Religión

Hazme un favor

Este año retomé el contacto con una amiga del colegio. Desde mi ingreso en el Monasterio nuestras vidas habían continuado por caminos bastante distintos. Aunque yo le seguía felicitando puntualmente por su cumpleaños con un email, nunca recibía respuesta. Así que no había vuelto a saber apenas nada de su vida. Cuando hace unos meses me dijeron que tenía cáncer, fue ella una de las personas que me vino a la cabeza –cuando la muerte se convirtió en algo real, concreto y posible en un tiempo no tan lejano–. No es que tuviera algo pendiente que arreglar antes de que fuera demasiado tarde, pero sentía la necesidad de escribirle una última vez. Ni siquiera sabía si había cambiado de dirección de correo y las posibilidades de que lo leyera me parecían remotas, pero no tenía nada que perder. Esta vez sí me contestó. Y creo que no tardó ni media hora. Como no me morí de aquella, tuvimos la oportunidad de volver a vernos en persona. Me preguntó por qué le había escrito y yo le pregunté por qué me había contestado. Su respuesta me impresionó: “Por primera vez en mucho tiempo no tenías nada que ofrecerme. Eras simplemente tú”.

En realidad, no es que las veces anteriores yo le hubiera ofrecido nada –pues me había limitado a felicitarla–; sino que en esa ocasión me había presentado desde mi más absoluta precariedad, incertidumbre e impotencia. Y aunque no la escribía para pedirle un favor, ni nada, –pues ni siquiera estaba segura de que me fuera a leer–; ni el cambio de tono había sido algo premeditado, sino fruto de mis circunstancias; aquella conversación me recordó un consejo que había escuchado tiempo atrás: Si quieres ganarte a alguien, pídele un favor. He tenido que buscar en google para saber quién había dicho esa frase y, al parecer, es la base del, así llamado, “efecto Franklin”, un método para mejorar habilidades sociales:

La teoría toma su nombre del político y científico estadounidense, pues, supuestamente, utilizaba este mecanismo para convencer a aquellos que no sentían mucha simpatía por él. Cuentan que Franklin conocía a alguien que le odiaba, pero que podía influir en el gobierno.

Para ganarse su trato de favor decidió pedirle prestado un libro de su biblioteca particular. El hombre se sintió halagado y se lo hizo llegar. Una semana después Benjamin se lo devolvía junto a una nota de agradecimiento. En su siguiente encuentro el caballero fue extremadamente agradable con el inventor y se cuenta que desde entonces fueron amigos hasta la muerte.

Y ahora, como en ocasiones anteriores -¡menos mal que mis lectores ya me conocen!- me tendréis que disculpar. Porque desde que hemos comenzado el adviento no dejo de pensar que eso es exactamente lo que Dios ha hecho para ganarse a la humanidad.

Hasta aquella noche de Belén, Dios había sido el Omnipotente, el Todopoderoso. Había hecho muchas y grandiosas cosas por su pueblo. Era el que siempre había estado y estaba ahí, dispuesto y capaz de todo. Como si todo el Antiguo Testamento fuera una continua disposición: ¿Qué quieres que haga por ti? Había hecho de todo: crear, dar vida, bendecir el trabajo, liberar de la esclavitud, separar las aguas, proteger de la muerte, acompañar al exilio, favorecer el regreso, vencer batallas o dar fortaleza en el martirio. De todo. Pero nada había sido suficiente. El hombre seguía lejos de él. En el mejor de los casos creía en Él y lo tenía por su Dios, pero le temía, había un muro infranqueable, una distancia insalvable entre ambos.

Entonces, en aquella primera Navidad, el Todopoderoso se hace débil, necesitado, pobre. Ya no salva al hombre desde su capacidad, sino desde su absoluta entrega: Ecce hommo. Ahí lo tenéis. Ya no se impone –con proezas impresionantes que no dejan lugar a dudas–, sino que se pone en nuestras manos. Ya no es un Dios que ofrece poder e intercesión como principal forma de presencia entre nosotros. Es un Dios que requiere de unos brazos que le acunen, unas manos que le acaricien y unos labios que le besen –si quieren, como si de un favor se tratara–. Él, que no necesita nada, se hace menesteroso para ganarse nuestros corazones. Y lo hace sabiendo y asumiendo –hasta el extremo– el riesgo que corre: recibir patadas en lugar de abrazos; bofetones en lugar de caricias o insultos en lugar de besos.

«Dios, en resumidas cuentas, nos deja libres. Libres de seguirle, libres de abrazarle. Libres de rechazarle, o de creer que Él no existe. No nos impone nada y, sobre todo, no se impone.

Es Jesús mismo quien nos dice: «No os llamo siervos, sino amigos». Y la amistad necesita un clima de libertad, de propuesta; en ningún caso, desde luego, de imposición. Y justamente para la salvaguardia de esta indispensable libertad es por lo que el Dios cristiano no es evidente, sino que se manifiesta sólo mediante signos e indicios, y ha decidido revelarse y esconderse simultáneamente. Si fuese evidente, si se mostrase desde detrás de las nubes, estaríamos como con las espaldas pegadas a la pared, obligados a aceptarle a Él y también a su Ley. Terminaría así borrada nuestra libertad y, al mismo tiempo, la posibilidad de una fe no como obligación sino como encuentro, como confianza. Como amistad, en una palabra.

Podríamos continuar ampliamente, ya que este punto es de mucha importancia. Por ahora, me limito a esta anotación de Jean Guitton que recogí también en mi Hipótesis sobre Jesús: «El Dios cristiano es discreto. Ha puesto una apariencia de probabilidad en las dudas que se refieren a su existencia. Se ha rodeado de sombras para hacer que la fe sea meritoria, y, sin duda, también para tener el derecho de perdonar nuestro rechazo. Hacía falta que la solución contraria a la fe conservase verosimilitud, para dejar completa libertad de acción a Su misericordia». (Del libro Por qué creo de Vittorio Messori)

Nos hace el favor de nuestras vidas –nos redime– y lo hace como si fuéramos nosotros los que le pudiéramos hacer algún favor: “el que a vosotros os recibe, a mí me recibe”; “todo aquello que hicisteis… a mí me lo hicisteis”; “tengo sed”. Su divinidad nos asusta, le hace el eterno Otro, inalcanzable. Su humanidad nos arranca la ternura que no sabíamos ni que teníamos. Aún más, lo hace tan discreta y humildemente que, en caso de rechazo u omisión, encuentra la disculpa perfecta: “No saben lo que hacen…”.

Sin embargo, debo puntualizar algo: en este caso no se trata de un magnífico plan estratégico marcado por la “habilidad social” y el empleo de métodos asertivos por parte de Dios para ganarse al hombre. La Encarnación de su Hijo y Redención del género humano no es un cálculo muy bien pensado. Es solo fruto de su amor.

Sor Teresa Cadarso, OP