Religión

Un tiempo para cada cosa

Estrenamos el adviento, un tiempo nuevo. Como todo estreno, nos trae claves nuevas y oportunidades por delante. ¡Me encanta! Corona puesta, velas colocadas, 3…2…1 encendemos la primera, y seguimos. Pero, ¿seguimos igual que antes, pero con una vela encendida?

A veces siento que, absorbidos en determinados ritmos de vida, vamos como con la vista nublada, y no nos damos mucha cuenta de que el adviento son una serie de “señales luminosas” que nos van avisando que algo nuevo y grande está a punto de llegar (spoiler alert: eso grande y nuevo es Navidad. ¡Qué Jesús está a punto de nacer!). Quizá es porque, con la vista nublada, confundimos estas señales con las luces de navidad, las de las campañas publicitarias, las del Black Friday…. Vamos, que tenemos un exceso de información luminosa toda junta, que cada vez somos menos capaces de distinguir qué es qué y qué es dónde. En este contexto, la humilde luz de nuestra primera vela pasa bastante desapercibida.

                En este cúmulo de pensamientos sobre señales y luces, y pensando que este batiburrillo es una pena, pensaba que la luz de nuestra vela alumbra infinitamente más que todas las otras juntas, pero lo hace en otro plano vital. Para verlo necesitamos agudizar nuestra mirada, enfocarla y también abrir la mirada del corazón, que a veces nos olvidamos de ella.

El adviento va de preparación, de espera. Es una oportunidad para salir de lo de siempre, para hacer una pausa en el camino y cambiar de chip, y esto en la vorágine en la que vivimos no nos viene nada mal. En definitiva, creo que es una oportunidad para abrir los ojos y para empezar a hacer limpieza interior según nos preparamos para lo que está por llegar. Este tiempo me lo planteo también como una invitación a prepararnos para anunciar “como Dios manda” la Buena Nueva que está por llegar.

No es el primer año que vemos en las calles, y quizá en muchas casas, que llegó Navidad antes que el adviento. Entiendo que es más vistoso, más colorido, más luminoso… incluso más (mucho más) comercial. Lo que nunca había visto, y tengo que decir que me impresionó fuertemente, es que la decoración de Navidad llegara a una Iglesia antes (bastante antes) que el adviento. Diría que desde ese día no he podido evitar el pensamiento recurrente de que todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo (Ecl. 3,1). Es decir, que hay un tiempo para cada cosa.

                Ahora es tiempo de adviento, de preparación, de paciencia. Y es precisamente este tiempo de adviento el que nos lleva al tiempo de Navidad. Es verdad que, para algunos, para mí la primera, esto de la paciencia y la espera lo llevamos entre regular, mal y muy mal, pero hacer el esfuerzo tiene todo el sentido del mundo y merece la pena.

                Y en este camino de preparación, me gusta especialmente el planteamiento del guion litúrgico de Cáritas, pues nos habla precisamente de lo mucho que tenemos que ver. Así que me tomo la libertad de terminar con la idea que nos proponen para estos 4 domingos de adviento:

Abre los ojos a no tener miedo a realidad.

Déjate mirar: descubre qué es lo que ven los demás en ti, también mira hacia dentro de ti, guarda silencio y escucha tu propia voz y todo lo que quiere decirte.

Enfoca la mirada, que la ceguera o la miopía no te impidan ver.

Que la mirada de Jesús te mueva.

¿A que merece la pena prepararnos durante este tiempo para poder ver mejor lo que está por venir?

Mónica Marco, CSD