Opinión

Frente a la Desesperanza

Cada vez más gente que trata de mirar el mundo para comprenderlo y mejorarlo, señala que una de las amenazas más urgentes y peligrosas que nos rondan como sociedad en este occidente europeo en el que vivimos los españoles, es la falta de esperanza.

Los contextos de desarrollo tecnológico de IAs, pantallas, redes sociales, plataformas de ficción, etc. El hedonismo consumista centrado en el bienestar y la comodidad como máxima aspiración vital. La caída de la capacidad crítica ante lo público al par que una polarización política cada vez mayor, alimentada por la manifiesta falta de nivel de las élites políticas, económicas y culturales que sufrimos. Un cierto apocalipticismo de fin de época con amenazas ecológicas y planetarias. El dominio de una posmodernidad de pensamiento débil con el relativismo en la mirada del mundo. El crecimiento de los flujos migrantes con su pareja diversidad cultural y religiosa. La pérdida de credibilidad de las instituciones, incluida la Iglesia, en el debate público. Las oscuridades geopolíticas de intereses ocultos y públicas guerras. Las sucesivas crisis económicas y su consecuente amenaza sobre las condiciones de vida que generan mayores desigualdades y reducciones en la calidad de vida frente a décadas anteriores. La manifiesta constatación de pérdidas de éticas comunes y valores morales históricamente asentados para ser sustituidos por absolutamente nada. Son todo ello un conjunto de elementos que pueden explicar más que perfectamente la pérdida de confianza en el futuro y una cada vez mayor falta de esperanza vital.

Es eso lo que lleva a una especie de acedia social, una pereza conformista, una desgana descreída y miedosa, que genera una renuncia vital que baja las manos y no es capaz más que desesperanzarse y desesperarse. Sin reaccionar de ningún modo. Así el hombre es más fácil controlable, desde luego. Más posible manejarlo perdido. Más sencillo dejarlo a merced de otros intereses. Más simple deshumanizarle. Más evidente dejarle en manos de todos los posibles falsos ídolos que no dan respuestas ni sentidos -aunque sí beneficios a sus productores- dejando al ser humano sólo una efímera huida de la insatisfacción.

A veces hasta los mismos creyentes de forma inconsciente, engrosamos el haber de la desesperación, olvidando que vivimos de esperanza y que ésta es, como la fe y el amor, el centro de nuestra creencia.

¿Cómo reaccionar frente a la desesperanza?

Ya es casi manido repetir la frase de Dostoievski -la belleza salvará al mundo- pero ahí está una clave central para resistir a la desesperanza. Contra ella hay que alimentar la esperanza, la gratitud, la mirada agradecida y valorativa de lo que hay de bueno y de justo y de verdadero en el mundo. La inmensa tentación de mirar sólo lo que no va bien, lo que niega, el no del mundo, como toda tentación, conlleva el peligro del bucle, de encerrarse, de encadenarse, de no ser capaz de salir de ahí, de perderse.

Hay que volver a poner en primera línea de percepción lo que sí da vida, lo hermoso, lo que tiene sentido, lo bueno y bonito del mundo. Y no como huida de no querer mirar lo que hay, sino para defender que ante lo real no tiene la última palabra la fealdad, el mal o la muerte. Sino para decir que este mundo tiene muchas posibilidades y que ya están aquí, ahora, y no sólo como potencia, sino bien en acto, bien reales. Que no es mera utopía absurda, sino pleno realismo esperanzado.

El mundo es bueno, pese a que exista la maldad. El mundo es hermoso, pese a que haya cosas feas. El hombre es magnífico, aunque exista el pecado. El futuro será maravilloso, si no caemos en el bucle de la impotencia.

Así quiero obligarme a mirar el año que recién hemos comenzado. Este será mi propósito para este 2024. Quiero dar gracias siempre por estar vivo, aunque me ronden los problemas y las amenazas. Quiero ver belleza y bondad pese a que me asalten los malvados. Quiero cambiar la mirada para ver el amor, la justicia y la verdad que me rodean, y para dejar de mirar sólo a la desesperanza y la fealdad. Quiero ver el vaso medio lleno. Quiero optar por la ingenuidad consciente de apostar por la bondad del ser humano pese a que una y otra vez haya quien muestre el rostro negro del mal en sus actos.

Y de éso quiero escribir. De lo que sí funciona y va bien. De lo que puede llenar el corazón. De la hermosura de tantas cosas bellas que tenemos en derredor y que no quieren que veamos. Porque así se reconstruye la esperanza. Porque sólo así la vida se llena de vida.

Fray Vicente Niño Orti, OP

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