¡¡Feliz Pascua!! Así, con «P» de Predicación
«Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro (…)» (Mc 16,7); «Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea (…)» (Mt 28,10); «Anda, ve a mis hermanos y diles (…)» (Jn 20,17). Los relatos de la Pascua contienen los grandes mandatos para la predicación. Quizá no nos hemos percatado del todo que en estos textos predomina la conversión. Sí, en todos se da una experiencia absolutamente nueva que transforma a quien la vive. Hay un antes y un después. Y es que el resucitado hace que no pueda permanecer en el silencio que la vida se abre paso allí donde menos lo esperamos. Porque la Pascua es el tiempo de la palabra dicha y el testimonio compartido que muestra que nuestra fe no es una entelequia. Así pues, pobre de aquel que en Pascua proclama el silencio y piense que sobran las palabras…no se ha enterado de nada. El silencio es la cruz del viernes santo y la soledad del día siguiente. La Resurrección, por el contrario, es ese constante «ve y dile a mis hermanos». Sí, ese «ve y predica» tan dominicano. Por ello, la invitación a comunicar lo experimentado; la propuesta para predicar la vida del resucitado es lo que marca el compás de una manera imperativa, toda la cincuentena Pascual.
Quizá a estas alturas de la semana de Pascua aún estamos con el «sabor» que nos ha dejado la celebración del Triduo Pascual. Cosa que está muy bien. Toda experiencia enriquecedora debe ser recordada. Sin embargo, corremos el peligro de no darnos cuenta de que puede que hayamos vivido una especie de fuegos artificiales que ya forman parte de la historia, es decir, del pasado. Y resulta que la Pascua es el gran momento siempre en presente para la predicación. Todo lo vivido y experimentado durante esos días tan intensos de la ya pasada Semana Santa, debe desembocar en trasmitir de una manera apasionada que somos capaces de crear algo nuevo y sugerente; algo que transforma la realidad en una realidad mejor, más justa, más bella. Que estamos dispuestos a libramos de las cadenas que nos atan a nosotros mismos, a nuestro terruño, a nuestros intereses y salimos hacia el otro -sea quien sea y como sea- y lo consideramos en su dignidad. Que estamos dispuestos a compartir vida porque la damos y no la guardamos solamente para nosotros. Sin embargo, he de reconocer que me entristece un poco escuchar decir eso de «ya se terminó»; «hasta el año próximo si Dios quiere». Expresiones estas que me llevan a pensar que la Pascua pasa desapercibida; que los cincuenta días de fiesta que tenemos los cristianos transcurren añorando un eterno Triduo Pascual que solo busca satisfacer afectos epidérmicos. ¿Por qué nos resistimos a experimentar lo inesperado que transforma, lo no planeado que enriquece nuestras vidas y que solo acontece en la Pascua?
Mañana vamos a escuchar en el Evangelio que Tomás, el apóstol incrédulo, quiere ver, quiere tocar; exige pruebas, cual niño caprichoso, que le saquen de la oscuridad de sus dudas. Pues bien, la predicación es la llave que abre todas esas puertas que nos cerramos a nosotros mismos al igual que Tomás, y que nos impiden acceder a esa sorpresa inagotable del misterio de la existencia que es capaz de crear nuevas formas y momentos, nuevas experiencias y situaciones. Así pues, si la Pascua -a nosotros que nos decimos creyentes- no nos impulsa a dar el paso hacia una vida por y para la Palabra, esa que transforma absolutamente todo, es porque seguimos optando por nuestros egoísmos disfrazados de amor.
Fr. Ángel Fariña, OP
