Lo que se necesita es un buen golpe de estado…
Una vez más recurro a la «captatio» para poner título a un texto. Porque, a decir verdad, mi intención no es hablar de política ni dar mi opinión sobre las manifestaciones y protestas ocurridas sobre todo en Madrid y en algunas ciudades más de este país. Quienes me conocen saben que no expongo en público cuestiones políticas y mucho menos en internet. ¿Por qué? Pues porque todos sabemos -y en algunos casos lo hemos experimentado- que internet es un arma de doble filo con un poder de destrucción total. Ahora bien, lo que no puedo negar es que en la trastienda de estas letras sí que reside lo ocurrido -en el momento en el que escribo este texto aún ocurre-. Por ello, lo de «golpe de estado…» lo digo en serio. Pero no piensen que hablo de liarnos a tiros y emprender una contienda que lo único que mostraría, una vez más, es el continuo fracaso como especie humana. Repito: fracaso humano. Sí, porque cada vez que surgen el desprecio y los enfrentamientos como consecuencia del odio se deja bien claro que somos unos fracasados. Si se han fijado bien, en el título de esta entrada en la web hay unos puntos suspensivos. Con ellos pretendo indicar que la frase está sin terminar. Así pues, la frase completa quedaría así: «Lo que se necesita es un buen golpe de estado intelectual».
Creo que a estas alturas de nuestra historia más reciente y en vista de los acontecimientos nada agradables que están ocurriendo es necesario, por no decir urgente, que eruditos en todas las ramas del saber alcen la voz. Sabios que nos despierten del letargo de la indiferencia y nos saquen de esta especie de trashumancia en la que ya varias generaciones hemos caído sin saber muy bien cómo. Soy de los que aún confía en la palabra y por ello creo que en estos tiempos inciertos urge una palabra firme y sensata que, alejada de ideologías, zarandee conciencias y nos haga caer en la cuenta de que es preciso ir más allá de la mera sensación. Como también, lejos de rencores y resentimientos, nos deberían revelar, cada uno desde su cátedra, lo que es conveniente e inconveniente, lo que es beneficioso o dañino, lo adecuado y lo inadecuado. ¿Y esto para qué? ¿Con qué finalidad? ¿Para qué serviría este «golpe de estado intelectual»? Pues, sinceramente, y desde mi humilde opinión, -aunque a alguno le pueda parecer un poco moñas- para no perder un derecho fundamental de toda persona: el derecho a la esperanza.
A este respecto de la esperanza un buen hermano me dijo el otro día mientras conversábamos sobre lo humano y lo divino: «se nota que estás leyendo a María Zambrano». Y no le falta razón. Yo no sé si se me notará o no, pero en sus textos he encontrado un verdadero manantial de sabiduría en los que se pueden descubrir conceptos, metáforas, ideas y palabras para que hoy, 32 años después de su fallecimiento, se puedan seguir tomando en préstamo y podamos ser capaces no solo de intentar comprender nuestra realidad de seres que piensan y sienten sino, también, procurar afrontar este momento histórico tan convulso como apasionante de la manera más sensata posible. Para Zambrano la esperanza es ese «puente que se alza sobre toda situación sin salida». Pero la esperanza no sabe de enfrentamientos, ni puede lanzarse hacia ninguna clase de guerra. Por ello, por muy imperfecto que pueda parecer el momento histórico actual –no se debería perder de vista que toda la historia es imperfecta- recurrir a la barbarie en lugar de apostar por la civilización es no querer comprender que es «en lo negativo donde la esperanza encuentra su campo, su sitio» (Zambrano dixit). Y es que las disensiones no se arreglan a lo bruto. Por ello es que insisto en la idea de «golpe de estado intelectual». Y reconozco que puedo estar obcecado con la idea, pero pienso que es la única manera democrática de intentar frenar ciertos comportamientos que de una u otra manera escandalizan. Porque salir a la calle y manifestarse claro que es democrático –aunque resuelva poco, o nada-; pero salir para lanzar bengalas, petardos y botellas junto con el vuelco de contenedores y demás, muestran una esencia considerablemente troglodita. Como salir rosario en mano de una forma tan farisea a la par que populista, lo único que hace es potenciar un marketing político-religioso cuyo resultado es que el enfrentamiento, el odio, el desprecio y la burla hacia lo sagrado vaya in crescendo cada vez más.
Todos, me atrevo a decir, queremos transformar la sociedad a mejor. Y un buen comienzo para ello, en lugar de salir a la calle, puede ser tomar un buen vino. Pero no tomarlo solo sino acompañado de un sabio. Sí, alguien que nos zarandee y que nos haga descubrir que la esperanza tiene que ir creciendo para que nuestro entendimiento pueda descubrir la salida donde, a priori, parece que no la hay.
Fr. Ángel Fariña, OP
