De miradas y redes
Escribo estas líneas en los últimos días de descanso en casa de mi familia. Han sido días de muchos encuentros, diálogos y vida compartida. Constato que cada año (Ya van siete!), casi como si fuese un ritual de vacaciones, de alguna u otra manera, llegamos a una pregunta angular: ¿Por qué sigues queriendo ser fraile? Y a un análisis agudo y crítico de la realidad, sobre todo eclesial. Es un regalo estar rodeado de gente no creyente o con creencias diferentes porque me ayudan a mirar con más profundidad, a reconocer otras formas y estilos que amplían mi manera de entender la vida.
Cada pregunta, cara y sonrisa ante estos temas me devuelven a mis propias preguntas y a aquello que hace que cada retorno a mi comunidad sea una manera de volver a decidir vivir de esta manera. A medida que pasan los años (¡que tampoco son muchos!) cada día le creo más a Benedicto XVI y esto de que no somos cristianos por razones éticas (o razones demasiado razonables, al final y al cabo) sino más bien por un encuentro que nos cambia la vida.
Finalmente, ¿Qué nos hace ser cristianos? ¿Por qué seguimos creyendo? ¿Qué hace que nos dediquemos a este Dios, en este lugar, con estas personas? Y sobre todo, ¡a pesar de todo! Porque tampoco son tiempos demasiado fáciles para la fe. Muchas son las motivaciones, pero tal vez, la más segura de todas es la que nos sugiere el breve y hondo relato de Marcos de este domingo.
Jesús, comenzando su vida de predicador itinerante, presenta el corazón de su misión, pero también de su experiencia: ¡El Reino de Dios está cerca!. El notición que le hace salir de Nazaret es esta experiencia honda de un Dios que se hace cercano, como un padre y un amigo, que quiere que seamos felices. Y por otro lado, la búsqueda de otros. Este Reino no se vive ni se entiende sin otras y otros que comiencen a visibilizar este nuevo mundo de comunión y esperanza.
¿Qué hace que los pescadores dejen sus redes y a su padre? Tal vez tiene que ver con las sutilezas: Jesús va a las orillas, entre el mar y la tierra firme; con un mirar diferente, ve en dónde nadie nunca lo hace, habla en nuestro propio lenguaje y desde lo que somos y hacemos. Y además, invita siempre a algo, a vivir de otra manera, a ampliar horizontes y el corazón.
Esta invitación novedosa implica desplegar nuevas formas de vida y relación. Las redes y los Zebedeos de todos nuestros mares se reubican para crear un espacio nuevo, en dónde el Reino florezca de maneras insospechadas. Nuestra tarea consistirá en cuidar este espacio, siguiendo a Jesús, aprendiendo la libertad y el amor, hasta que lo fecundo estalle.
Cuando me preguntan por qué sigo volviendo a mi comunidad y a la misión, recuerdo mis propias orillas, ahí dónde fui mirado de otra manera, con unos ojos que brillaban el Reino y eso otro que me permite vivir de otra manera. A veces no sé muy bien como explicarlo, pero supongo que las miradas son difíciles de explicar del todo. Ojalá podamos cuidar siempre esa mirada en el corazón y esto que nos sugieren los obispos latinoamericanos en Aparecida resuene siempre: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (DA 29)”
fr. Ignacio Castro Ortega op
