La habitación de al lado
Sara… in memorian.
Pocas cosas nos hacen pensar a lo largo de nuestra existencia tanto como la muerte. Es una realidad tan injusta, indecente y tramposa que pone en jaque de igual manera a los ateos como a los creyentes; a los indiferentes y a los más esperanzados. Y es que la muerte da tal mordida que el dolor que produce muy pocos lo pueden manifestar con palabras, dado que paraliza y anula. Todo esto que digo es por el reciente fallecimiento de Sara. Algunos de los que leáis este texto la conocisteis en persona. Otros de oídas cuando pedí oraciones por ella y su familia ante la gravedad de su situación. No tuve mucha relación con ella, aunque sí la suficiente como para dedicarle unas letras. Tengo más contacto con su hermano Pablo, y con sus padres María José y Fernando. Durante estos días -desde el pasado día cuatro que falleció- he estado recordando los «regalos» que Sara me hizo. Me regaló con su voz el canto de la Calenda de Navidad junto a su hermano, y el Pregón Pascual con su madre. Me regaló el poder rezar juntos y que le administrase los Sacramentos días antes de partir de este mundo. Me regaló el poder escuchar cómo nos cantaba que se encontraba en «la habitación de al lado», al finalizar la Eucaristía en la que dimos gracias por su existencia. Pero me hizo un regalo más. Y es que Sara ha sido la única persona en Madrid, la única, que ha comprendido mi vocación tal y como la siento y me gustaría vivir. Porque aquella tarde en la que quedamos para un café y terminamos con una cerveza -sin gluten- sentí una bocanada de aire fresco cuando me dijo: «Si está clarísimo lo que me cuentas. Es lo del Beato Carlo Acutis: no hemos venido para ser fotocopias».
Sara era libre. Muy libre. Quizá de las personas más libres que me haya tropezado. Por ello, como si de María Magdalena se tratara en la mañana de Pascua, supo salir a buscar lo que necesitaba y anhelaba. No se resignaba a seguir esquemas caducos y caminos eternamente transitados ni se dejaba arrastrar por la apatía o por la falta de estímulo. Todo lo contrario. Insisto: Sara fue muy libre. Y en su constante búsqueda apostaba por la novedad y por la posibilidad del cambio; por su crecimiento y transformación espiritual. Y tal vez le ocurrió como a María Magdalena y a las otras mujeres de quienes pensaron que vivían un delirio ante el salto cualitativo en su fe tras experimentar al Resucitado (cfr. Lc 24,11). Pero es que Sara buscó y encontró. ¡Y vaya si encontró! Tal es así que su confesor y director espiritual, Pablo Galiot, la definió en la celebración eucarística antes mencionada como una «profesional de la adoración». Y es que fue ahí, a los pies del Pan de la Eucaristía donde encontró, citando una vez más al Beato Acutis, «una autopista hacia el cielo». Quizá detrás de esa búsqueda -y reconozco que esto es un atrevimiento por mi parte dado que no estoy del todo seguro de ello- hay una palabra. Sí, esa expresión en boca de Jesús y que recoge el evangelio de Marcos. La palabra es «Effetá» (cfr. Mc 7,34). Muchos habéis experimentado en primera persona cómo Sara supo abrirse al mensaje de Jesús, cómo captó su amor, y cómo se puso al servicio para que todo el que quisiera fuera «curado» de su sordera.
Hay un sermón anónimo francés del siglo XVII descubierto por Rilke en el año 1911. El título de este sermón es «L’Amour de Madeleine» (El amor de Magdalena). Pues bien, en dicho sermón hay un momento en el que se nos dice: «Magdalena, si es el amor el que te impele, ¿qué temes? Ósalo todo, empréndelo todo (…). Solo teme temer; y su licencia para poseer es la osadía de pretenderlo todo, la libertad de emprenderlo todo». Si Sara, como dice la canción, está en la habitación de al lado, no nos extrañe que en algún momento salga corriendo, cual María Magdalena, y nos venga a contar cómo es la vida en Dios. Es más, con toda seguridad nos dirá cómo es Dios. Porque ella era así: libre de emprenderlo todo, con tal de hacer sentir lo fascinante que es vivir, gritar y cantar al mundo que el Amor, así con mayúscula, no entiende de límites ni de fronteras.
Fr. Ángel Fariña, OP
