¿Lo permite o lo quiere?
En el convento de santa Sabina de Roma, donde se encuentra la Curia de la Orden de Predicadores (dominicos), hay una pintura de la Santísima Trinidad del dominico Couturier (1897-1954). En ella el Padre tiene sus brazos abiertos y, en ellos está el Hijo colgado en posición de crucificado. Ambos se están mirando mientras el Espíritu aletea en forma de paloma encima de sus cabezas. Hay muchas representaciones de la Trinidad en el momento de la Cruz. Pero lo que me llamó la atención de esta –quizá sea mi ignorancia y no sea algo tan extraño– es que no había cruz, propiamente hablando. No aparece el madero por ninguna parte y el Hijo parece estar clavado… en los brazos del Padre.
Generalmente en esta iconografía de la Trinidad, los brazos del Padre sostienen al Hijo clavado en la cruz. Sin embargo, en este caso parece que fueran la cruz misma. No sé si era la intención de autor o es mi apreciación, pero aquel intercambio –entre el madero y los brazos del Padre– me parecía que le daba una interpretación distinta a la pintura y, en concreto, a la pasión de Jesús. Disculpadme si esta vez rozo la línea roja de la ortodoxia e ignorad este escrito si no os sirve para el bien. Puede no sea muy exacta y mi lenguaje no se corresponda con la precisión de los teólogos, pero escribo como creyente que piensa; más que como pensadora que cree
Hace unos meses me diagnosticaron cáncer. No había cumplido los treinta años y, de un día para otro, mi mundo cambió sustancialmente. Pasé de vender pastas a ponerme goteros; de correr por los claustros a recorrer el hospital; de aprender a hacer tartas a rezar para no perder demasiada movilidad en el brazo. En una ocasión coincidí en el hospital de día con una mujer que se confesó atea: ¿Has jugado alguna vez a la lotería? me preguntó. No suelo, contesté. Pues deberías. Hay casi más probabilidades de que te toque algo en los juegos de azar a que te toque un cáncer con esa edad. Está claro que tienes suerte. La mujer consideraba que mi presencia allí –con mi juventud, con mi hábito y rosario incluido– era una prueba más –y especialmente evidente– de la inexistencia de Dios.
Poco después, una amiga y hermana me hizo la terrible pregunta: ¿Tú crees que Dios quiere esto? ¿O lo permite? No sé quién temía más la respuesta, si ella o yo. Me eché a reír. Después de unas cuantas quimioterapias, de haber perdido el pelo y las fuerzas, y haber aprendido a vivir con un futuro completamente incierto, aquello de “Dios lo permite, pero no lo quiere” ya no se sostenía por ningún lado. Me sonaba a respuesta piadosa. Cargada de ingenuidad. Completamente ridícula si se quiere mantener al mismo tiempo que Dios es Omnipotente y Creador. Una respuesta correcta, sin duda, pero insuficiente cuando la vida se te pone patas arriba. Una respuesta satisfactoria, también, si no fuera porque a ese que ha permitido esto –suponiendo que no lo ha querido– es al mismo al que le has consagrado tu existencia.
Esa señora con la que me encontré tenía razón. Si Dios no hubiera querido esto, hay un enorme porcentaje de jóvenes –incluso con un gen positivo– que no desarrollan cáncer. Si Dios no hubiera querido, podía haberse descubierto antes y haber evitado la quimioterapia. Y también, si Dios no hubiera querido esto, podría haberse descubierto cuando ya no hubiera nada que hacer. Hay muchos casos posibles sin tener que recurrir a lo sobrenatural. Mientras que en nuestra cabeza las posibilidades son infinitas, la voluntad de Dios se impone en lo concreto de este instante.
No voy a hablar del problema del mal que a tantos hombres y mujeres ha llevado a la conclusión de la ausencia de Dios. No es mi intención desarrollar argumentos que no tengo, sino, contemplar esa pintura que vi una vez en el convento de Roma y que se actualiza en cada cristiano que experimenta el dolor. Si usamos la lógica nos encontramos con algo espantoso:
El Hijo se consagra y vive para cumplir la voluntad del Padre.
