Sueña, no te duermas
Caleruega es un pequeño pero precioso pueblo de Castilla. Aunque en los últimos años se ha disparado el turismo, y su nombre ya no resulta tan desconocido como antaño, conserva entre sus calles el sabor de los destinos auténticos, originales y no masificados. Así como se llega a Silos sabiendo casi perfectamente que hay monjes y un claustro espectacular, quienes aterrizan en Caleruega apenas pueden decir qué les ha traído aquí ni distinguir entre Domingo de la Calzada y Domingo de Guzmán. Casi diríamos que llegan de rebote, y me gusta afirmar que es precisamente esa falta de expectativas la que multiplica el buen recuerdo de la experiencia que se llevan.
Entre los diferentes espacios que el peregrino visita, es de obligado cumplimiento bajar a la cripta de la Iglesia en la que se encuentra el pocito –si no lo digo en diminutivo los lugareños se me echarán encima− de santo Domingo. En este lugar en el que ahora se encuentra el famoso brocal del pozo del que se puede y debe beber agua, la tradición señala el lugar exacto del nacimiento de santo Domingo de Guzmán, y una inscripción lo asegura: HIC NATUS EST SANCTUS DOMINICUS.
Aunque la tradición no especifique tanto, es razonable creer que ese fuera el lugar de los aposentos de doña Juana de Aza y Félix de Guzmán, sus padres. Nunca me hubiera atrevido a afirmarlo, pero una vez escuché a un dominico referirse a este espacio, no solo como el del nacimiento de santo Domingo de Guzmán, sino también como el del nacimiento al Cielo de su madre, la beata –santa para sus vecinos− Juana de Aza.
Desde entonces, cada vez que me toca acompañar a algún grupo de peregrinos, añado que aquel es también el lugar en el que santa Juana tuvo su famoso sueño. Si allí descansó para siempre, es de suponer que allí durmió también en sus noches por este mundo. Los biógrafos cuentan que estando embarazada de su tercer hijo –al que llamaría Domingo− Doña Juana había tenido un inquietante sueño en el que un perro de color blanco y negro saltaba de su seno portando en la boca una antorcha. Al salir de su vientre, aquel can con aquella antorcha, prendía fuego al mundo. Ante la incomprensión de lo que cada noche se repetía, los esposos acudieron a rezar a la cercana tumba de santo Domingo de Silos, y allí, en oración, se les reveló la interpretación correcta: que su hijo iluminaría el mundo con su vida y predicación –ladridos−. Por eso decidieron llamarlo también Domingo.
Hace unos pocos días, en una de estas cortas y frías tardes de noviembre, apareció por aquí una joven estadounidense. Llegaba fuera de hora y utilizaba ChatGPT para comunicarse con nosotras. Pedía insistentemente poder ir al lugar en el que santa Juana había tenido aquel sueño. La petición era curiosa. Lo normal es que pidan ver el lugar de nacimiento de santo Domingo, pero como estábamos entendiéndonos con idiomas distintos y un móvil de por medio, no le di más importancia y le expliqué cómo bajar a la cripta. Sin embargo, el aparato repetía una y otra vez lo que ella le dictaba: “No. Lo que quiero ver es el lugar en el que santa Juana soñó”. A lo que contesté un poco apurada –porque ya llegaba tarde−: “el lugar en el que santa Juana soñó es el mismo en el que dio a luz”. Esperé a que la inteligencia artificial me tradujera y me sorprendí al escuchar la sonora carcajada que la joven soltó mientras cogía las llaves para bajar a rezar: “Por supuesto. Tiene toda la lógica”.
Cuando por fin me senté en mi sitial en el coro aquella tarde, la frase que había pronunciado sin pensar demasiado volvía a mí una y otra vez: el lugar en el que soñó es el mismo en el que dio a luz. En efecto, debemos atrevernos a soñar para dar vida, porque no hay fruto sin sueño previo. Los sueños son el germen del que da comienzo cada vida que viene al mundo. Claro que podemos quedar encerrados en nuestros sueños y se nos puede acusar de ser unos soñadores, sin los pies en la tierra; pero no hay futuro, misión ni esperanza cumplida sin un sueño previo que lo alimente y haga posible. Toda realidad concreta parte de una ilusión previa que tenemos que atrevernos a dar cabida en lo más íntimo de nuestro ser; creyendo en ella, amándola antes de verla, implicándonos antes de creernos sus dueños. Por supuesto que corremos el riesgo de frustrarnos, pero su contrario –vivir sin soñar, por miedo a la frustración− es una existencia infrahumana.
Sor Teresa Cadarso, OP

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