Opinión

Me dejé el móvil en casa… ¡y sobreviví!

Tras un merecido parón, llegó el temido septiembre. Aunque, a decir verdad, el verano de parón tuvo más bien poco. Fue más bien una serie de distintos “saraos”, cada cual más interesante y rico que el anterior, y tan emocionante como agotador. Y así, una mañana, sin casi darme cuenta… ¡había llegado septiembre!

Septiembre traía nuevos “saraos” que no se hicieron esperar: mudanza, nuevo trabajo, nueva misión, nuevos horarios…. Todo nuevo e interesante, ¡pero todo junto! Así que septiembre también trajo las prisas, las carreras, los ojos y los oídos bien abiertos para enterarme de todo lo nuevo que me tocaba gestionar, la nueva gente y los nuevos nombres…. incluso reapareció un viejo amigo muy querido: el pensamiento mañanero de “a mi me faltó noche”.

En este contexto de “mañanas contrarreloj” el otro día salí de casa corriendo, con la hora pegada, y al entrar en el metro lleno de gente tuve la impresión de soltar un suspiro de alivio y celebración porque logré entrar en el vagón por los pelos. También he de decir que el alivio me duró nada y menos… ¿y mi móvil?

Un minuto de pánico, otro de desconcierto y finalmente uno más de resignación. Estaba claro, lo había dejado encima de mi mesa. No tenía tiempo de desandar el camino para buscarlo, así que intenté resignarme a no tenerlo… pero mi día iba a ser larguísimo. ¿Qué iba a hacer toooodo el día sin móvil?

En medio de una lucha de pensamientos, me convencí de que no era el fin del mundo, total, antes vivíamos sin móvil y nadie se había muerto por eso (es verdad que un antes muy antes). Para salir de mi enfado conmigo misma por tremendo olvido empecé a observar con detenimiento a la gente. Hacía mucho que no prestaba atención a los libros que la gente leía… me di cuenta de que ahora había más bien pocos. Compartía vagón con una multitud de personas absortas en las pantallas de sus móviles, la mayoría igualmente aislados con sus cascos. No levantaban la mirada ni para salir del vagón en la parada correspondiente. Seguramente de haber tenido mi móvil, de todo esto no me hubiera ni enterado, probablemente hubiera ido yo igual de entregada a mi pantalla – aunque hay días en que sigo siendo un extraño espécimen leyendo un libro en papel.

A lo largo del día tuve muchas ocasiones de observar lugares, personas, actitudes, grupos de gente que caminaban (físicamente) juntos pero cada uno a lo suyo…. Según avanzaba el día fui tomando conciencia de tener una sensación de liberación muy interesante. El tiempo parecía transcurrir de otra manera, y aunque mi rutina era muy similar a la de días anteriores, me di cuenta de infinidad de cosas que sucedían a mi alrededor.

No pude evitar recordar otros momentos en los que había tenido esta sensación de ir tan libre. Todos los momentos que vinieron a mi mente estuvieron relacionados con experiencias de misión, en Camerún especialmente, en donde (por otros motivos muy distintos) no tuve móvil, o lo tuve sin cobertura… que hoy en día viene a ser casi lo mismo.

Al final del día valoraba como algo que en un primer momento pareció ser casi una tragedia había logrado darme una tranquilidad enorme, me había dado la oportunidad de observar mi entorno, de transportarme a una serie de experiencias de misión en donde tanto he aprendido y disfrutado. Un día en el que parecía ser muy inoportuno no estar comunicada, resultó ser toda una oportunidad. La broma no pudo faltar… ¡sobreviví sin móvil!

Por supuesto esto de gran hazaña no tiene nada, pero si que me lleva a pensar cuánto nos perdemos por ser tan esclavos (quizá inconscientemente) de la pantalla. La vida en vivo y en directo tiene mucho que ofrecer, mucho que enseñarnos… ¿y si nos propusiéramos sacarle más jugo?

Mónica Marco, CSD