Opinión

El placer de lo de siempre

Sé que estábamos de celebración, aunque no recuerdo exactamente el motivo. Quizá fuera un cumpleaños, o un aniversario, o vaya usted a saber. El caso es que habíamos salido a comer a un restaurante porque la ocasión lo merecía. El camarero había ido anotando la elección de cada cual y llegaba mi turno. ¿No tendrá lentejas? La carcajada fue generalizada. ¿Qué pasa? pregunté sin entender nada. Si hubiéramos estado en verano todavía hubiera comprendido la extrañeza, pero en invierno… Tienes 364 días del año para comer lentejas en casa y te vienes a un restaurante a pedir lo mismo de siempre.

Lo cierto es que la falta de oportunidades para nuestros niños y jóvenes es un mal que debemos combatir desde todos los ámbitos de la sociedad. Pero el exceso de opciones a nuestro alcance he visto y experimentado que puede producir tanta o más infelicidad que su contrario. Tenerlo todo a nuestra disposición y no decidirnos nunca; poderlo casi todo y no comprometernos con nada; empezar el plan A sin renunciar a la opción B, C, y D. Sin necesidad de asumir responsabilidades porque guardamos un as debajo de la manga. Probar, sí, ¡de todo! Salir a la conquista sin quemar las naves. La vida se convierte en una acumulación de experiencias sin necesidad de implicarse, sin llegar a tomar opciones fundamentales, o a identificarse con nada ni nadie. El mundo a nuestra disposición y la insatisfacción en el corazón.

Una vez fuimos a visitar a mi tía monja en unas vacaciones de verano. Me dieron envidia aquellas mujeres encerradas con lo esencial y mucho más felices de lo que yo lo era entonces. Llevo 12 años dentro de clausura y la verdad es que muchas veces he pensado que fui bastante ingenua en aquella visita al locutorio del monasterio. No puedo negar que el sufrimiento está presente en esta vida como en cualquier otra, la amargura y a veces también la insatisfacción. Sin embargo, estos no son producto del reducido número de opciones, limitadas por los metros cuadrados en que habito y el régimen de vida que profesé con nuestras constituciones. Sufro, me amargo, o estoy insatisfecha pero no podría asegurar que el dejar abiertas el resto de opciones vitales me ahorrara o redujera algo de todo esto. Puede que madrugar me haga levantarme algo malhumorada por las mañanas, pero no suavizaría mucho más mi carácter si me pasara el día en la cama. Puede que la obediencia me cueste, pero tengo comprobado que no soy más feliz cuando hago lo que me da la gana. Puede que la vida de comunidad me decepcione unas cuantas veces, pero no estoy más satisfecha cuando me encierro en mi celda. Cuando una elección cuesta, quizá la solución no sea la de saltar automáticamente a la otra. Puede que el problema no sean nuestras opciones por sí mismas, sino el modo en el que nos situarnos frente a ellas.  

En ocasiones –he de confesarlo–, la elección que hice me defraudó; en etapas no tan lejanas he sentido una profunda insatisfacción al descubrir que mi opción no era lo que había imaginado y sospecho que decepciones de este tipo me quedarán otras tantas, como me sucedería en todos los estilos de vida posibles. Fue en esas ocasiones donde descubrí que la fidelidad –que es don y tarea– a lo que en un momento concreto ya no nos resulta tan atractivo o placentero es precisamente lo que nos devuelve la satisfacción perdida y, cuando lo hace, mejora todo lo anterior.

Elegir es amar, pero, sobre todo, amar es volver a elegir cada día. Puede que elijamos por amor, pero lo que es seguro es que no se puede amar sin volver a elegir a cada momento. No creo que la fidelidad sea la actitud pasiva y resignada de quienes no han tenido otras oportunidades en la vida. Como si no les hubiera quedado más remedio. Pero tampoco creo que la fidelidad a la opción tomada libremente sea la respuesta a una continua y permanente satisfacción placentera. Quienes perseveran en sus opciones no están exentos del sufrimiento, la amargura, la insatisfacción o la tentación de probar otros caminos. Sospecho que aprender la fidelidad es dejar que sea nuestra mirada la que se renueve cada día, y no nuestras elecciones. Es encontrar en lo de siempre la razón que nos llevó a optar por ello y permanece todavía. Es disfrutar del placer de nuestras decisiones libres. Y descubrir que lo aparentemente invariable de nuestras vidas es lo que tiene el mayor poder de transformarnos interiormente. No es conformarse con lo que hay –como debían hacer en mi casa con las lentejas de mi madre–, que a la primera oportunidad buscamos cambiar y probar algo nuevo y distinto. Es volver a elegir cada día aquello que queremos amar, aun cuando en determinados momentos no nos resulte tan atractivo. Es estar convencido de que es posible volver a encontrar en nuestra elección el placer que sigue estando como al principio, aunque de modo diverso: mucho más profundo, mucho más real.

Sor Teresa Cadarso, OP