El pecado no se puede bendecir
Desde el pasado dieciocho de diciembre hay toda una contienda eclesial motivada por la declaración Fiducia supplicans. Un texto en el que se nos dan las indicaciones pertinentes para bendecir a personas que siendo divorciadas han contraído un nuevo matrimonio civil, y para quienes conviven y mantienen una relación de pareja estable con otra persona de su mismo sexo. Literatura y discursos sobre el texto han copado todo este tiempo los medios de comunicación tanto religiosos como no religiosos, hasta ser verdaderamente cansinos. Quizá este tema ha llegado a ser en algún momento trending topic –sinceramente lo desconozco-. Pero dentro de todo este alboroto, cual gallinero cuando hay dos gallos juntos, hay una expresión que se ha repetido de manera constante -al menos en lo que yo he podido leer- y es lo que me ha movido a escribir este texto: «el pecado no se puede bendecir». ¡Y claro que no! No se puede bendecir en tanto que es -el pecado- algo inmaterial. Siempre me quejo de la poca comprensión lectora de mis alumnos de Bachillerato. Pero me parece a mí que esta incomprensión abarca un horizonte bastante más amplio. Y es que cuando a un texto se le hace decir algo que dicho texto ni siquiera menciona, la tormenta está asegurada. Por ello, voy a intentar hacer una lectura pastoral de lo que se pretende -a mi entender- con Fiducia supplicans, es decir, repensar lo dicho en el documento y procurar no traicionarlo.
- «Vayamos a la otra orilla» (Mc 4, 35)
El modus operandi de Jesús que se nos muestra en el Evangelio es claro: mirar todo desde otra perspectiva. No se trata de cambiar las cosas porque sí, sino partiendo desde la misma realidad ampliar las posibilidades. El pasaje de Marcos donde se nos narra la tormenta calmada en el mar de Galilea es -a mi juicio- significativo a este respecto y toda una lección magistral. Qué curioso que en el momento en el que Jesús propone ir a la otra orilla se desata la tormenta. ¿La otra orilla es la orilla de aquellos con quienes según las normas no se debía tomar contacto de ningún tipo? No soy especialista en Biblia y por ello no estoy haciendo exégesis bíblica. Lo que pretendo, como ya adelanté, es hacer una lectura pastoral. Por ello, la invitación de Jesús -hablando desde la praxis- es clara: ser capaces de ir más allá, de pensar de otro modo. No ser cobardes ni llenarnos de miedo ante nuevos planteamientos. Sin embargo, en pleno siglo XXI a muchos la propuesta que nos lanza el Evangelio les resulta ajena a su manera de pensar y de sentir; a sus deseos y ambiciones. Y claro, esto hace que se tambalee la fe y que aparezca una especie de miopía que arrebata nitidez a la coherencia de vida evangélica. ¿Por qué nos aterra la simple idea de poder tejer nuevas lógicas? ¿No es eso lo que el Evangelio nos propone con la iniciativa de pasar a la otra orilla?
- El eterno problema (eclesial) de la orientación sexual
Como he indicado al comienzo, Fiducia supplicans da la posibilidad de bendecir a parejas en situaciones irregulares y parejas del mismo sexo. Y de todos es sabido a estas alturas -si no lo saben se los cuento yo- que las reacciones en contra de lo publicado han desatado una tormenta de reproches. Sí, al igual que ocurriera en el mar de Galilea cuando daba la impresión de que todo se hundía (cfr. Mc 4,38), las críticas y recriminaciones no se han hecho esperar. Sin embargo, estas desaprobaciones cargan las tintas sobre las bendiciones a personas de condición homosexual. Y dentro de esta realidad se centran, básicamente, en los hombres. Poco, o más bien nada he leído sobre bendecir a personas divorciadas vueltas a casar. ¿Por qué esta obsesión hacia la homosexualidad masculina? ¿No da esto que pensar? Me da la impresión de que detrás de esta obstinación que algunos clérigos tienen, se esconde una realidad que roza lo patológico. El obispo francés Gérad Daucourt en su pequeño pero enjundioso libro «Sacerdotes rotos» (Sígueme 2023) sostiene que «el tema de la homosexualidad afecta a un buen número de sacerdotes y obispos, en tanto que la ejercen. Muchos de ellos se muestran excesivamente homófobos y creen que así engañan, insistiendo más que otros en la moralidad sexual» (p.26). Esta incoherencia de algunos clérigos entre lo dicho y lo hecho deja al descubierto, a mi parecer, la pérdida de esperanza en Dios, en los demás y en ellos mismos. Porque su lenguaje hiriente y exclusivista manifiesta que la aceptación de la misericordia es una utopía dado que es -la misericordia- un problema. Un problema para ellos, claro está. Cuánto daño ha hecho a no pocos miembros de la Iglesia olvidar -por culpa de algunos discursos mitrados– que «lo propio de Dios es usar la misericordia» (Santo Tomás de Aquino dixit. Cfr. ST, II-II, q.30, a.4). Dios, sí. El único autor y dador de toda bendición.
