Habitar deshabitado II
Habitar es también un acto de renuncia y de silencio, un acto de recogimiento y acogida. Es distinto de colonizar. Habitar nos invita a una cierta, serena, pasividad; colonizar es invadir, usurpar, someter, dominar… Ocurre que colonizamos espacios paisajísticos, naturales, también espacios urbanos, que debieran ser de convivencia y encuentro. Tendemos a colonizar incluso nuestros propios espacios interiores, la intimidad espiritual, el pobre corazón extraviado.
Y es que realmente nos invaden las propiedades, los usufructos, las adquisiciones, los lugares fotografiados, las imágenes y los sonidos. Todas estas cosas que creemos disfrutar un momento y con frecuencia luego nos hastían. Hay tantas cosas que llenan nuestro cerebro, aprisionan nuestro corazón y, en definitiva, nos impiden habitar.
Pues habitar sería entrar en un espacio vacío, de acogida, habitar en el abrirse a la acogida y dejarse habitar por otros, dejarse abrir por una luz de trascendencia, por un silencio de olvido y de perdón. Por eso con frecuencia las ciudades no son habitables, pues están llenas, no solo de multitud de guiños de imágenes y ruidos como hemos dicho, sino de rencor, de crispación, de prisa. Y luego cuando accedemos por fin al interior de nuestros hogares o viviendas los encontramos también llenos de presión, de obligaciones y de dispositivos de todo tipo, objetos o vivencias extrañas que desde las plataformas nos invaden, bajo pretexto de relajarnos y descansar, de olvidar el trajín que traemos de la calle. Es lo mismo en modo digital.
Se me ocurre que el habitar de alguna manera a lo largo del tiempo, del tiempo de la vida, de lo finito y expuesto de nuestra existencia, del tiempo que se nos da, el habitar, digo, podría ser una tarea, un proyecto, una vocación. Somos llamados a habitar (Heidegger, Arendt y otros muchos han reflexionado sobre esto), así en la medida que nos abrimos a esta llamada y queremos responder, nos hacemos también capaces de cuidados, de compasión, de escucha del otro: “No habitamos regiones, ni siquiera habitamos la Tierra, el corazón de los que amamos es nuestra verdadera morada”, señala el escritor francés Christian Bobin.
La habitación o morada se transita, tal vez, en lugares de soledad, y a veces de lejanía, de soledad aceptada, lugares de rumiación sin ansiedad, de contemplación y oración. Soledad y lejanía que nos abren a una intimidad nueva. Lugares interiores de aceptación serena de los proyectos no colmados, que dejan de generar frustración, porque a veces no tenemos la respuesta a nuestra vulnerabilidad, lo que esperamos de los otros y no recibimos…, de modo que cuando no sentimos su acogida y su abrazo, esos lugares nos disponen quizá a ser nosotros mismos acogida.
Por eso desde tiempos inmemoriales, cuando las ciudades empezaron a ser hostiles, a dejarse arrebatar por impulsos de poder, afanes de lucro y deseos de conquista, de conflictos en fin políticos, hubo quienes eligieron un habitar alejado y solitario, y se apartaron de la ciudad en las ermitas. El ermitaño se retira del tráfago y del ruido para vivir en cuevas o en pequeñas cabañas, diseminadas en lugares desiertos.
Se trata de una vida, en todo caso, frugal, básica, no expuesta, una vida abierta solo a la luz al día, al ciclo de las noches, a la pulsación de la sangre en su afán de trascendencia. Así la ermita, con sus luces y sus penumbras todavía pervive en algunos espacios habitados por órdenes religiosas, que por suerte nos invitan a alojarnos, a habitarnos, a compartir silencios, escuchas y soledades, en medio de la naturaleza y en una llamada monacal de campana que resuena por el valle. Así en Las Batuecas, un sitio un poco salvaje y un poco místico. Allí la fuente de la interioridad y la intimidad tiene su propio ritmo según las estaciones, según la luz de los días y el ciclo de las noches, según el afán del corazón. Allí donde habitar se convierte en un verdadero acto humano, en un verdadero acto de trascendencia, allí donde encontrar “una soledad en la cual uno le permite a la naturaleza este silencio original, este secreto puro, incomunicable conciencia de sí mismo” en palabras del trapense Merton.
Sagrario Rollán
