Solidaridad

No apartes tu rostro del pobre

Ayer por la mañana, domingo soleado del mes de noviembre, aproveché como otros paisanos para hacer un poco de deporte al aire libre. Subiendo hacía la sierra cordobesa el entorno era muy agradable, no había mucha gente y la que había, disfrutaba de un rico desayuno o como decía, haciendo deporte, paseando, corriendo, montando en bicicleta… En ese momento de agradecimiento por el bonito día y el buen ambiente mientras escuchaba mi música favorita, ví por el rabillo del ojo a un chico sentado en un bordillo mirando hacia abajo, tapándose la cara. Pasé de largo por ser un desconocido pero algo me hizo parar (creo que el Señor me dió un toquecillo). En ese momento me acordé de aquellas misioneras con las que había compartido y que me enseñaron a acercarme a cualquier personas (evidentemente con prudencia). Dí la vuelta y efectivamente era un chico joven, alto, de piel negra, cuyo rostro no podía ver pero su postura era de tristeza. Ví que junto a él solo había una pequeña maleta con las ruedas rotas y una manta. En esos segundos, me vino a la mente los testimonios que había escuchado y leído de diferentes chicos que habían salido de su país y cuando llegaron al nuestro sintieron la soledad. Tras un duro camino lleno de mafias y problemas, llegar “al paraíso” soñado, poder entrar y recibir la primera atención y ayuda, de repente se veían en un lugar desconocido sin conocer nada ni a nadie, donde la gente solía ir “a su bola”. Mi mente juzgaba la realidad de este chico, no conocía nada de él, no sabía su situación, ni si su historia era como la que me había imaginado, pero algo me decía que me tenía que acercar.

-“¡Hola! Perdona.”

No, no– respondía sin levantar la mirada.

– ¿Éstas bien?

No, no– respondía sin querer hablar.

Me gustaría continuar la historia contando que hablé con él y que buscamos soluciones a sus problemas pero la realidad, es que no pude ver su rostro ni quiso hablar. No pude saber su situación ni buscar posibles soluciones. Pero ahora, no podía “apartar mi rostro del pobre”.

Ayer, la Iglesia celebraba la Jornada Mundial de los Pobres y cuyo lema de este año era “No apartes tu rostro del pobre”. El Papa Francisco nos impulsa a mirar, mirar a los que pasan dificultad, sobre todo a las personas que viven en zonas de guerra, a los jóvenes que viven sin esperanza por su futuro, a los desplazados, a los que tienen problemas económicos, a los que son explotados…Unos rostros de la pobreza de hoy en día muy variados y de motivos muy diferentes, económica, espiritual, afectiva, de libertad, etc. Pero es hacia donde tiene que dirigirse nuestra mirada, para conocer la realidad y poder dar respuestas.

Francisco nos decía: “Los pobres  se vuelven imágenes que pueden conmover por algunos instantes, pero cuando se encuentran en carne y hueso por la calle, entonces intervienen el fastidio y la marginación”. Sin embargo, la parábola del buen samaritano, subraya, interpela el presente. “Delegar en otros es fácil; ofrecer dinero para que otros hagan caridad es un gesto generoso; la vocación de todo cristiano es implicarse en primera persona”, recordaba el Papa.

Nuestra mirada tiene que salir de nosotros mismos, de nuestros egoísmos y mirar a quién tenemos al lado y con quién nos cruzamos. Es mirada de compasión, muy al estilo de Santo Domingo, de sentir junto al otro e ir más allá. Nos tiene que trasformar y llevarnos a la acción, pero no desde la superioridad, sino desde la fraternidad, desde el acercamiento, la escucha, el diálogo y el consejo. Es hacer un trabajo conjunto, fomentando las relaciones humanas y el compartir para encontrar soluciones amplias y realistas. “Quienes viven en condiciones de pobreza también han de ser implicados y acompañados en un proceso de cambio y responsabilidad», escribía Francisco.

Que esta jornada nos haya llevado a la reflexión y que vuelva a poner como prioridad, como hace Jesús, a los pobres de nuestra época. Que sepamos mirar a quién tenemos a nuestro lado con compasión y que demos respuesta a las situaciones que llevan a la pobreza de forma unida, favoreciendo el encuentro y el diálogo fraterno. Donde los pobres tengan voz y se impliquen de forma activa, siendo los hermanos acompañantes y apoyo en el proceso de cambio.

Belén Rodríguez Román.