- ¿Qué se pretende -a mi entender- con Fiducia supplicans?
Toda lectura pastoral debe lanzar una propuesta. Aquí es donde espero no traicionar el texto. Lo primero es indicar grosso modo qué dice Fiducia supplicans y qué es lo que no dice. Para empezar deja bien claro que estas bendiciones no alteran de manera alguna lo que la Iglesia enseña sobre el Matrimonio. Así pues, no hay porqué mencionar siquiera la palabra matrimonio. Al igual que no dice, en ningún momento, que en cuestiones de moral sexual a partir de ahora ancha es Castilla. Porque a decir verdad, en este tema, Castilla no puede ser tan ancha. Fiducia supplicans habla de bendecir. Nada más… y nada menos. Así pues, la cuestión es de lenguaje, de discurso, de qué se dice y cómo se dice. Por ello el trabajo hermenéutico ha de desarrollarse en este bien-decir o decir-bien de los demás. En definitiva, lo que hay detrás de este texto -siempre desde mi parecer- es la imperiosa necesidad de hacer desaparecer de la Iglesia lo que se denomina y conoce como «discurso del odio». Sí, erradicar todo lenguaje que pone al descubierto las posibles emociones tóxicas y sentimientos oscuros que anidan en no pocos creyentes, y que los convierten en seres arrogantes a la par que impertinentes. Realidades estas -arrogancia e impertinencia- que alejan de manera considerable del Evangelio. ¿Aún no somos conscientes de los cortes, heridas y demás desgarros que han producido prédicas cargadas de descalificaciones y que han hecho sufrir a generaciones enteras? ¿Somos tan cortos de miras que no nos percatamos de que cuando el lenguaje va cargado de desprecio, éste -el lenguaje- traiciona y hace que se llame justicia a lo que en realidad hay que denominar discriminación? Muchas más cuestiones podrían surgir pero no es cuestión de ponerlas todas. Sirvan estas dos como muestra para indicar que todo discurso eclesial que descalifique, desprecie y rechace a personas que lo único que pretenden es ser felices al lado de otra, ese discurso hay que hacerlo callar. Pero hacerlo en imperativo: ¡¡Cállate!! Como si fuera el endemoniado de la sinagoga de Cafarnaún (Cfr. Mc 1,25) o la tempestad desatada en el mar de Galilea (Cfr. Mc 4,39).
Termino
Todo lo que he dicho hasta aquí para ahora decir esto: Fiducia supplicans llega tarde. La Iglesia siempre llega tarde. ¿Por qué digo esto? Pues porque me da la impresión de que las personas a quienes van dirigidas estas bendiciones no las quieren. Pero no las quieren porque a estas alturas ya no las necesitan. Han aprendido a confiar en otras realidades sociales que sí bien-dicen de ellos. Pero por si alguien la quiere, si alguien la necesita desde su experiencia de fe, que no olvide que todos los mea culpa jamás tendrán ni estarán a la misma altura que un «Yo te amo». Sí, así, el Yo… con mayúscula.
Fr. Ángel Fariña, OP
