De las promesas que son los niños
Recuerdo bien un fraile con el que viví que, entre bromas y veras, decía que cuando en un bus, un tren, o en un avión, le tocaba viajar «junto a, delante de, detrás de» un asiento con niños, comenzaba a rezar dando gracias y con la mejor de sus sonrisas, recordando que era el precio que como célibe tenía que pagar -aguantar las molestias que traían esos niños aparejadas- para la permanencia de la especie.
Más allá de la broma que suponía tal comentario, guardaba una inmensa sabiduría que hoy en misa he recordado. Un niño de unos 5 o 6 años, con una moneda que le dio su abuela para echarla al cepillo, se ha pasado hasta las ofrendas desde aún antes de comenzar la eucaristía, tirándola al suelo, cayéndosele o jugando con ella, todo el tiempo. Todo el rato. La abuela le dejaba hacer sin regañarle –«no es la misa un sitio para regañar, pensaría la señora, vaya a ser que le coja tirria a la Iglesia y no quiera volver…»– pero no dejaba de ser una estampa simpática -y algo molesta todo sea dicho..- que me ha recordado ese precio a pagar por la realidad de los niños. Y a dar gracias por ellos.
Los hijos, los niños, son el inmenso don de Dios a los hombres. Son una promesa cumplida, hecha vida, de sentido y de plenitud. Son apuestas de confianza y de esperanza. Son los regalos que hacemos los humanos al mañana. Son nuestro “hágase” para mejorar el mundo. Son la plenitud de lo que somos. Llenan nuestro corazón y nos hacen ser realmente quienes estamos llamados a ser. Son la pura encarnación del amor. Los niños son promesas de Dios para la humanidad. Son nuestra manera de dar cauce al centro de la identidad divina en nosotros, dar vida. Amar. Es la forma más acabada de nuestra condición divina.
Y sin embargo como meras molestias son vistos hoy por nuestro mundo. Molestias que nos impiden desarrollarnos, disfrutar, estar en calma, viajar cuando nos apetezca, tener algo de dinero extra para caprichos o comodidades. Cosas que no tendría la gente si se dedicara a tener familia, evidentemente. Perdemos la inmensidad del don y la promesa, por la chatarra de los reflejos.
Hay algo extraño y antinatural en esa mentalidad tan extendida, a los datos de natalidad me remito, de que los hijos sólo suponen molestias y limitaciones a la vida. Es sin duda ninguna una forma de pensar profundamente egoísta que se nos va inoculando día sí y día también a través del inmenso poder de los medios de comunicación con todos sus tentáculos: series, películas, anuncios, reportajes, redes…: si tienes hijos pierdes calidad de vida. Así tal cual es el mensaje bombardeado. Entendiendo, claro está, la calidad de vida, como una mera comodidad sin proyecto vital.
Esa mirada dice mucho de donde están las aspiraciones de nuestro tiempo, centradas en la pura y simple comodidad. En la creencia, falsa, que uno ha venido al mundo para la comodidad, y que uno será más feliz en el mundo, cuanto más cómodo esté, cuantas más cosas tenga, cuanto más pueda consumir, cuantas más experiencias de lo que hay pueda disfrutar: lugares, viajes, series, noches, escapadas…
Confundir la felicidad con la comodidad es la mayor trampa que la sociedad de consumo nos ha colocado, pues nos vende la plenitud en lo falso. Nos dice que nos desarrollaremos más… a costa de perder las inmensas satisfacciones y alegrías de una vida realmente vivida. Nos vende las huidas y las escapadas de la rutina como la cima de la felicidad. Como un terrible autoengaño que beneficia a quien vende, nos hace perdernos la verdadera vida. Ciframos la felicidad en lo lejano, lo extraordinario. Por eso vivimos de huidas. Nos perdemos la inmensa maravilla de lo cercano, de lo diario, de lo cotidiano, de lo pequeño. Con trampas nos nublan la mirada de dónde están las vidas realmente vividas.
Una vida realmente vivida.
El evangelio de Jesucristo está construido sobre multitud de paradojas que alumbran la auténtica condición humana: somos una paradoja los humanos y necesitamos vivir en el equilibrio de los polos opuestos. La auténtica condición humana se desarrolla no en el hacia uno, sino en el hacia los otros. Dando es como nos llenamos. Saliendo de nosotros es como entramos en nosotros. La verdadera libertad está en el compromiso. Y la auténtica felicidad pasa por asumir sufrimientos, incomodidades y renuncias, por amor. Una vida lograda no es una vida cómoda, es una vida con sentido. Entregada. La felicidad está en los actos de amor.
Y no hay más que abrir los ojos para verlo. La plenitud del padre que el otro día, en un parque de una ciudad cualquiera, enseñaba a montar en bicicleta a su hija, con la carcajada limpia de ver cómo avanzaba sola unos metros. O cómo ese matrimonio joven, jugando a esconderse tras una esquina de su hijo pequeño, abrazaba y reía con el peque al dejarse encontrar. La mirada de orgullo de un padre en la graduación de la universidad de su hijo. La lágrima, apenas escondida, de una madre el día de la boda de su niña. Los abuelos paseando una mañana de enero a su primer nieto por el parque junto a mi casa. El suspiro, al despedir a su padre, de una hija, en un tanatorio cualquiera. La sonrisa, plena, vivida, de esa fotografía de unos padres con sus cinco hijos.
La promesa que son los niños se va desgranando y descubriendo día a día en el misterio del tiempo. También en las noches en vela de la enfermedad. En los disgustos de las trastadas. En los enfados de las desobediencias. En las estrecheces de no llegar a fin de mes. En las renuncias, por amor, a caprichos o vacaciones porque el niño tiene que ir a una academia. En las horas largas de oficina, ya caído el día, en la oscuridad de la luz blanca del trabajo, mirando la fotografía del niño o el dibujo de la niña para el día del padre, mientras terminas un informe o rellenas un Excel.
Ahí, en lo concreto, en lo cercano, en lo entregado, en el puro amor, se desarrollan las promesas que son los niños. Promesas de Dios para la humanidad. Promesas de Dios para los padres. Promesas de Dios para todos. Promesas de Dios por las que dar gracias.
Fray Vicente Niño Orti, OP
