De los detalles gratuitos
Es bastante innegable que en el fondo de nuestra conciencia, pese a que nos decimos que nada esperamos de otro, descreídos y decepcionados tantas veces por la condición humana, cuando llega la herida imprevista o la decepción ante la conducta ajena, la sorpresa nos vapulea. Eso nos dice que, en el fondo, seguimos creyendo en la maravilla de la condición humana, y que lo natural no es el daño, la herida o la venganza, sino que por naturaleza confiamos en la bondad, el don y la gratuidad del otro.
Por eso cuando la sorpresa llega ante la grandeza de la condición humana, además de ser una bocanada que reconforta, le deja a uno pensando por qué dudaba que lo humano era así. Supongo que el hecho de que sean una sorpresa ciertos gestos hermosos, de que no se espere el gesto humano, el detalle de gratuidad, habla más de quien se sorprende que de la misma condición humana. Por eso reconozco que aunque no deberían de sorprenderme esas ciertas cosas inmensas de la grandeza humana, mostradas en lo más cotidiano y pequeño, y que no me gusta sorprenderme, pues sí que me sorprenden… aunque desde luego que para bien.
El caso es que como estoy inmerso en ese ejercicio de cambiar la mirada del que hablaba la pasada semana (vean aquí a qué me refiero), inmerso de lleno en superar esa querencia tan contemporánea de ver sólo el mundo como algo que está fatal, que cada vez va a peor y en el que nada funciona y nadie hace nada por nadie con gratuidad generosa, he contemplado en estas semanas algunos pequeños gestos que hablan del cuidado por los detalles en el trabajo, por tratar de hacer las cosas bien, de no hacerlas de cualquier modo y de tratar de servir a la gente en aquello que hacemos de la manera mejor que se puede, que me han resultado inmensamente sorprendentes en su maravilla, pese a su pequeñez y ligereza. Gestos que me han devuelto la alegría de la sorpresa esperanzada. Y que me ayudan a reconciliarme con la humanidad.
Escena 1. Pequeña reparación en una casa, un cierto error de cálculo y en vez de solventarlo de cualquier modo, aunque se viese lo feo pero sirviese en lo práctico, buscar el detalle para cubrir el error, mantener la eficacia y buscar que no domine la fealdad. Aun cuando significase más tiempo de trabajo, y con la gratuidad de asumir el error, y no aumentar el gasto por ello.
Escena 2. Un servicio en cambio de billetes de tren, con todas las facilidades, la servicialidad, la educación y el buen hacer… que tantas veces falta en la atención a la gente de cara afuera.
Escena 3. En un repostaje de combustible en carretera, la atención del gasolinero para llenar el depósito, incluido ver que el parabrisas estaba especialmente sucio y pararse él mismo a limpiarlo y hasta el detalle de recoger algunas gotas que resbalaban dejando surcos…
Me planteo, es evidente, que me llama la atención por su poca habitualidad, porque suele dominar el da igual cómo se hacen las cosas si éstas salen, por haber puesto la funcionalidad práctica por encima del detalle cuidadoso, o el beneficio de dinero y de tiempo por encima del servicio dado. Y cuánto pierde la condición humana con esa actitud…
O digámoslo de otro modo… ¡cuánto gana la condición humana con la gratuidad y el detalle! Y no sólo, es evidente, el receptor de esos gestos tan humanos y bellos de atención, si no también (y he aquí la idea central de esta columna) sobre todo gana quien realiza ese detalle de servicio generoso y atento. Y gana porque cuidar del otro, salir de uno para poner al otro en nuestro foco, lo que logra es humanizarnos a nosotros mismos, dar valor a lo que realmente lo tiene, es decir lo que no se paga. Nos hace mejores atender a lo pequeño, a lo bien hecho, a lo que no se aprecia a simple vista. Nos hace sentirnos mejor lo realmente cuidado con esmero. Nos hace sin más ser mejores, cuando hacemos las cosas lo mejor que sabemos y podemos, aunque nos conlleve más esfuerzo.
Gana, en definitiva, la condición humana en su conjunto cuando nos focalizamos en el bien, en la gratuidad, en la atención por el detalle, en lo bien hecho, en lo cuidado, porque nos recuerda a todos que lo humano no es la mediocridad y el sálvese quien pueda y como pueda, porque es un inmenso recordatorio de que la verdadera condición humana es la de la bondad, la generosidad, la belleza, la justicia y la verdad.
Fray Vicente Niño Orti, OP
