Cultura

La Esfera y la Cruz

«The cross cannot be defeated. For it is Defeat.”

(La cruz no puede ser derrotada. Porque ya es la Derrota.)

Llevaba yo un tiempo queriendo leer a Chesterton, no solo porque sea un nombre de esos que hay que tener en la biblioteca personal, sino porque últimamente los astros se habían alineado para que le viera citado en todo aquello que leía. Así que le pregunté a un buen amigo, que creía yo, por pura intuición, que sería entendido en el tema. Resulta que no solo pregunté a la persona correcta, sino que recibí una lista de lecturas que bien podría parecerse a la bibliografía de cualquier asignatura promedio. Más larga que algunas de las mías era, eso desde luego. El caso es que “La esfera y la cruz» era el primero en esa lista, por lo que indudablemente fue el primero que le pedí. No sabía yo que esperar, ni de la novela ni del propio autor, pero lo que me encontré no se asemejaba para nada a lo que me había imaginado. Sobra decir que toda expectativa que había, por mínima que fuera, fue superada con creces.

La premisa es sencilla: un católico y un ateo intentan batirse en un duelo a muerte por  defender las creencias personales de cada uno mientras las autoridades y demás ciudadanos tratan de impedirlo. Por supuesto, y como no podía ser menos, esa prohibición externa acaba por unirles. Con un principio casi apocalíptico y un final del todo apoteósico, es una de esas historias que merecen ser acariciadas, disfrutadas con tranquilidad y emoción en la misma dosis. De esas que hay que suministrar para no leer de una sentada, porque el lector sabe que hay que asimilar ciertos diálogos. Y aún así es complicado dejarla a un lado y no acabarla en un par de días. Que puede ser, ni confirmo ni desmiento, lo que le pasó a una servidora.

Hay un cierto respeto entre ambos protagonistas, una camaradería que sobrepasa las barreras de lo terrenal, de toda naturaleza humana, y entra en el campo de lo divino, aún cuando uno de ellos reniega de todo aquello que se relacione mínimamente con cualquier deidad. Una amistad, podría decirse, que sorprende a primera vista, pues comienza de la peor manera posible y no sigue el curso de lo socialmente establecido. Y aun así, el amor prevalece sobre todo ello. Es algo que cuesta imaginar, lo sé. Probablemente por el contexto de crispación y extremos en el que vivimos y navegamos, en el que algo remotamente parecido a esa relación entre los personajes ni siquiera se plantea como una posibilidad. El sentimiento de caballería, de respeto, se pierde entre la marea de insultos, comentarios y gestos envenenados. Además, por mucho que se empeñan en luchar, en defender los ideales propios y estar dispuestos a morir por ellos, las autoridades (personificando todo aquello que llamamos sociedad) se lo impide. Les da igual realmente quién tenga razón o incluso el motivo del conflicto, lo que les molesta es que haya quienes estén dispuestos a entregar la vida por aquello en lo que creen.

Hace Chesterton, además, una diferenciación entre la esfera y la cruz, entre lo terrenal y lo divino, que nos toca de cerca incluso a día de hoy. Presenta ambos símbolos como dos caras de la misma moneda, que a pesar de contradecirse en esencia, se complementan cuando se habla de ellos en conjunto. Mientras que la cruz es objeto de contradicción, de barbarie, de tortura, la esfera es insignia del raciocinio humano y la armonía. La cruz no está proporcionada, puesto que uno de sus maderos es más grande que el otro, en cambio en la esfera se nivela cada relieve. La cruz es, en definitiva, emblema de esa derrota que la esfera rechaza en pos de la perfección.

Sin embargo, el problema de la esfera es precisamente ese, que no tiene defectos, lo que supone fundamentalmente el apogeo último de la globalización entendida como aquel proceso que busca la homogeneización de las culturas y, por ende, de la identidad. Es por eso que Chesterton la rechaza, porque priva al mundo de pluralidad. He aquí el quid de la cuestión: de nada sirve una esfera perfecta y sin diferencias ni imperfecciones si no se le agrega la cruz. Igual que las vidas de los protagonistas cobran verdadero sentido cuando se cruzan el uno con el otro, solo en la combinación de ambos símbolos se encuentra el fin.

Porque solo en la diversidad se halla la unidad. Parece ser, y con esto termino, que más de cien años después de su publicación, Chesterton sigue acertando de lleno en todos aquellos  problemas y disputas que nos rodean hoy en día, burlándose con elegancia de la absurdez de nuestro mundo. Quizá porque, por mucho que nos empeñemos, no hemos avanzado tanto como queremos creer.

Léanlo y juzguen ustedes mismos.

Elena Martín Tascón