Opinión

La Resurrección tiene un dulce sabor

Estamos en semanas de luz, de color, de alegría, donde hemos pasado del dolor de la Semana Santa a la Pascua. En nuestra cultura y tradición se vive más intensamente el sufrimiento y el paso por la cruz que la Pascua, no hay más que verlo en las procesiones donde suele haber solo un Resucitado y en los días festivos, donde solo algunas comunidades tienen un día festivo por Pascua. Es curioso como así se vive en general en la población, todo el mundo sabe y vive intensamente la muerte de Cristo, pero es más difícil que se sepa lo importante que es la Resurrección. Incluso a veces se convierte simplemente en vuelta a la rutina, pero ¿cómo deberíamos volver a ella? El mensaje del Resucitado es la esperanza, volver renovada tras una experiencia de cruz y que continúa en nosotros. Dios está presente hoy.

Para no olvidar lo que este momento de resurrección significa, siempre me acuerdo (entre otros ejemplos de muerte – resurrección) de una situación que viví en Guatemala estando de experiencia de misión con las Hermanas Misioneras del Rosario, donde viví con intensidad cada situación. En esa intensidad me ví muchas veces en la cruz, sintiendo la frase “por qué me has abandonado” a cada mujer que sufría el maltrato del marido alcohólico, a la chica abusada por su tío, a los niños que trabajaban sin descanso, a los transeúntes con aspecto desaliñado y muy solos, a los padres que sufrían por no poder alimentar a sus hijos y querían buscar un futuro mejor, a las familias que se rompían, a los hombres y mujeres tan sufridos que solo querían vivir.

Yo me sentía como una de las mujeres bajo la cruz, que llena de lágrimas, no podía con mi mente humana comprender que Jesús se quedara ahí. Desde ese dolor e incomprensión acompañaba a las Hermanas en la oración y las veía como a María, en silencio y con la máxima confianza puesta en Dios. Después de que leyeran o escucharan la Palabra actuaban, acompañando a las familias, escuchando a las personas, acercándose al que se pudiera sentir solo, dando fuerza al que se sintiera débil, uniendo, motivando, implicándose en los demás. Con ese buen ejemplo que el Señor me ponía por delante, intente, aunque al principio con ese malestar de cruz, actuar como ellas desde la confianza.

Un día de esos en los que parecía que todo estaba en contra, como la cita que tenía que venir y falló, vimos un documental de la situación de desesperación de los inmigrantes que cruzan en “la bestia” (tren de mercancías que va de México a Estado Unidos), luego nos quedamos sin luz… y apareció uno de los chicos que venían conmigo a terapia. Nos sorprendió verlo ya que no era su día de venir, pero al preguntarle me contestó: “sólo quería traerte estas chuches para que puedas probarlas y disfrutarlas”. Una bolsa de plástico grande llena de todo tipo de caramelos, golosinas, patatas… A una dulcera como yo y en un contexto como el que me encontraba, esos caprichos eran la manera de ver al Resucitado en los rostros de las personas.

Esa tarde, conversé mucho con las Hermanas, tuvimos tiempo para nosotras, para disfrutar de la compañía y de esos bonitos milagros. Tras esta experiencia le siguieron más, como las chicas que me bordaron una blusa, los ratos de caminata con jóvenes adolescentes que tras el corte del primer contacto se abrieron, la ayuda de las mujeres de la parroquia, el ir a comprar con las Hermanas, hacer visitas a personas tan acogedoras.  Todo era cuestión de no quedarse en la cruz, sino vivirla, ponerse en manos del Padre, y ver en cada experiencia la luz y la alegría del Resucitado. A veces como Tomás queremos ver, pero es cuestión de tener fe y observar en tantísimos momentos, caras, experiencias la imagen de Dios que está presente en nuestra vida. Que vivamos estos días con los ojos del Resucitado, disfrutando de cada momento y, si estas en un momento de cruz, con la esperanza que la luz llegará.

Belén Rodríguez