, las blasfemias y demás situaciones nada agradables han acompañado a quienes profesamos nuestra fe en el Dios Cristiano. Por ello no estamos ante algo nuevo que ha surgido en la era de la indiferencia religiosa. Lo que pasa es que no aprovechamos las ocasiones que se nos presentan, porque aquí está el aprendizaje: cada ofensa es una preciosa oportunidad para llevar a la praxis aquello de «perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34); «sentirse dignos de recibir ultrajes por el nombre de Jesús» (Cfr. Hch 5,41); «no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7,60). Porque quien ofende y desprecia es un ignorante que nos debe mover a compasión, porque lo único que sabe hacer es poner de manifiesto sus frustraciones. Quien perdona, por el contrario, muestra una sabiduría que solo adquieren aquellos que están dispuestos a amar a pecho descubierto, sin medida, en tanto que saben que el amor siempre pide más amor porque jamás va a quedar ahíto. Así de sencillo y así de complicado. Como sencillo y complicado es el ser coherentes con nuestra fe. Amar en cristiano implica perdonar, y el perdón que se nos enseña en el Evangelio viene de la mano del amor. Si nos empeñamos en separarlos -y hay que reconocer que a veces nos empeñamos- caeríamos en una constante contradicción, porque estaríamos haciendo del Evangelio y por ende de la fe Cristiana, una ideología más.

No quiero alargarme porque en verano el calor quita hasta las ganas de leer. Pero sí me gustaría terminar diciendo que, con toda seguridad, todos hemos escuchado la canción de Isabel Aaiún «Potra salvaje». Sí, esa canción que se ha hecho viral gracias al reciente triunfo de la Selección Española de Fútbol en la Eurocopa. Pues bien, en dicha canción se nos dice -al menos por dos veces que yo recuerde- lo siguiente: «No quiero hierro ni sed de venganza; quien odia muere y quien perdona avanza». Y a reglón seguido se puede escuchar: «yo solo quiero curar cicatrices y ser como soy». Esto que dice la canción me reafirma, aún más, en lo que pienso: que la «ofendiditis» no cabe dentro de la lógica cristiana. Y por ello los cristianos no podemos tener sed de revancha ni de contraataque ni de resentimiento alguno ante una posible ofensa. Porque quienes nos decimos creyentes, es más, quienes tenemos puestas todas nuestras esperanzas en el Dios de Jesucristo hemos de atrevernos a ser diferentes. ¡Claro que sí! Ser revolucionariamente distintos y no caer en la superficialidad de las modas de turno. Y la «ofendiditis» en este momento de la historia está muy de moda, y cada vez tiene más seguidores.

Hasta donde yo sé, que es bien poco, Jesús de Nazaret nos enseñó que apostar por ser distintos es atreverse a ser significativos. Y esto, en cristiano, solo se consigue con el perdón. Una realidad -la de perdonar- que siempre nos va a llevar más allá que cualquier división. Porque la fe cristiana antes que defenderla hay que profesarla. Aunque para ello sea preciso perdonar hasta cuatrocientas noventa veces todos los días de nuestra existencia (Cfr. Mt 18,22).

Fr. Ángel Fariña, OP