Te perdono
Este año los Reyes Magos me dejaron, entre otras cosas, una entrañable novela de Alessandro D’Avenia sobre el beato Pino Puglisi, sacerdote siciliano asesinado por la mafia en 1993. Entre sus páginas encontré un diálogo tan simple como conmovedor entre el padre Pino y uno de los niños del barrio por quienes trabajó hasta costarle la vida. En un momento dado, el niño le pregunta:
- ¿Tú has ido alguna vez al infierno?
- De vez en cuando.
- ¿Y cómo es?
- ¿Cuál es la cosa peor que has hecho, Francesco?
- No lo sé.
- Piénsalo. Algo por lo que, después de hacerlo, sentiste un dolor horrible del que no sabías cómo liberarte.
Francesco duda. Se estruja las manos, cierra los ojos y se los tapa con las manos.
- Cuando le di patadas a aquel perro.
- ¿Y por qué estuvo mal?
- Porque él no había hecho nada malo.
- ¿Lo ves? Eso es el infierno. La soledad que sentiste cuando le diste patadas a aquel perro. El infierno es todas las veces en las que decides no amar o en las que no puedes amar.
- ¿Entonces iré al infierno?
- No, si pides perdón
- ¿A quién?
- A Jesús, y luego al perro.
- ¿Y eso como se hace?
- Confesándole la soledad que sentiste después de haber llevado a cabo el infierno. Es como contarle una historia y a él nuestras historias le gustan siempre, incluso las más tristes.
- ¿Y cómo hace para escucharme?
- Si me lo cuentas a mí, yo me ocupo del resto.
(Alessandro d’Avenia, Lo que el infierno no es)
Este ingenuo, pero creo que certero diálogo entre Francesco y 3P, como le llamaban a don Pino, me hizo recordar otro diálogo, esta vez de una famosa película. Hay una escena en La lista de Schindler en la que el protagonista le expone al comandante nazi lo que, en su opinión, es el verdadero poder.
- El control es poder. ¡Eso es poder! —, le dice el comandante Amon a Oskar en el contexto de una fiesta.
- ¿Será por eso por lo que nos temen? —se atreve a cuestionar el empresario.
- Tenemos poder para matar. Por eso nos temen. — le contesta borracho de orgullo el asesino.
- Nos temen porque tenemos poder para matar arbitrariamente. Un hombre comete un delito y sabe lo que le puede pasar. Hacemos que le maten y nos sentimos bien. O le matamos nosotros y nos sentimos aún mejor. Pero eso no es poder. Es justicia. Que es diferente del poder. Poder es cuando tenemos justificación para matar y no lo hacemos.
- ¿Cree que eso es poder? — pregunta, incrédulo, aquel que solo conoce la muerte.
- Es lo que tenían los emperadores. Un hombre roba algo. Le conducen ante el emperador. Se echa al suelo ante él e implora clemencia. Él sabe que va a morir. Pero el emperador le perdona la vida. ¡A ese miserable! Y deja que se vaya.
- Creo que está borracho.
- Eso es poder, Amon. Eso es poder.
Uno nunca sabe de qué se puede valer Dios para hablarle al corazón. Por eso conviene no tener demasiados prejuicios. Por mi parte debo reconocer –por profano que parezca– que aquella escena me hizo comprender y creer algo que no por ser elemental tenía yo muy claro. Fue una obra maestra del séptimo arte la que sembró la semilla de un convencimiento que, con el paso del tiempo, ha ido asentándose con fuerza en mi camino de fe y mi relación con Dios: que el atributo donde mejor se revela, y por tanto, el que más y mejor nos hace palpar y experimentar la Omnipotencia Divina es, precisamente, su Misericordia. Y, en consecuencia, que cuando ejercemos la misericordia con los demás participamos del modo más auténtico –más incluso que si pudiéramos obrar milagros como los que nos cuentan de las vidas de los santos– del poder de Dios.
Parece una contradicción. Pero, pensándolo un poco, casi cualquiera puede quitar la vida. Matar o morir –en todos los aspectos– es posible hasta para el más impotente de los mortales. Es dar la vida y dar vida lo que está fuera de nuestro alcance sino es por “participación divina”. El rencor, la venganza y la justicia puramente humana nos asemejan al común de los mortales. Son el infierno y no hace falta ser muy capaz –muy poderoso– para vivir en ellos. El perdón, el amor a los enemigos, la capacidad de excusar a quien nos hace daño –No saben lo que hacen– y la misericordia –poner el corazón en lo que es miserable y no se merece amor–, son atributos imposibles a nuestras solas fuerzas y razonamientos.
Mientras las circunstancias, el mundo, los otros, mis pecados y miserias me quitan la vida, Él es el único que puede devolvérmela. En mis manos está siempre el destruirme y destruir al otro. Me doy cuenta que puedo hacer de mi vida un infierno, pero tocar el Cielo es pura gratuidad. Su poder se hace evidente en la impotencia de Cristo que se deja matar “para el perdón de los pecados”. Es precisamente su Misericordia la que más y mejor evidencia su Omnipotencia.
Escribiendo estas líneas me he dado cuenta de algo. Cuando me arrodillo en la consagración eucarística, mi postura quiere significar la adoración ante Dios, Todopoderoso, que se hace presente en el Altar. Sin embargo, cuando me arrodillo para recibir la absolución, mi cuerpo busca expresar la pequeñez y humillación que corresponde al penitente que suplica perdón. Creo que a partir de ahora, cuando me arrodille en el sacramento de la reconciliación, lo haré no solo por vergüenza e indignidad ante lo que acabo de confesar, sino por adoración ante el inmenso poder de Dios manifestado precisamente en unas manos extendidas y aquellas palabras del sacerdote: Yo te absuelvo.
¿Quién puede perdonar, sino Dios? Creo que esto es así tanto para recibir el perdón de Dios como para ponerlo en práctica entre nosotros. En decir, que cuando llegamos a ser instrumentos de perdón, se nos está concediendo experimentar una “participación divina”.
Nunca he sentido tanta liberación como cuando he dejado que Dios obrara en mí el perdón por una ofensa recibida. Me niego a atribuirme el mérito. Conozco a personas que viven la amargura del no poder perdonar. No creo, ni mucho menos, que sean peores o más rencorosas que quien está escribiendo. Poder perdonar es un don de Dios del que no puedo dar lecciones. Pero sí puedo decir que, cuando nos lo concede y dejamos que se realice en nosotros –siempre somos libres y a veces no queremos dejar de ser los jueces de nuestra propia injusticia–, se acaba el infierno en nuestro interior. Quizá también en el interior de aquel a quien perdonamos, pero no es seguro porque depende de su disposición y reconocimiento. Lo que es seguro es que se obra el milagro en nosotros. Poder es cuando tenemos justificación para matar y no lo hacemos. Y si cada vez que comulgamos el Cuerpo de Cristo entramos en comunión con Dios, con la Trinidad; cada vez que perdonamos, creo que también participamos de Dios.
Sor Teresa Cadarso, OP