El Hijo muere en la Cruz [afirmando: “Todo está cumplido”].
Ay, ¡como me gustan las reglas de tres y qué poco oportunas son en esto de la fe!… ¿Es la voluntad del Padre que el Hijo muera en la cruz?
Pues, perdonadme, pero lo voy a decir. Yo creo que sí. Creo que si eres más fuerte que la muerte y has creado tú mismo las leyes de la naturaleza, pues no tienes porqué desdecirte. Creo que es precisamente la omnipotencia de Dios la que le hace estar aparentemente callado, quieto, inactivo –siempre a nuestros ojos, que no ven casi nada–, ante el sufrimiento del Hijo o de sus hijos. Decide que no se salta las reglas del juego que Él mismo ha diseñado. Igual que no suprime la libertad de quienes torturaron a su Hijo; tampoco altera las leyes de una naturaleza que ha sido por Él creada. Pero no solo eso; no es que se ate las manos resignado, sino que Él ha vencido a la muerte y tiene esa certeza. Por eso no se rebela nervioso intentando evitar lo que vendrá. Como si en esos fugaces instantes decisivos se jugara todo. Esos somos nosotros, que todavía dudamos, y creemos que, si evitamos aquello, podremos ahorrarnos tal o cual cosa. Es absurdo. Nunca fumé, por cierto. ¡Y menos mal que no lo hice por evitar el cáncer! ¡Tendría aún más motivos para estar cabreada!
«Santo Tomás de Aquino recuerda que hay dos formas de ser causa de un efecto: directamente, actuando con ese fin, y esa es la manera en que los perseguidores de Cristo lo mataron; y no impidiendo dicho efecto, cuando se puede evitar: «Por ejemplo eso se dirá de alguien que moja a otro por no cerrar la ventana por donde entra la lluvia.» (…) Así pues, Jesús no cierra la ventana. Deja caer sobre su humanidad una lluvia de golpes. Podía evitarlos… Hace falta que él lo quiera». (Fabrice Hadjadj)
Pienso que la voluntad del Padre para mí en estos momentos pasa misteriosamente por este cáncer. A veces descansar en la voluntad del Padre se experimenta como ese ser clavado en un madero en el que el alma grita: ¿Por qué me has abandonado? ¡Sus brazos son el madero! No es la mía una fe de esas que podríamos decir firmes. Pero ante este misterio, hay dos cosas que contrarrestan el escándalo. Una ya la he mencionado: la omnipotencia divina. Es fuerte el amor como la muerte (Can 8, 6). ¿Quién nos separará del amor de Dios? (Rom 8, 35) ¡En todo vencemos por Aquel que nos amó! La única manera de atravesar la enfermedad sin desesperar es creyendo que la muerte –llegue cuando llegue – no tiene la última palabra.
Y la segunda fuerza que contrarresta el escándalo está también representada en este cuadro. El Padre y el Hijo encuentran sus miradas en el momento del dolor. Sus brazos extendidos en forma de cruz son, al mismo tiempo, reflejo de un abrazo que lo dice todo. La cruz se convierte así en el lugar de la comunión más íntima, de la cercanía, en el altar de un Amor que nos transforma. ¡El madero son sus brazos! Que Dios sea omnipotente y “no mueva un dedo” por quitarnos el dolor no significa que esté indiferente, en su trono, observando la escena con curiosidad o peor, disfrutando de un morboso entretenimiento mientras nosotros sufrimos aquí impotentes. El que era impasible aceptó sufrir la pasión por nosotros. Y sigue llorando, doliéndose, retorciéndose, con nosotros. Sosteniéndonos.
¿Lo quiere o lo permite? Para mí es lo mismo, aunque no significa que lo desee, y menos aún, que nos abandone a nuestra suerte.
Escrito en la fiesta de la Exaltación de la santa Cruz
Sor Teresa Cadarso O.P.
