¿Y ahora qué?
¡Ya está, ya está, ya está! Un año más hemos ¿celebrado?, ¿vivido?, ¿pasado?, ¿sentido?, ¿despachado?… la Semana Santa. Y con buen tiempo generalizado por doquier. ¡Ha resucitado! ¡Es cierto que Cristo vive! Pero y ahora… ¿qué?
Siguen la guerra de Ucrania (ya forma parte de la rutina cotidiana; la “actualidad” es un agujero negro que todo lo deglute) y todas las demás guerras, terribles, pero carentes de actualidad, silenciadas: ¡no venden! Siguen los millones de refugiados, desplazados, huidos. Siguen las migraciones forzadas, las muertes en pateras, las vallas con concertinas y las leyes “antiinmigrantes” (que son como minas antipersonas). Siguen la explotación infantil y los abusos, las hambrunas y las epidemias, la falta de medicamentos debida a la especulación de las multinacionales farmacéuticas. Las mujeres siguen siendo explotadas y maltratadas y violadas y asesinadas sólo por el hecho de ser mujeres. Los ricos son cada vez más ricos. La banca, no solo no ha devuelto lo que el estado (es decir, nosotros) les hemos dado en su momento, sino que junto a las abusivas comisiones, presumen de beneficios récord. Mientras tanto, los empobrecidos, los explotados, los humillados, los excedentes humanos, ven multiplicados su dolor y su desesperanza y su pobreza.
En nuestro país (el mismo que hace nada vibraba con desfiles y liturgias religioso-patrióticas, con cristos elevados sobre fornidos brazos legionarios o flanqueados con paso marcial y relucientes fusiles) miles de ancianos siguen malviviendo con pensiones mínimas de vergüenza, sin saber si llegarán y cómo a final de mes, si alcanzará para pagar el alquiler del piso, y siempre con la amenaza del desahucio en el horizonte.
Aumenta el número de jóvenes sin trabajo y sin futuro (¡qué contradicción!) y sin esperanza. Sube el consumo de ansiolíticos para sobrellevar el sinsentido, la soledad y el absurdo. Estamos más conectados que nunca y más solos que nunca. La sanidad, la vivienda, la educación, la cultura, el ocio y la libertad son bonitas palabras, casi siempre sin concreción en la vida real de la gente real; ‘entes de razón’ que manejan nuestros mediocres políticos (sobre todo, en periodos preelectorales), futuribles inalcanzables, quimeras, nada.
¿Se puede celebrar la Pascua cuando en buena parte del mundo es todavía Viernes Santo? ¿Es posible la alegría cuando tanta gente sigue crucificada? ¿No hay algo de falsedad y cinismo en nuestros cantos de gozo pascual? La pregunta es inevitable: si no hay alegría para todos, ¿qué alegría podemos alimentar en nosotros?
Pero Él ha resucitado. Nos lo cuentan aquellas mujeres, fieles hasta la muerte y más allá. También algunos discípulos, que le reconoció en la cena compartida. Un grupito le vio mientras estaban reunidos, asustados y con miedo, faltos de esperanza, derrotados (por cierto, Tomás no estaba, pues ese día jugaba su equipo la Champions y no acudió a la reunión).
En la experiencia de la resurrección se alimenta nuestra esperanza. Por eso, no olvidamos a quienes sufren. Al contrario, nos dejamos conmover y afectar por su dolor, dejamos que nos incomoden y molesten. Saber que Dios hará justicia a los crucificados no nos vuelve insensibles. Nos anima a luchar contra la insensatez y la maldad hasta el fin de los tiempos. No lo hemos de olvidar nunca: cuando huimos del sufrimiento de los crucificados no estamos celebrando al Pascua del Señor sino nuestro propio egoísmo.
Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: “Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida”. Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas porque todo eso habrá pasado.
Ricardo Aguadé, OP
