Prioridades
Hay cosas que no se debería tener miedo de decir en nuestra sociedad. Y una de ellas es que los nuestros, los tuyos, los de aquí, merecen una atención preferente frente a los de fuera, los de allí, los otros. Y no lo digo desde ningún extremismo ni desde esa política de trinchera que tanto daño hace, sino desde algo mucho más sencillo y humano: el deber de cuidar primero de quienes dependen de ti. Es de mero sentido común. Això és de sentit comú.
Cuando una familia atraviesa dificultades, los padres procuran primero que sus hijos estén atendidos. Nadie consideraría eso egoísmo. No te vas a poner a alimentar a los extraños o pagarles el piso o la luz antes que a los tuyos. Si un abuelo tiene dos mantas y llega el frío, cubrirá antes a sus nietos que al vecino del quinto. No porque odie al vecino, sino porque existe una responsabilidad natural hacia los propios. «Primer els de casa», que decían nuestros mayores, y no con mala intención, sino como una forma elemental de responsabilidad.
Es una de esas virtudes antiguas que no sé si ya se enseñan en los catecismos. Me imagino que no, porque ya ni se enseña catecismo. Pero el patriotismo —el bueno, el moderado, el que nace de la responsabilidad y no del odio— tiene mucho de virtud cristiana. Porque el cristianismo nunca enseñó a desentenderse de los cercanos en nombre de una humanidad abstracta. La caridad empieza por el prójimo más próximo: la familia, el vecino, la comunidad concreta que Dios te ha dado. Y desde ahí se abre a los demás. No al revés.
Pues bien, las naciones funcionan, en parte, del mismo modo. Un país tiene obligaciones universales, sí, pero también tiene un deber particular con quienes sostienen su convivencia, pagan sus impuestos, educan a sus hijos y mantienen viva una comunidad histórica y cultural concreta. Això no vol dir tancar la porta a ningú. Quiere decir, simplemente, que no puedes desentenderte de los tuyos mientras intentas salvar el mundo entero. Que hay prioridades siempre en las actuaciones económicas, políticas y sociales.
Durante años se nos ha querido hacer creer que hablar de prioridad nacional era poco menos que una indecencia moral, fascista y yo qué sé qué más. Como si preocuparse primero por los tuyos implicara necesariamente despreciar a los demás. Y eso es falso. Una cosa no excluye la otra. Cataluña, España, Europa entera han demostrado muchas veces una enorme capacidad de solidaridad. Pero la solidaridad deja de ser virtud cuando se convierte en abandono de los propios. Cuando con pocos recursos se abandona a los tuyos para dárselos a otros, no estamos ante una superioridad moral: se está cometiendo una injusticia. Y, desde una mirada cristiana, incluso un pecado de irresponsabilidad.
Lo vemos en demasiados ámbitos: jóvenes que no pueden acceder a una vivienda, familias trabajadoras que sienten que cada vez cuentan menos, barrios donde la convivencia se ha deteriorado y servicios públicos que ya no responden como antes. Y mientras tanto, cualquier apelación a priorizar a los ciudadanos propios se despacha rápidamente con etiquetas gruesas y simplonas. Home, una mica de seny tampoc aniria malament. Porque no todo es blanco o negro.
Precisamente por eso me parece interesante lo ocurrido estos días con el desembarco del llamado «crucero del hantavirus». Ante una situación delicada, las autoridades actuaron con rapidez para proteger a la población local, garantizar controles sanitarios y atender a quienes llegaban enfermos o potencialmente afectados. Se ayudó a esas personas, como era debido. Nadie las dejó abandonadas en el mar. Pero, al mismo tiempo, se pensó primero en evitar riesgos para la propia población. Y eso no fue xenofobia ni insolidaridad. Fue responsabilidad. Fer les coses ben fetes, simplemente.
Ahí está, quizá, la clave de todo este debate. Se puede ser compasivo sin ser ingenuo. Se puede ayudar sin renunciar al deber prioritario hacia los tuyos. Se puede abrir la mano sin vaciar la casa. El patriotismo moderado —ese que hoy algunos miran con sospecha— no consiste principalmente en gritar banderas ni en despreciar a nadie. Consiste, simplemente, en entender que una comunidad política también tiene vínculos de pertenencia, lealtad y cuidado mutuo, y que esos vínculos generan deberes concretos.
Porque si uno no cuida de los suyos, al final nadie lo hará. Y un país que olvida a los propios acaba perdiendo también la capacidad de ayudar honestamente a los demás.
Arnau Sunyer i Clota
