Cultura

Falsa Humildad

Terminamos el mes de enero con la fiesta de santo Tomás de Aquino. Y este año, además, con la apertura del triple jubileo de su nacimiento (800 años, el próximo 2025); de su muerte (750 años en el 2024) y de su canonización (700 años, este 2023). Este 28 de enero era día de celebración para la Iglesia y especialmente para todos los dominicos. Reconozco que me sentí feliz de que Dios me hubiera llamado a ser “hermana” -¡qué desproporción!- de este santazo.

Sin embargo, noté, y no deja de cuestionarme, un cierto complejo que tenemos para destacar y promover algunas figuras de nuestra historia, sobre todo cuando se trata de “intelectuales”. Hablamos con facilidad y cómodamente de san Martín de Porres y no tenemos reparo por decir que nos encomendamos a él; pero mencionar a santo Tomás de Aquino y decir que lo tenemos como referente de santidad… ya es harina de otro costal: ¿quién se atreve? Me da la impresión de que, en el fondo, aunque no lo reconozcamos explícitamente, identificamos la intelectualidad con la soberbia y la incultura con la humildad.

Por supuesto que las circunstancias curten a las personas. Y agacharse para limpiar un váter de vez en cuando es un ejercicio sanísimo de realismo y sencillez que nos hace palpar nuestra pequeñez. También es cierto que una vida imbuida entre libros tiene el peligro de desconectarnos de la realidad y del otro. Pero, lo que estoy tratando de decir, es que la simpleza –no digo simplicidad- y la ignorancia no son automáticamente sinónimo de humildad y, para el caso que nos ocupa, que el intelectualismo y el servicio a la razón no son en sí mismos identificables con el egoísmo acomodado y la soberbia. Y a veces parece que confundimos y mezclamos esto. Y podemos acabar avergonzándonos un poco –nunca de manera explícita- del Carisma propio de la Orden de Predicadores que, si me lo permitís, tiene mucho de búsqueda de la Verdad que no deberíamos enfrentar -¡todo lo contrario!- con el servicio a los pobres, como si fueran perspectivas contrapuestas por las que hubiera que decantarse, descartando una o la otra.

El otro día estaba buscando una cita. No sé cuántas horas me pasaré buscando citas que recuerdo haber leído y no sé dónde ni a quién. El caso es que me encontré con otra –que no era la que buscaba, claro- pero que tenía relación con este asunto. Me preguntaba estos días acerca de la humildad, el servicio y los intelectuales ¿Dónde está la verdadera humildad? ¿y el verdadero servicio? ¿En buscar la escoba y rehuir los libros?

Tenía entre mis manos las famosas Cartas del Diablo a su sobrino de C.S. Lewis, y en boca del mismísimo demonio reconocí el sutil engaño en el que no pocas veces caigo (¿caemos?). Con la genialidad, profundidad, humor y sentido común propios de este autor, el retorcido Escrutopo le explica a su pupilo el fin que Dios –el Enemigo, para él- busca con la virtud de la humildad:

«Con esta virtud, como con todas las demás, nuestro Enemigo quiere apartar la atención del hombre de sí mismo y dirigirla hacia Él, y hacia los vecinos del hombre». A renglón seguido, le aconseja cómo manipular esto a su favor, y cómo conseguir pasar de la virtud a la falsa humildad, para evitar que el hombre se olvide de sí y fije su mirada en el Otro, y en los otros:

«En consecuencia, debes ocultarle al paciente la verdadera finalidad de la humildad. Déjale pensar que es, no olvido de sí mismo, sino una especia de opinión (de hecho, una mala opinión) acerca de sus propios talentos y carácter. Algún talento, supongo, tendrá realmente. Fija en su mente la idea de que la humildad consiste en tratar de creer que esos talentos son menos valiosos de lo que él cree que son. Sin duda son de hecho menos valiosos de lo que él cree, pero no es esa la cuestión. Lo mejor es hacerle valorar una opinión por alguna cualidad diferente de la verdad, introduciendo así un elemento de deshonestidad y simulación en el corazón de lo que, de otro modo, amenaza con convertirse en una virtud. Por este método, a miles de humanos se les ha hecho pensar que la humildad significa mujeres bonitas tratando de creer que son feas y hombres inteligentes tratando de creer que son tontos. Y puesto que lo que están tratando de creer puede ser, en algunos casos, manifiestamente absurdo, no pueden conseguir creerlo, y tenemos la ocasión de mantener su mente dando continuamente vueltas alrededor de sí mismos, en un esfuerzo por lograr lo imposible».

Así que ni la escoba ni los libros nos hacen humildes. Tampoco nos hacen automáticamente virtuosos. No es la tarea en sí la que cultiva la virtud. Sino la disposición del corazón con que se hace. San Martín barría y santo Tomás escribía, y los dos los hacían para servir a los demás y para la gloria de Dios. Y la clave está en la segunda parte: para servir a los demás y para la Gloria de Dios. Porque también se puede barrer para satisfacer nuestras manías y escribir para darnos gloria a nosotros mismos. La cuestión no es el qué, es el para qué, o para Quién.

Es verdad, «no se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa» y, sobre todo «para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 13-16).

Parece ser que se trata de poner al servicio de los demás los dones recibidos de Dios, no negarlos, ni esconderlos ni rebajarlos, sino entregarlos. Los dones concretos y reales, y no los que uno hubiera elegido tener; tampoco los que los demás vayan a valorar más o los que no parezcan aparentemente más útiles. Porque cuando alabé el otro día a Tomás de Aquino, alguien me comentó -como si fuera un ‘pero’ en su historial- que era muy ingenuo y “muy suyo” para la vida comunitaria. Y entonces me acordé de otra idea que leí hace más tiempo todavía. Y que tacharíamos de políticamente incorrecta, si no fuera porque la firma Karl Rahner:

«No es verdad que un hombre, que un cristiano, pueda y deba realizar, en una sola vida, todas las posibilidades, todas las tareas y todas las gracias de la vida cristiana. Cuando se piensa que la vida cristiana debe ser realizada en su totalidad por cada individuo, el resultado no es otro que la mediocridad. La Iglesia es un organismo en el que todos los miembros no pueden asumir la misma función, aun cuando cada miembro debe estar al servicio del conjunto y de todos los miembros».

En efecto, ya le había dicho el Señor a santa Catalina que había repartido los dones entre sus hijos para que nos necesitáramos entre nosotros. Así que ser santo no puede significar tener todas las cualidades a la vez y hacerlo todo perfecto. Y tener un defecto, o no ser muy bueno en algún aspecto, no tiene por qué ensuciar necesariamente el don que sí se ha recibido. Puede que nuestro buen hermano no se pudiera definir como la alegría de la huerta, puede que no supiera freír un huevo (no sé si en aquella época se comían fritos ni si, de hecho, santo Tomás no lo sabía freír) pero da la impresión de que no se quedó atascado en los dones que no tenía o que los demás le exigían. Dio lo que sí tenía y lo dio con excelencia, con inmensa entrega, sin reservas, con generosidad, sin buscar recompensas, ni halagos ni reconocimientos. Y dejó que el resto hablara… “Buey mudo” le llamaron quienes solo juzgaron desde fuera.

Entonces oyó que el crucifijo de la pared de la capilla hablaba a Tomás y le decía: “Tomás, has escrito bien de Mí. ¿Qué recompensa quieres?” A lo que Tomás replico: “Señor, nada más que a ti mismo”.

Teresa Cadarso